domingo, 18 de octubre de 2009

Matemos a los sabelotodo


Existe una clase de personas que piensa que ha sido beneficiada con un don tan particular que las hace únicas en el mundo. Gente que, además, no sólo lo cree y “se la cree” sino que te lo hace saber cada vez que puede y siempre en el momento inoportuno. Estamos hablando de esas personas que saben todo: desde paradigmas filosóficos, movimientos artísticos, hechos históricos y teorías políticas, hasta lugares donde comer, datos del tiempo, partidos de cada fecha del campeonato o lugares donde te arreglan el cierre del pantalón. Esto no sería un problema (ni materia de este blog) si no tuvieran otro defecto: enrostrarte este superpoder, hacértelo saber con toda precisión y cuando se les da la gana, es decir, todo el tiempo. Pareciera que se dan cuenta de que te importa un carajo escucharlos y lo disfrutan.

Esta clase de personas convierte cualquier conversación superficial en una junta de académicos; rompen cualquier clima para que todo el auditorio, sumisa y resignadamente lo escuche y no interrumpa hasta que termine de ofrendarnos todos sus conocimientos; llevan cualquier comentario para el lado en donde se sienten cómodos: una vez allí, disparan su artillería estableciendo relaciones que sólo ellos conocen o sanataeando datos y nombres propios (extranjeros, mejor).

Matemos a los sabelotodo porque hacen de una boludez una sarta de razonamientos en la que sólo les interesa lucirse y hacernos pensar que conocen el mundo, las costumbres de las culturas más exóticas, todas las partes del cuerpo y sus enfermedades, las herramientas de la caja de un electricista, el interior de una PC (obviamente saben qué es un chip, el WAP, una cookie y cualquier pelotudez relacionada con la tecnología), la ley de radiodifusión completa (incluso con los cambios efectuados a último momento), la conjugación de los verbos en alemán, las fechas y lugares de todas las batallas de Manuel Belgrano, y la puta madre que los parió.

Te amedrentan con el dato histórico y una enorme cantidad de información que, en realidad, no ha sido fruto de sus estudios sino de una mezcla de Discovery a la hora de la siesta, clases de derecho por cable de Mariano Grondona, algo de Canal Encuentro, suplementos de La Nación que pide antes de que los tiren y su gran aliada, Wikipedia.

Los sabelotodo están llenos de clishés; transforman fragmentos literarios en frases hechas y citan versos de poemas a cada rato como si hubiera aparecido la palabra justa mientras charlaban (es una manera de decir) con nosotros. Con esto creen engañarnos: no, señores, ya sabemos que tienen una listita mental y siempre dicen lo mismo. Así, combinan estrofas del Martín Fierro (infaltable) con discursos de J. F. Kennedy y El arte de la guerra de Sun Tzu.

Este tipo de gente, además, te regala sugerencias y consejos, no sólo cuando no se los pediste sino haciéndote entender que deberías haberlo hecho. Sus frases típicas empiezan con “Vos lo que tenés que hacer...”, “Yo te voy a hacer probar…” o “Si me preguntás a mí, yo…”. Otras ocurrencias se sostienen en enunciados categóricos e inapelables como “Las mejores pastas son de…”, “Sí, esa es buena, pero la mejor película es…”, “No se puede comparar X con Y…”; y, por supuesto, encabezan todos sus dichos con “Yo lo viví”, “Yo sé”, “Yo estuve”, “Yo te voy a contar” o el famoso “Yo te lo explico” del José de Tato Bores.

En cualquier punto de su discurso, se las arreglan para meter palabras culturosas y rimbombantes como ghetto, cinearte, paradigma, posmodernidad, vínculo, otredad, interdisciplinario, proceso, sujeto, enajenación o panóptico.

Matemos a los sabelotodo porque en su afán de parecer eruditos e imprescindibles para que sigamos habitando este mundo, tienen el coraje de corregir a su interlocutor indicándole cómo se pronuncia el nombre de un autor, compositor o cineasta (hablan de todas las disciplinas); dónde se acentúa una palabra; de quién es tal o cuál concepto o cómo se pronuncia una término extranjero: “No se dice Chauvin sino Shoven” o “¿Te referís al buquet del vino?” ¡Cómo nos gustaría en ese preciso momento tratar al sabelotodo como Maradona al periodismo argentino!

Matemos a los sabelotodo porque saben cuándo aprovechar el cambio a moneda extranjera, dónde comprar con descuento, a qué hora ir para que no haya cola, dónde hay sombra para estacionar, cómo calcular porcentajes rápidamente, cuándo sacar la guita del banco pero, por supuesto, no te lo dicen o lo hacen cuando ya es tarde.

viernes, 31 de julio de 2009

Matemos a los repartidores

Son las once y media y el repartidor de galletitas para su camión rojo en el corazón del centro comercial de la calle San Juan. Deja su monstruoso vehículo en doble fila obstruyendo la salida de tres changos. Mantiene el camión en marcha haciendo ruido y largando más humo que una división de infantería de fumadores de Parisiense, y se pone a galantear con la empleada del almacén presuponiendo que el peinado con dos rodetes que recuerda a la princesa Leia ha sido hecho en su honor. La mina sólo quiere que le deje las galletitas rápido para seguir mandándose mensajitos con el novio, pero el repartidor del gigante camión rojo, entre chiste y chiste subido de tono, le pide que no se ofenda porque va a saludar a la del kiosco. En el drugstore lo reciben con simpatía porque siempre deja algo gratis, pero lo que la chica no tolera son los besos ruidosos que lanza al aire nuestro protagonista, Raúl, el camionero.

Entre tanto, varios conductores empiezan a los bocinazos porque el camión ocupa casi toda la calle. Raúl continúa su ronda de reparto de galletas y piropos, inmune a los insultos. Su trabajo demora más del triple del tiempo necesario porque toda alocución va matizada con un “mamita que lindo te queda ese jean”, un “gordita, lo que vos necesitás es que te hagan un pibe” o un “caramelito, qué cara de cansancio… ¿qué habrás estado haciendo anoche?”…

Matemos al repartidor no porque viola las normas de tránsito y de urbanidad diariamente, ni siquiera porque es más grasa que las nuevas galletitas Oreo bañadas en chocolate (que seguramente reparte), sino porque es el máximo representante de la concepción del medio de transporte como falo. El tipo deja el camión tirado en medio de la calle jodiéndole la vida a todo el mundo bajo la percepción de que como tiene un camión muy grande es el más poronga de todos. Sabido es que el tamaño del vehículo es inversamente proporcional al pene, y que quien presume de un vehículo grande lo hace por carecer de otras dotes. Esta noción, que antes sólo poseían las estudiantes de psicología, se ha generalizado tanto que inhibe a la mayoría de los hombres con pitos promedio a la hora de comprar un auto. Esto es, no importa que midas un metro noventa, que toques el cello o que te hayas ganado la lotería… ese autote que tanto te gusta no te lo vas a comprar para que tus compañeras de oficina no crean que sos un minidotado imbécil como el repartidor de galletitas.

Como si sus defectos fueran pocos, el repartidor es el típico exponente del que se envanece por logros que no le son propios sino de la corporación para la cual trabaja. El camión con el se pavonea no es suyo, las nuevas galletitas Pindonga que nos ofrece extasiado no invento de Raúl, y ese “nosotros” que a cada minuto cae de su boca resulta más patético que mentiroso, dado que la empresa de la que se siente parte no tiene idea de su existencia. En síntesis, con su camión y gran empresa Raúl se siente poderoso y exitoso sexualmente. Y así como todos los taxistas se creen ganadores desde que el desagradable Arjona inventara una canción en la que el protagonista seducía a sus pasajeras, los camioneros siguen fijados en su héroe setentista BJ Mackey. Se piensan muy atléticos porque saltan del camión acrobáticamente en vez de descender por la escalerita, aún a riesgo de estropear el finito pavimento electoral de Pulti (obviamente no son apolíneos, sino unos gordos bachicha con hábitos simiescos más parecidos al monito que a BJ)

Ante estos argumentos anticamioniles se nos podrá decir que los colectiveros y los propietarios de 4 X 4 ostentan también una grasísima actitud de valerse de sus grandes móviles para patotear a los otros, pero lo que más jode de los repartidores es el carácter no aleatorio que tiene encontrarse con ellos. Uno puede toparse o no con un forro en 4 X 4 por las calles de la ciudad; en cambio, una vez al día nos encontramos con Raúl, que obstruye nuestro pequeñito auto cuando queremos rajar del laburo, y mientras damos bocinazos lo vemos con esa cara de bobalicón feliz tan satisfecho de sí mismo que nos hace querer cagarlo a trompadas.

lunes, 22 de junio de 2009

Matemos a Patricia Montagni

Sos linda, guacha!

Esta entrada va a ser corta como el intelecto de la homenajeada. Matemos a Patricia Montagni porque no aprendió en Deportea siquiera a leer correctamente. No hay oración en la que no haga un furcio o se tiente. Odiamos que se haga la seductora y la simpática; y también el uso de eufemismos como “techitos amarillos” o “profesionales del volante”. Sus referencias cariñosas y contenedoras no lograron ocultar el tono amarillista para informar el asesinato del taxista (del que dijo que le faltaban dos materias para recibirse de abogado, cuando estudiaba para ser personal trainner).

Lo más grave es el fraseo para leer las noticias: parece que nadie le enseñó que una oración es una cadena de palabras separadas por silencios; para ella, los enunciados se separan cortando las frases donde se le canta. Cual cantante de jazz sexy, se le ocurre innovar e improvisar en las pausas, que encima están matizadas por bossa. Así nos cuenta:

Desapareció...

[ tres segundos de “Garota de Ipanema”]

avión que se dirigía desde Brasil hacia…

[acordes de guitarrita, unos seis segundos]

Paris. Hasta el momento no…

[cuatro segundos con cuerpo bronceado….]

Se encontrar vecios… vestigios. [furcio seguro y no entendiste qué se cayó, dónde, si encontraron algún chango nadando, o si era la traducción de la letra de Jobim].

Este post debería leerse con música de fondo, la música deprimente con la que nos castiga Patri. No sólo es retro, sino también es mersa y suicida. Baste un ejemplo: enterarse de la caída estrepitosa de los mercados europeos con “Menta & limón” de Roque Narvaja. Bastante le cuesta a uno salir de la cama en el junio marplatense como para adicionarle esta cuota extra de grasada triste. Si no nos tiramos al mar cual Alfonsina, es sólo porque intuimos que va a estar helado.

Por supuesto que la mañana de universo tiene el tono alarmista de casi todas los programas informativos y periodísticos de radio y televisión de nuestro país, temática que Capusotto ni siquiera llegó a parodiar. Con el agravante, en este caso, de que con Patricia nunca sabemos qué carajo pasó.

Patri, igualmente, debe condensar sólo una parte minúscula de los tics de la radiofonía marplatense, que incluye:

  • la pésima lectura de frases o títulos en inglés
  • las opiniones frívolas y “bien pensantes” a lo doña Rosa
  • los errores conceptuales cuando se salen del libreto (confusión de nombres, afirmaciones equivocadas de fechas o países)
  • las preguntas pelotudas a entrevistados que se muestran absolutamente desinteresados en responder
  • los chistes pedorros, que hacen de Artaza un Seinfeld (o un senador)
  • los gestos artificiales de una supuesta camaradería entre los integrantes del equipo aludiendo a cosas que sólo ellos ven (el sweter apretado de la operadora) o saben
    la descripción enfática de lo que comen o beben (buscando el contagio para recibir más regalos)
  • la incontinencia verbal generalizada para llenar minutos pero que no se note
  • la narración de anécdotas personales (¡!)

La lista es infinita pero nos vamos a dormir para levantarnos temprano con nuestra locutora estrella (o estrallada).

sábado, 20 de junio de 2009

Matemos a los que tienen Facebook

Nelson Castro se preguntaría, con ese insoportable tono de director de escuela hablándole a la pantalla, qué consecuencias sociales puede traer Facebook. Y obviamente daría una respuesta obvia incluyendo las obviedades que todos dicen: representa un concepto artificial de “amistad” y es sumamente peligroso. Como nosotros no somos Nelson Castro (todavía no nos censuraron, no recibimos solidaridad de nadie ni tenemos una cicatriz en el cuello para mostrar en cada plano) no vamos a apelar a esos argumentos inconsistentes para destruir Facebook.

En primer lugar, no podríamos hablar con autoridad acerca de qué es la amistad, justamente nosotros. Además, nada está dicho sobre este concepto que hasta puede empapelar las verdulerías en desideratas color naranja con definiciones como “El verdadero amigo es como la sangre, que acude a la herida sin ser llamado”, “La amistad es el ingrediente más importante en la receta de la vida” o “La amistad es como la salud: nunca nos damos cuenta de su verdadero valor hasta que la perdemos”.

Es verdad: acabamos de citar frases baratas; veamos entonces las iluminadas ideas de Elio Aprile, publicadas en el nuevo número de su revista Transiciones (¿año quinto?): “Sin amigos, el vino no es más que uva líquida extraviada en la garganta, el café apenas una taza pintada de negro y las madrugadas un imperdonable error de la noche” (¡ésto es imperdonable Elio!) o “Bienaventurados los que en medio de la selva turbia, que siempre está, pueden encender el nombre de un amigo como un rayito de luz.” Si esto es amistad, ¿por qué no puede serlo una cara de nabo desde una pantalla?
Por otra parte: ¿recién ahora nos vamos a rasgar las vestiduras, mecer las barbas, tirar de los pelos por la posibilidad de que la CIA, la SIDE o cualquier servicio de inteligencia (¡qué eufemismo!) sepa quiénes somos o qué hacemos? Vamos muchachos, estamos en la era del acceso a la información… ¡ah! ¡Y vivimos rodeados de encargados de edificios!

Matemos a los que tienen Facebook porque muestran impunemente su vida privada como si tuviera algo de interesante: madres fanáticas de sus hijos con piojos incluidos, estudiantes que cuentan por qué número de apunte van, escritores frustrados que piensan que ya tienen lectores porque cuatro amigos le comentaron sus notas o el primer capítulo de una novela, gente que comenta el clima y cualquier tipo de asociación que esto tenga con su estado de ánimo, miembros de la “inteligentzia” (volveremos pronto sobre este punto) que nos esnobean hablándonos de libros que nadie conoce, políglotas falsos que publican las tres frases que saben en portugués, inglés y alemán; nerds que pretenden mostrarse como gente piola contando detalles de sus patéticas salidas nocturnas, los Guillermo Andino que se hacen los informados publicando boludeces de la actualidad, bueno, casi todos ustedes tendrán Facebook como para continuar esta lista (o pedirán claves prestadas, como nosotros, para hacer un estudio como éste).

Un párrafo aparte merecen las fotos: antes uno elegía para un álbum las fotos en las que salía favorecido. No obstante, en esta red la gente se muestra rolliza, ebria, dientuda o con braquets (joven argentino: si tienes entre 30 y 50 años, llegó la hora de arreglarte los dientes, y decirle al mundo “sí, parezco Hannibal Lecter y me la banco”), sudorosa en pista de baile, aparentemente drogada o sólo bajos los efectos de medicamentos psiquiátricos… cuanto más feo salgo, más auténtico soy, parecen decirnos. Los peores son, sin embargo, los que cuelgan fotos abrazados a su mejor amiga que, oh casualidad, se parece a Shreck o tiene el pelo como Gorosito, y en esa comparación sale ampliamente favorecida. Matemos a los que tienen Facebook porque no sólo publican sus fotos, incluso aquellas en las que no queremos estar, sino que también las etiquetan y te mandan al frente.

Matemos a los que tienen Facebook porque creen que piensan sólo por contestar esa pregunta existencialista inicial “¿Qué estás pensando?” Y se esfuerzan verdaderamente por poner algo cool que, obviamente, no les sale. Tendríamos mil ejemplos para dar pero son muy tristes.
Pero Facebook no sólo te obliga a tener amigos sino también a tener cosas en común con ellos. Para eso existen los grupos, una función a partir de la cual uno puede formar parte, pertenecer, a cosas tan idiotas como “Cambio tesoros del Vaticano por comida para África, te apuntás?” (los solidarios), “El 20 de junio, cambiemos nuestra foto en Face por la bandera Argentina”, “Basta de inseguridad en las calles” (los chauvinistas y fachos) o los famosos “Yo también…” (es decir, los pelotudos): “yo también hago pelotitas de silicona líquida”, “Yo también le doy la vuelta a la almohada para poner el lado frío” o “Yo también digo que voy llegando cuando recién voy saliendo de mi casa!”.

La moda es unirse en la virtualidad; en la realidad sería imposible: ¿hay alguien que de veras quiere conocer a un integrante de “Yo también he escrito mi nombre en los cristales empañados”? ¿En serio tenemos ganas de volver a ver a nuestros compañeros de la primaria, ahora fracasados o súper exitosos (no sabemos qué es peor…)? Estamos seguros de que en esta red todos tomarían mates virtuales hasta con Fernando Peña si viviera. La lógica de los grupos es la siguiente: me tiro un pedo ¡armo un grupo en Facebook!

Hay algo que nos parece divertido, sin embargo, en todo esto: la psicosis y los debates intelectuales que se generan acerca de admitir, aceptar, rechazar, unirse a un grupo, ser fanático o enviar regalitos a otros amigos. Por un rato se puede sentir el placer del ejercicio stalinista de poder (en definitiva nuestras decisiones se basarán en una fotito y dos datos pedorros del perfil) pero pronto seremos presa nosotros también de las decisiones arbitrarias ajenas ¿Por qué mi vecino, que siempre me pide yerba hace tres días que no responde mi solicitud de amistad? Preferimos que sea porque lo van a sacar agusanado de su casa antes que cruzarlo en el pasillo y no poder mirarlo de frente.

Lo peor que tiene Facebook es la flanderización de la sociedad: todos son buenos, solidarios, lindos, pensantes, comprometidos, tienen tiempo y mucho… pero en la virtualidad, ¡así cualquiera! Facebook chorrea bondad y promesas de un mundo mejor y la idea de que es posible que no estemos solos, aunque es obvio que no hay nadie más solo que un nabo frente a una pantalla de PC (posiblemente en bolas), hablándonos del té de orégano que está tomando, pero que se jacta de tener un millón de amigos (ahora venimos a enterarnos de que la amistad tiene un límite: sólo se permiten 5000).

Matemos a los que tienen Facebook pero no a quien lo inventó: ese pibe es un genio, porque con un programita condensa todo el patetismo y las imágenes más chotas de la humanidad: una señora sesentona con escote pronunciado y con fondo de fiesta electrónica es más agresiva y deprimente que cualquier foto sobre la guerra de Vietnam.


(NdR: juramos que todas las citas son ajenas; aunque quisiéramos no podríamos haber igualado la calidad de su contenido)

viernes, 22 de mayo de 2009

Matemos a los "bien pensantes"

El bien pensante tiene ideas políticamente correctas en todas las situaciones posibles. No le importa ir contra todas las evidencias: si se encuentra con un negro, un tullido, un judío o un árabe siempre estará dispuesto a encontrarlo víctima de alguna discriminación injusta. No le hace mella que el negro le choree la billetera, el paralítico lo atropelle con la silla de ruedas, el judío le cague cien pesos y el árabe vaya a comer a su casa atado a dos kilos de trotil. Y encima está dispuesto a cagarnos a pedos por prejuiciosos y horrendas personas si nosotros decidimos expresar lo que se nos canta.
Es tan adicto a los eufemismos que no le alcanza con decir “no vidente”, persona de “bajos recursos”, persona con “capacidades especiales”, sino que hasta cuando juega al ajedrez elige siempre las piezas de color.
Hasta en el momento mismo de ser asaltado se pone a conversar con sus captores acerca de que todo la situación tiene su origen en las injusticias sociales:- ¡Violencia no es que me apuntes con un arma, sino que yo tenga un cero kilómetros y vos un Falcon oxidado!
Si escucha que un enano fue desaprobado en un examen de italiano, en seguida se pone de parte del hombre pequeño, no importa que el enano no haya aprendido una sola palabra en el idioma de Dante: seguro que la profesora da clases para gente de otra altura. Si un deficiente mental no puede ingresar en un posgrado es una injusticia horrible, y jamás le van a parecer satisfactorias las nerviosas explicaciones del responsable de la alta casa de estudios que intentará no ser tildado de nazi por decir algo tan obvio como que un tonto no puede ser un doctorando.

Lleva los formularios del INADI a donde quiera que vaya. Le parece tan de matones los carteles de “La casa se reserva el derecho de admisión y permanencia”, que deja entrar a su propia casa a absolutamente cualquier fulano.
Lo malo es que el virus bienpensante va infectando silenciosamente la sociedad. Con el resultado previsible de que todos estemos pensando antes de hablar: ya no se le puede decir gordo al gordo, ni bizco al marido de nuestra presidenta. Se torna todo tan absurdo que uno añora un mundo sin eufemismos en el que, por ejemplo, las publicidades apelaban a lo efectivo: todos queremos pertenecer, tener plata, ser lindos y aceptados. Si alguien hoy osara hacer una propagando como la de Kickers hace unos años, que tenía una consigna simple y clara: “Con Kickers; sí; sin Kickers, no”, se le aparecería el bien pensante y sus amigos a lapidarlo en la plaza.

Por la vía del no decir y fingir que todos somos iguales, cuando lo que más abundan son las diferencias, dentro de poco el bienpensante en el poder nos va a obligar a acostarnos con las mujeres feas, regalarle nuestras posesiones a los pibes que fuman paco, dejar que administre nuestros ahorros un analfabeto y entregarle nuestra hermana a un presidiario de Batán.
Como si no tuviéramos bastante con cuidarnos del colesterol, proteger el medio ambiente, evitar las amenazas del supermercado con no darnos más bolsas de plástico y tener que llevar las latas de tomate sobre la cabeza… parece que en todo grupo de amigos hay ahora un infiltrado bien pensante listo para denunciarnos si nos atrevemos a decir, en un asado después de tomar medio litro de vino, que el “obrero de la construcción” que vino a hacer un trabajo a tu casa cobró cien mangos y no vino más, es un grone cabeza de corcho. En ese momento comienza a ulular una sirena, te iluminan con un reflector mientras te señalan con un dedito acusador y dicen por altoparlante: ¡FACHO, FACHO! y tus hijos se ponen una bolsa de papel (que les dieron en Disco) en la cabeza porque se avergüenzan de vos y no quieren que sus amiguitos los reconozcan.

lunes, 16 de marzo de 2009

Matemos al encargado de edificios

En momentos como este en el que los famosos sufren por la pérdida de sus fieles empleados (floristas, personal trainers, etc.), llaman a la población a movilizarse y a la pena de muerte para que se instale, tal vez no sea conveniente meterse con una raza de sujetos que seguramente se desviviría por trabajar para la realeza del espectáculo, pero se hace necesario decir de una buena vez lo que todos los que vivimos en un departamento pensamos en reiteradas oportunidades: matemos a los encargados de edificios.
Sabido es que los porteros muchas veces han actuado como buchones de las fuerzas parapoliciales en los ’70, que les fascinaría vivir en Cuba para ser los controladores de manzana y que darían todo lo que tienen (departamento, cable y plomero gratis) por ser los esbirros de Susana Giménez denunciando cualquier actitud sospechosa en el espacio en el que son dignatarios.
No nos engañemos: sólo estamos en este mundo para buscar un pedazo de territorio del cual podamos designarnos, sin culpa, señores feudales. Sólo un hombre pudo lograr este sueño, sin que nosotros, sus vasallos, sepamos alguna vez de qué se trata. Desde nuestra cabeza pequeñoburguesa pensamos que el encargado es nuestro empleado y que se dedica a velar por nuestro bienestar; sin embargo, este sujeto domina todo el territorio edilicio y desde las sombras (detrás de una escoba) controla nuestras vidas.
Con o sin bigote, con o sin llavero ruidoso colgando de su cintura, con o sin panza, con o sin pantalones color caqui (o bombacha Ombú), el encargado emprende sus tareas diarias como si en eso se le fuera la vida, y saca lustre o limpia vidrios arremetiendo con más fuerza si nos ve pasar: “esto sí es trabajar”, parece decirnos.
Una característica irritante del encargado es que pretende que no se ensucie lo que se limpia. Cual si fuera nuestra madre, refunfuña porque en día de lluvia dejamos agua y barro en el palier que acababa de limpiar o nuestro sobrino apoya sus dedos en el vidrio de la entrada. Sólo falta que se enoje porque nunca estamos en casa y nos espete: “¿qué te pensás? ¿qué esto es un hotel?”
No hay nada mejor para él que limpiar la vereda: desde ahí puede poner cara de culo abiertamente si pasa alguien caminando, obligándolo a bajar a la calle o baldeándole los pies. Puede, además, seguir con absoluta libertad los movimientos del barrio y del edificio, obtener información y luego, cuando lo necesita, soltar estratégicamente algún dato en el momento conveniente. De esta forma, hace que el dueño del perro del 2º F encare a la jubilada del 2º D por supuestas quejas o que el nuevo ocupante del 5º A sienta que será observado desde un panóptico por el resto de los habitantes del edificio. Si todos andan peleados es porque el encargado urdió una trama novelesca para verla gratuitamente en vivo y en directo. Es un genio.
Otra cualidad que hay que reconocerle puede también sacarnos de las casillas: habla de cualquier tema y sabe de todo: clima, chimentos, enfermedades y muertos, fútbol (aunque sean de Independiente), mecánica del automotor… y sus conocimientos son siempre enunciados como consejos paternales en el momento exacto en que se da cuenta de que no nos interesa absolutamente un carajo lo que tiene para decirnos.
No obstante, todas estas son pequeñeces frente a la verdadera misión encargadil. Esto es: saber todo, absolutamente todo, sobre la vida de sus custodiados. Es un secreto bastante bien guardado que existe un torneo inter-porteros (el Gran DT de los encargados) para determinar la ocupación de los nuevos dueños e inquilinos de los departamentos. Por los horarios, atuendos o fragmentos de conversaciones, el encargado determina (y anota prolijamente en la planilla que le suministra la asociación) y en menos de una semana, si se trata de un rentista, una amante mantenida, un oficinista, un estudiante, un agente inmobiliario o un gato fino. Nadie escapa a sus determinaciones sociológicas.
Pero allí no termina su trabajo: luego se dedicará a la vida sentimental, composición de la familia, determinación del grosor de la billetera y cuenta bancaria. Hasta tal punto podemos sentirnos vigilados en nuestro propio domicilio que inventamos absurdos estratagemas sólo para no darle al encargado un dato más sobre nuestra vida: estacionamos el auto nuevo en una cochera a dos cuadras del edificio y nunca lo dejamos en la puerta; no permitimos que nuestra chica nos visite en casa, aún a riesgo de que crea que estamos casados, vivimos con nuestros padres o somos unos sucios; disimulamos la bolsa con la comida de la rotisería, sacamos la basura con nuestras propias manos hasta el edificio de al lado, nos hacemos mandar la correspondencia a la casa de un amigo... Igualmente, con una red de espías que abarca toda la ciudad, el encargado siempre sabrá cuáles son nuestros movimientos e intenciones.
Pero no nos demos por vencidos del todo porque hay una raza superior que, cual Darth Vader, logra neutralizarlos… por suerte tenemos al siniestro Administrador.

lunes, 12 de enero de 2009

Matemos a los boy scouts


Estamos pipones de tanta comida navideña y bebidas alcohólicas; de tanto saludo y reuniones grupales para despedir el 2008, de tanta vida familiar y controles policiales.
Nos sometimos a una cura de agua mineral y frutas tropicales pensando que esto podría atenuar no sólo nuestro pésimo estado de salud, sino también la maldad de nuestros pensamientos, y en una de esas, hasta evitar para siempre la continuidad de este blog… pero no, estamos de regreso con uno más.

Matemos a los boy scouts porque, por alguna razón que se desconoce, representan indiscutidamente la bondad y el altruismo, la solidaridad y la ayuda desinteresada ¡Una farsa! Llegó el momento de desenmascarar a esta secta.
No estamos contra los boy scouts en razón de sus oscuros orígenes junto al imperialismo británico, ni porque hayan ayudado a matar negritos en África. Tampoco porque hayan florecido junto a asociaciones católicas con un afán obvio de controlar y encuadrar a la juventud. Ni siquiera porque esta génesis garantiza un malsano placer militarista por recibir órdenes e impartirlas: al pibito que detiene el tránsito para dejar pasar a un cieguito o una marcha católica que corta las calles le importa un carajo el no vidente o la virgen en alto, lo que le encanta es que ÉL no te deja pasar a VOS).
Pero, en la sociedad actual: ¿para qué sirven? Si te quedás encerrado en el ascensor, ¿dónde está el boy scout? Si te caga tu novia ¿viene un boy scout y te consuela? Si te pierde la canilla, ¿saben cambiar cueritos? ¿Qué saben? ¿Dónde están cuando uno los necesita? ¿Qué los hace "sacrificarse" por los demás? ¿Por qué siempre están contentos?
Por otra parte, dudamos seriamente de su inteligencia. El boy scout piensa con la lógica del grupo, funciona en relación a los que sus compañeros y superiores (sí, hay jerarquía, así que hay algunos nabos que creen en esto durante más tiempo) hagan o digan.
El boy scout se cuelga el pañuelito del cuello, se pone la camisa adentro del bermuda y se calza la gorrita con insignia para salir de campamento y planificar un mundo mejor… Nada de esto es loable.
Todo esto puede ser confirmado por un hecho irrefutable: nadie confiesa haber sido boy scout, o lo hace tímidamente entre risas, luego de haber consumido alguna sustancia. Nadie dice en su primera cita: “Fui boy scout”, ni vamos a leerlo en un curriculum vitae.
Los boy scout no merecen las consideraciones positivas que arrastran, son un fiasco y esta sociedad en extinción confirma que no sirven absolutamente para nada.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Matemos al espíritu navideño


Villancicos, arbolitos, papá noel gigantes, ¡nieve!... toda la parafernalia navideña comienza en el día de la virgen y se propaga por varios días. Después empiezan las películas en la TV con familias (de esas que nadie conoce) que se reúnen para Navidad y toda la onda lacrimógena naif.
A las decoraciones, que ya empezaron en noviembre, de vidrieras y entradas de edificios (¡hasta los encargados amargos –dignos de un post- cuelgan pelotitas rojas y guirnaldas verdes, o como sea que se llamen!)
Con tanta pelotudez, la gente se suma acríticamente a la tendencia y comienza a mostrar un delirante espíritu navideño: -¡Pase usted! / -¡ no, después de usted!... Hasta se levantan para dejar sentar a una vieja, ceden un turno en la verdulería o cruzan a un cieguito. Se besan en las veredas, justo cuando salen o entran de los comercios a gastar los aguinaldos comprando chucherías en Alparamis o en esas tiendas de baratijas. En navidad todos hacen esfuerzos por mostrarse como buenas personas, altruistas y fanáticos de sus familias. ¿Acaso el angelito de la Anunciación le dijo al oído a María que saliera de Shopping?
Claro que al poco tiempo ese espíritu languidece y puteamos al que intenta colarse en el supermercado o al que nos sacó el lugar para estacionar; como no podemos soportar a nuestro sobrino en el almuerzo dominguero, le ponemos un jueguito hiper violento a tres milímetros de la nariz para que no joda; pensamos en cómo cagar a nuestros compañeros de oficina para hacerlos trabajar en los peores días y horarios en las fiestas venideras; mentimos con una excusa de cuarta para zafar de las reuniones de fin de año, o para no pasar a saludar a una tía con esclerosis…
Ni hablar de la inmediata previa de la noche buena, en la que nos lanzamos en palomita sobre el último pollo, somos capaces de corrompernos por un kilo de flautitas y nos peleamos con todos los familiares por los regalos, el lugar a dónde ir a comer y el vino malo que trae tu hermano.

Si el hipócrita espíritu navideño no va a sobrevivir ni siquiera hasta el 24, mostremos la carroña humana que somos desde ahora: compremos los regalos en sitios hiper pedorros o aprovechando las ofertas de la temporada anterior, abusemos de los que aún quieren ser buenitos estos días para obtener prerrogativas laborales e incluso, sexuales.
Seamos sinceros, si vamos a ser unos gusanos con nuestras madres y novias todos los días, no le aflojemos en este trance, no sea cosa que, idiotizados por los villancicos, incurramos en claudicaciones irreversibles.

Matemos a los que ponen carteles amargos

Es la una y media de la mañana y voy (urgentemente) al kiosco a comprar forros. Mientras espero veo un cartel:

"No se cargan tarjetas de colectivo"

Bue, pienso que estamos en una avenida por donde pasan muchos bondis y es natural que pongan el cartel para no hacerle perder tiempo a la gente. Pero cuando un poquito más a la derecha leo:

"No se cargan tarjetas de celulares"

Me quedo reflexionando en que si están cansados de que les preguntes 100 veces por día estas cosas, les convendría reformular su negocio y cargar las tarjetas de colectivo y de celulares. Pero noto que es todo un estilo, porque más abajo, en el vidrio (es de esos lugares que te atienden por una ventanita porque te ven cara de malviviente):

"Por favor, abone con cambio"

Digo... las pelotas. Si tengo cambio abono con cambio. Si no, saco un billete grande y no me dejo amedrentar por un puto cartelito. Claro que la índole del negocio queda totalmente en claro cuando veo en el otro rincón:

"No cargamos termos para mate"

Ya ahí estoy caliente ¿Qué les pasa? ¿No pueden verbalizar sus negativas? ¿Tanto tiempo van a perder diciéndote que no cargan tarjetas ni tienen agua caliente? ¿Piensan que por poner un cartelito con fibrón le otorgan a su capricho caracter de ley?

Como ya estoy chinchudo pienso que cada vez proliferan más carteles por el estilo: no se realizan cambios los días de luna llena; verifique su vuelto antes de retirarse del local, luego no se aceptan reclamos; los artículos de oferta no tienen cambio, jódase; no se aceptan tarjetas de crédito o débito; la casa se reserva el derecho de admisión o permanencia; los baños son de uso exclusivo de los clientes; no contamos con baños para discapacitados; consumisión mínima $10 (para ver en un bar partidos de campeonato); el ascensor es de uso exclusivo de embarazadas y mayores; no se sirven desayunos después de las 12 hs; forme fila y espere a ser llamado; apague su celular; caja rápida: 15 productos; no se aceptan tarjetas de débito por operaciones inferiores a $30; prohibido ingresar con animales.
Dentro de poco van a poner carteles que digan:
"su pregunta sí molesta"
"nos chupa un huevo la satisfacción del cliente
"me cago en vos y andáte a la puta madre que te parió"

Pensando estas cosas me malhumoro tanto que ya no quiero comprar nada en este lugar en el que antes de hablarte ya te están negando cosas, ¿qué me van a decir ahora? ¿qué no me dan los forros porque soy demasiado feo para cojer? ¿Qué me dan unos con tachas porque tengo cara de sado?
Igual... ya se me fueron las ganas.

martes, 2 de diciembre de 2008

Matemos a los enólogos

¿Es posible saber todo? ¿Es posible conocer todos los secretos del universo? No. Estábamos tranquilos con esto de no saber nada hasta que llegaron ellos; no saben todo pero sí, desde su punto de vista, lo más importante.
¿Es posible saber todo lo que contiene un sorbo de vino? Sí, parece que sí.
De un tiempo a esta parte existe un grupo de gente que analiza lo que sucede desde la viña a su mesa, desde la botella al paladar. Se interesan con fervor en reproducir constantemente las categorías de análisis del vino y las formas correctas de beberlo. Y no sólo eso: algunos incluso representan a alguna empresa que los manda de acá para allá para armar "eventos etílicos" y degustaciones.
Si ustedes eran de los que tomaban un trago de vino para bajar un pedazo de milanesa y evitar una muerte indigna, sepan que estaban equivocados. Los enólogos, o cualquier fanático del vino (pero quién no lo es) que sabe dos o tres boludeces recién aprendidas, nos enseñan que el vino se tiene que ver, primero; oler, después y tomar sólo luego de esas etapas (y a esa altura la milanesa hizo lo que tenía que hacer: muerte por asfixia).
Estos tipos toman un trago de vino y mientras tararean mentalmente "Tengo un mundo de sensaciones…", los ojos les brillan pensando en la cantidad de datos que ese sorbito de vino puede darles.
Claro que no es cuestión de tragar en seguida, el conocimiento requiere un doloroso esfuerzo: hay que mantener el trago en la boca, mandarlo al fondo, traerlo adelante, pasarlo de un lado a otro inflando las mandíbulas… no es pavada catar un vino y no poner cara de pelotudo.
Lo más ridículo del enólogo (bueno, tal vez algo de su vestimenta también), y de los que pretenden serlo, es ese discurso (todo remite a los discursos, se habrán dado cuenta), propio, digámoslo de una vez, de un borracho en pleno delirio. Moviendo la copa en círculos (horas de práctica) o con una mirada perdida luego de tomar un trago, podemos escuchar sus veredictos: "En boca es árido como estepa mesopotámica después de un rally" o "Este vino tiene matices de lluvia de verano platense cayendo en un laurel recién podado" o "su cuerpo es como el sedimento de la Laguna de los Padres luego de un fin de semana largo lleno de turistas", o cosas así.
Al único que podemos defender es a aquel que, en tren de chamullo para levantarse una mina, empieza a hablar de contornos de vainillas, aromas de especias o presencia de frutos rojos: el tipo caló un par de “tips” y los usa para impresionar. Pero la más de las veces, los enólogos, y quienes se juzgan entendidos en la materia, quieren hacernos creer que pueden distinguir a ojos cerrados si un vino está añejado en barricas de roble o no; y que demoran 3.1 segundos en determinar el varietal de un vino. Con el objeto de demostrar que se trata de una fantochada, proponemos secuestrar en la próxima expo de El vino y el mar a una docena de expertitos para obligarlos con ojos vendados a reconocer varietal y cosecha. Si se equivocan, sufrirán el peor de los castigos: cada error será penalizado por un trago de vino "uvita" directo del tetra.
Matemos a lo enólogos porque son cursis, fanáticos y defensores de un "buen beber" que no nos permite manchar el mantel ni ponerle soda o Fanta al vino… y porque son títeres funcionales de las bodegas que, con este invento marketinero, nos quieren cobrar un fangote por una botella.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Matemos a los blogueros

Los muy pelotudos se creen escritores por subir huevadas a la red todos los días. Es claro que la existencia de los blogs parece democratizar el oficio del escritor. Ahora publica cualquiera, y encima, como el único canon actual para saber quién es quién en el mundo es lo que dicen google o wikipedia, entonces rápidamente el blog los lleva a un estrellato ilusorio en la red.

Si siempre pretendió ser fotógrafo, sube sus fotitos; si tenía veleidades de poeta, sus versitos; si pretendía ser periodista, sus opiniones tontas sobre la realidad. Si siempre soñó con trabajar en la revista Barcelona, crea un blog de supuesto humor irónico. Encima, la publicación de un par de libros sobre blogs: Buena leche (diarios de una joven no tan formal) y Bestiaria, le crean la ilusión de que tecleando todos los días en blogger va a acceder a un poco de celebridad.

Se preocupa por el diseño y a las plantillas grasas que le ofrece blogger o wordpress o lo que sea, le agrega relojitos, etiquetas y cuadritos con encuestas o datos del clima; lo desvela la forma de incorporar fotos, videos o música de fondo; cambia los colores y le consulta a los visitantes qué les parece.

No obstante, una de las peores cosas del blogguero es que cree ejercer una autoridad y un poder desde su pedestal virtual (che, nosotros lo tenemos de verdad: compramos unas columnitas como las de las joyerías marplatenses y desde ahí le damos a las teclas) . Enseguida le sale el enano fachista, y le encanta retar a los comentaristas o eliminar los comentarios que no le parecen inteligentes (o que lo putean o contradicen); de repente se da el lujo de no permitir comentarios en una entrada (lo que dice es innegable o inmejorable como para ameritar comentarios). Y todo como si los únicos visitantes de su página no fueran, en definitiva, familiares y amigos, que le hacen el juego para no tener que soportar la eterna queja del escritorzuelo frustrado, o para tener, finalmente, algún tema de conversación.

Le parecen tan importantes visitas y comentarios, que pasa totalmente por alto que más de la mitad de los visitantes llegan por error ya que el nombre induce a equívocos y no permanecen más de un minuto. La trascendencia queda garantizada, aunque esté cimentada en la inquina o la burla. Igual de boludo que el que tiene un facebook con 347 amigos que no conoce, el blogguero se cree muy piola porque al ponerle un nombre pornográfico a su espacio logra que algún pajero de la red lo encuentre.

Celebrando las mil inútiles visitas a este ridículo espacio, Matemos a las ballenas les agradece la participación (para los que escribieron en los comentarios y piden la publicación: dénse por publicados, ya usaron el espacio y serán leídos), las recomendaciones y las amenazas. Los invitamos a seguir defenestrándose como lo hacen en los comentarios, mientras se engañan pensando que los malos somos nosotros.

martes, 25 de noviembre de 2008

Matemos al zurdito setentoso

Tiene todos los tips de la izquierda de los '70: no le falta ni el morral, ni el pulover andino, ni las topper, ni la barba ni un poquito de mugre en el pelo. Aunque usted no lo crea, está afiliado al Partido Comunista, y estudia hace diez años Bibliotecología o algo parecido. En la "facu" encabeza el CIETLOS (ya ni él se acuerda que significa la sigla de la agrupación de la que es único integrante, pero seguro que tiene que ver con que son comunistas, independientes y tarados). Allí intenta melonear a los chicos de 18, tiernitos, recién salidos del colegio, que lo miran con cara de "¿de donde salió este pelotudo?"
Hay teorías encontradas. Algunos suponen que es extraterrestre; otros, que es un viajero en el tiempo y trasplantadito de los '70 vino a hablarnos de la revolución, la militancia, la aceleración de las contradicciones, de Lenin, de América Libre y de la puta que nos parió. Uno lo mira incrédulo, pero es un sujeto digno de estudio ya que tiene un cerebro retro, inmune a la realidad, a la posmodernidad y a la play station.
Lo más cansador es ver sus actuaciones en las clases. Siempre educadito pero con aire sobrador, interrumpe la disertación del profesor para acotar que tal punto de vista es burgués, pequeñoburgués, proimperialista o vendepatria. A esta altura, ya nadie quiere defenderse de las imputaciones. Y el profesor busca un atajo para arreglar amigablemente la cuestión sin que salga a relucir lo que dijo Lenin, Marx o la tercera internacional.
En abril, las intervenciones del zurdito son saludadas como una bocanada de aire fresco, un mensaje en pos de la diversidad, y quién sabe que más. En noviembre ya todos quieren que el zurdito se calle, deje de someter todo a su análisis binario basado en un mundo poblado de buenos y malos, revolucionarios y antirevolucionarios, y permita que la profesora tire una punta sobre lo que va a tomar en el parcial.
Para librarse de él los chicos de esta último año han ideado mandarlo a una villa para que les explique a los proletarios que no deberían aspirar a comprarse zapatillas Nike, ya que están confeccionadas con trabajo cuasi esclavo en el Sudeste asiático. Y que de paso les comente que sólo los negros ignorantes votan al peronismo. Claro que la idea se la robaron a Irma Yusid, y esperan ansiosos el retorno del zurdito predicador al que, con un poco de suerte, se le habrán ido con el julepe las ideas retro del marulo.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Matemos al empleado de Informes


Cualquier idiota sabe que atender en la mesa de entradas o en el mostrador de informes es un trabajo absolutamente inútil, y que si se está ahí (pese a la alegría del empleado, que supone un trabajo más Light) es porque los compañeros se lo quieren sacar de encima. Lo sabemos todos, menos los de Informes.
Y cualquier idiota sabe que cuando obligadamente o en forma voluntaria nos acercamos a una de estas zonas es para perder el tiempo, y la paciencia.
Matemos a los que atienden en Informes porque se ponen la camiseta de la empresa o institución (también lo hacen los que atienden en los call centers) y piensan que son imprescindibles cuando, en realidad, están en las antípodas del jefe o del director de turno (ponemos alguna palabra difícil para que no piensen que los que hacemos este blog somos de la Rock and Pop o trabajamos en algún medio periodístico local). Ser un empleado de Informes es el lugar del castigo: es el escalafón más bajo de la burocrática atención al público. No les tengan pena, si están ahí:
a) se lo ganaron
b) no renuncian porque les gusta
Todo aquel que haya hecho trámites a lo largo de su vida (alcanza, igual, sólo con uno) sabe que en el sector Informes nunca, pero nunca, van a poder solucionarnos un problema: todo se deriva, se consulta o se niega, mientras somos tratados como estúpidos por que no sabemos nada y necesitamos su ayuda. O, caso contrario, nos hacen saber a la brevedad que la consulta era una reverenda pelotudez, elevando ese tono de voz monocorde sólo para que todos se den cuenta de nuestro error.
La gente de informes nunca informa: somos nosotros los que, en cuanto nos acercamos, y luego de anunciar rápidamente para qué estamos, debemos dar información: nombre, apellido, DNI y hasta nro. de cuenta, incluso si esa es la información que queremos solicitar. Con dedos rápidos y nerviosos, que intentan justificar su habilidad en el puesto, confirman nuestra información en la computadora y entonces sí se disponen a escucharnos, con cara de “no sabés lo poco que me importa lo que tenés para decir pero te voy a escuchar igual porque quiero ser empleado del mes". Las cajas o los escritorios pueden estar vacíos pero debemos, sí o sí, pasar por las garras de la gente de Informes para que nos indiquen, dando cátedra, qué es lo que tenemos que hacer.
Y todo esto, si tenemos suerte: puede pasar que por alguna incomprensible razón, este empleado deba levantarse, supuestamente a buscar algún dato; en ese caso, estamos muertos: no sólo no vuelve rápido sino que nos deja ahí parados bajo la mirada en la nuca de todos los que esperan detrás nuestro. Es la venganza del empleado de Informes: “tomá pelotudo, a ver si tus compañeritos de fila te pueden ayudar..."

viernes, 21 de noviembre de 2008

Matemos a la aristocracia local

Para ser un cheto en "Biei" hay que cumplir una serie de requisitos. Tu apellido tiene que estar en el árbol genealógico de las familias patricias argentinas. Esas que eran propietarias de media provincia de San Juan o tres cuartas partes de Salta. Gente que en los primeros años en Buenos Aires tuvo esclavos, luego criados y siempre una muy extensa servidumbre. Tipos que se compraban hasta el cepillo de dientes en París y que no recuerdan que alguien, en la familia, haya trabajado alguna vez. Tengan mucha guita o se la hayan fumado toda jugando a los pingos, se les nota la clase y el acento cheto desde tres cuadras. Ellos son "la gente bien". Pueden decir (y de hecho así dividen al mundo) que son gente bien... bien garca, bien careta o alguno más leído que toda su tierra es mal habida gracias a la Ley de Enfiteusis. Como sea, si uno busca el prototipo del aristócrata argentino, es ése.

No obstante, nuestra ciudad tiene su propia aristocracia, para nada emparentada con aquella. El chetaje marplatense desciende directamente de tenderos gallegos. Tienen la prosapia del almacén de ramos generales, de la mueblería o de la juguetería. Imitan, claro está, algunos tips de sus pares porteños, pero en una versión tan pobre que da vergüenza. No son los bisnietos de un general de la Independencia, sino de un gallego que tenía corralón y ferretería, pero que se enriqueció vendiendo Durax. La descendencia en lugar de ir a la ópera al Colón, apoya al coro de la iglesia Pompeya. Y la matrona de la familia no estará en las Damas de Beneficencia, pero organiza la rifa del Materno. Imaginen que su mayor trascendencia en los últimos años se logró ¡cuando una representante de la última generación fue a un reality!

Qué quieren que les diga, cuando una mina cheta marplatense me esnobea (osa no darme pelota aunque sea fea como manolito) me dan ganas de reír: una cheta en serio la discriminaría más a ella que a mí que soy un italianito seco, pero al menos no me las doy de nada.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Matemos al ratón producido

Ya está, lo logró. Se compró las botas de Ricky Sarkani (en la liquidación de la segunda selección en Juan B. Justo) y el jean de Jazmín Chebar (se lo revendió una adicta a las compras que se deshace de lo que compró y ni siquiera le cabía, de esa manera se hace de efectivo para continuar su vicio), también tiene la remerita de Paula que consiguió en una segunda selección en Buenos Aires (ojo, ya no se dice más Baires, ahora se dice Biei) que tiene un agujerito, pero una modista le hizo un arreglo invisible y no se ve "ni ahí". También tiene la cartera bandolera de Prüne, comprada en liquidación aunque igual estaba carísima, señada con la plata que le prestó la vieja y después tarjeteada en 12 cuotas.

Y hoy, para completar sus logros, se vino a comer a esa parrilla paqueta a la que siempre le había tenido ganas, ya que ella está tan guapa como el lugar. Total, con la excusa de que está a dieta, se piden con su amiga una ensalada a medias y agua mineral. El mozo las mira muy mal cuando piden la tercera panera, pero qué le importa... por fin está rodeada de la gente que le conviene. Como ese rubio pintón que está con sus amigos en la mesa de más allá y no lleva alianza: ahí saca el celular porque lo están llamando, así que para la oreja a ver si se entera algo. ¡Uf! ¡Qué desilusión!: la ex le reclama que no pagó la cuota del colegio de los hijos. Concentrándose en otro rincón también hay grupito interesante... se les acerca el mozo con cara de circunstancias... la tarjeta que le dieron vino rechazada. Y varias mesas para allá, un tipo discute con otro que lo acusa de haberse patinado los $200 que le prestó para ayudar a su viejo.

El ratón producido se retira desilusionado... tanto esfuerzo al pedo. En ese restaurante eran todos tan farsantes como ella. Son las once y media y todavía tiene que caminar hasta la terminal para tomarse el bondi...

martes, 18 de noviembre de 2008

Matemos a los propietarios con foto en marquesina

Esperamos que este post no sea un punto de referencia, no ya para la cultura local (que está participando activamente de los comentarios) sino para los ecologistas empedernidos. Es que el tema que nos convoca hoy puede ser perfectamente encuadrado en lo que últimamente se está denominando "contaminación visual" (esto para que vean que somos gente muy inteligente y actualizada). No es que queramos aportar información acerca de esta problemática ambiental que, de hecho, ya tiene numerosos detractores y es tema de conversación posta entre los ambientalistas, mientras toman café en vasitos reciclables y con fibrón verde arman la agenda para salvar al mundo. No. Lo que queremos, simplemente, es hablar de las marquesinas de los locales que no sólo colocan el nombre y el rubro, sino también, una foto de sus dueños.
Matemos a los propietarios con foto en marquesina porque son el mejor ejemplo de egocentrismo y falta de buen gusto. Porque es absolutamente irrelevante que al lado de "Farmacia" aparezca la foto de un señor con delantal blanco y sonrisa kolynos: ¿garantiza eso buena atención, venta de remedios sin receta, inyecciones sin que duela, nebulizaciones gratis? ¿Quiere que entremos a saludarlo y lo felicitemos?
¿Qué nos espera en un bazar si desde su cartel nos mira la dueña del lugar, una rubia arreglada al estilo catálogo de Avon? ¿Por qué, desde su marquesina, la dueña de un local de bijouterie se tapa la cara con las manos a modo de antifaz de carnaval veneciano (pero festejado por las asociaciones italianas en MdP, en Av. Luro y 180, un domingo nublado)?
Una famosa verdulería (justamente por sus carteles), actualizaba constantemente la foto que acompaña al cartel: primero, el bebé recién nacido; después, éste mismo ya crecidito con nuevo hermano (y ya se le nota en la expresión que le está hinchando las pelotas todo: el padre insistente, el hermanito, los dedos que lo señalan en la escuela); pronto tendremos a los dos juntos, ya grandes, en fotos de plano medio, y más tarde irán llegando sus novias, el perro, etc. Un cartel que nos impone la felicidad familiar ¿nos hace comprar más bananas?
Matemos a los propietarios de negocios con marquesinas autorreferenciales porque, a pesar de que pueden ser graciosas y llamar la atención, espantan a los clientes como los ajos a Drácula (o a cualquiera que se acerque a alguien que comió con mucho ajo, claro).

lunes, 17 de noviembre de 2008

Matemos a Dickens (Pub)

Yendo por la diagonal, bajo la sombra y el aroma de los tilos, encontramos a Dickens Pub. Las mesas y sillas son clásicas, la música suve; con el café: amaretis y con la birra: maní. En una esquina, el blanco de los dardos: ¿nos los pueden dar para que los arrojemos sobre los músicos que nos aburren?

Porque está muy bien que no todos los bares tengan mucha luz, estética chill out y bandas de covers. Pero la gente de Dickens de tan conservadora se va al carajo. Sinceramente: ¿cuántas veces podemos escuchar a los virtuosos pero mortalmente aburridos músicos del jazz local un viernes a la noche? Puede ir una pareja que está conociéndose, ambos son biólogos de más de treinta que pueden suplir la ausencia de diálogo con la guitarra de Armani; también el clásico profesor gay que aprovecha la oportunidad de darle a conocer al efebo a Fats Fernández para intentar seducirlo (piensa que no se va a dejar, pero una ayudantía no se consigue tan fácil); en otra mesa está sentado Aletto soñando con la lectura pública de su cuento en el ágora, su desagravio, redención y castigo a sus detractores (perdón, pero teníamos que mencionar al escritor candente. Nota para Mcyanover / ¿Virginia Ceratto?: no vale la pena mandarle un mail con esto a nadie) también están los clásicos alumnos de los músicos, que persistirán en sus clases mientras les des la guita y la paciencia (dormirse sobre la mesa no les sumará puntos).

Son muy lindos los lugares típicos, pero yendo por la vía de la ausencia de renovación... dentro de poco van a parecerse al Orion de Ferio Spinoza.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Matemos al programador radial

Hay formatos memorables y otros para el olvido. Pese al audio book y al libro virtual, el libro común con sus hojitas de papel es entrañable y pervive. El disco de vinilo siempre puede ser materia para un coleccionista, aunque haya un formato nuevo para escuchar música año tras año. No obstante: ¿quién colecciona cassettes? Nadie, es un gusto loser. Un formato intermedio que no es ni retro palermo ni actual.

Algo así pasa con la radio. El diario, pese a su formato digital que lo agiorna y modifica, continúa en mesas de café y las oficinas. Cómo editorializa La Nación sigue siendo un barómetro válido (para comprender cómo va a actuar una parte del país). Y la tele... ¡qué decir!, lo arrasa todo a su paso. Es más real que la realidad. Ahora bien, la radio -como el cassette- queda a medio camino. Un formato para viejos que desaparecerá con estos dinosaurios. Y si bien hay algunas excepciones: los tacheros, algunos negocios que escuchan un par de radios que generalmente retransmiten programas arquetípicos de Baires, la radio es un reducto extraño, con joyas bizarras en cuevas húmedas, y con alcance más que cuestionable.
No obstante, el programador radial local se siente un hombre poderoso. Porque movió el programa del señor x de su tradicional horario de 9 a 1, de 7 a 9. ¡Guau! es todo un Stalin.
Las internas radiales son feroces: quién compra esta radio en quiebra o qué radio se queda con esa vieja gloria olvidada del dial, se tornan temas dignos de ser resueltos por Suar o Tinelli. Hay odios feroces hacia el programador que bajó el pulgar a un programa porque bajó de 5 oyentes a 2, inquinas intestinas por quién se queda con el canje del restaurante chino, peleas increíbles por la autoría intelectual de un programa al que llevan viejas glorias de Aldosivi.

El tipo que tiene su programa en la radio es un jubilado que quiere pasar su tiempo de ocio pasando sus joyas del tango, una estrella en decadencia parecida al señor Burns que espera que un golpe de suerte haga arder el teléfono, se suman un operador sordo, un diagramador de noticias que corta y pega lo que viene de La Capital... y la existencia de todos depende del maquiavélico programador. La salida del aire del malísimo Marcelo Díaz de Brisas no significa el fin de los villanos. Supo tener sus emuladores, y allí lo pueden ver, humillando a viejitos para encumbrar a su nueva novia y su programa de elaboración de pan integral. ¡Tristísimo!

Matemos a Sergio Mileo


Por primera vez, en este caso, nos sentimos un poco, sólo un poco, hijos de puta. Es que Sergio Mileo tiene cara de buen tipo, y hace tanto por el arte en esta ciudad, la música y los tamborcitos, que uno se siente como el culo si lo quiere matar. Después de varias discusiones que ocasionaron bajas dentro del grupo (es evidente que no tenemos problema en andar matando gente, como verán), decidimos pasar por las lanzas a esta eminencia del bongó.

Matemos a Sergio Mileo porque con el Festival de Percusión ha canonizado, para decirlo de algún modo, un conjunto de instrumentos que, se supone, hacen sonidos musicales. Nos cuestionamos severamente: ¿esto es así? ¿Puede un señor con sus manos golpeando aceleradamente y, casi al mismo tiempo, varias superficies, producir armonías? ¿Puede un señor con movimientos convulsivos y cara de éxtasis de ceremonia umbanda tocar una melodía? No, no puede, muchachos. No lo intenten en sus casas ni en un grupo de rock, jazz o “música instrumental urbana”.
En las presentaciones grupales, le tiran un solo y arremete durante largos minutos dale que te dale… los integrantes del grupo empiezan a mirarlo y a mirarse y no pueden retomar el tema que están ejecutando… y, para colmo de males, después ¡tenemos que aplaudir! El guitarrista piensa: “años rompiéndome el culo, horas y horas practicando ´Smoke on the water´ para que venga este gil con un montón de cacharros y chanchas y chapitas de cerveza embolsadas”; el tecladista arriesga: “yo me meto y lo corto...”, el baterista putea: “¿por qué siempre estoy atrás?”, "pensarán que soy como estoy éste?" y el bajista se pregunta: “¿nos pagarán la comida en esta ciudad?”

Pero volviendo al tema: nos iluminamos tarde y el negro Mileo ya puso escuela, arma festivales y toca en todos lados. Les avisamos ahora, pero ténganlo en cuenta si no saben qué hacer con su vida y quieren emprender nuevos caminos. Un “palo de lluvia” implica poner tal cara de pelotudo que no creemos que valga la pena, salvo para los espectadores; chupar una caracola gigante da más risa que otra cosa y sacudir una bolsita con semillas, o algo parecido, no conmueve en absoluto (salvo a algún integrante de la sociedad rural porque le trae reminiscencias de sus ganancias).

Mileo es tan buen tipo y quiere diseminar por el mundo sus conocimientos: busca sponsors, acepta entrevistas de promoción en exteriores con día de mierda en mardel de fondo para salir en el noticiero (¡que tristeza por dios!), invita bateristas, gente que pega patadas en el piso, “músicos” influidos por los ritmos afroamericanos, brasileros y marcianos, señoras con túnicas que se contonean ridículamente con cada estridencia (¡sí! Fuimos a ver uno de estos festivales…) y arma la fiesta de la percusión en Mar del Plata, con locutor super formal que hasta hace chistes malos mientras se prepara el siguiente número. Y hasta incluye un auto - reportaje en vivo con el mencionado locutor, con preguntas preparadas (cuestionario tipo Susana Giménez), en las que despliega toda la evolución de su experimento: ¡gracias por todo Frankenstein!

martes, 11 de noviembre de 2008

Matemos a la conductora de Beauty TV

Es como una versión empeorada de Cristina K (se ve que los cirujanos que obtiene de canje no son brillantes). Tiene el clásico programa sobre nada... en el que suceden una publinota tras otra, hasta llenar todo el programa y obtener todos los canjes necesarios: peluquería, depilación, gimnasio, uñas esculpidas, pilchas (más y más pilchas), biju, restaurante, bar, pilates, esteticistas de todo tipo y factor. Esto es el común denominador de todas las minas del cable, pero esta va más allá, porque es tan ridícula que se vuelve inmune a toda ridiculización.

Cuentan que Favio Alberti estuvo un fin de semana en Mar del y pispeó el cable local. Cuando llegó a fashion TV se largó a llorar desolado y agarró una botella (que siempre tiene cerca) para emborracharse. Dice que no tiene sentido hacer el personaje de Coty Nosiglia si se va a ver superado por la realidad. Viendo la presentación, nomás, los lagrimones fluían tupiditos... "así no se puede, esto es competencia desleal", se lamentaba.

En el próximo programa seguro va a haber una publinota en el estudio de algún abogado, ya que está averiguando (vía canje, of course) cómo iniciar acciones legales contra Matemos a las ballenas. Lo que más la ofende, empero, es aparecer en un blog de este nombre cuando ella se mata por estar flaca, obteniendo un resultado extraño, por cierto, que es tener una cadera más pequeña que su cintura que parece la de los trabas.

Matemos a Carlos Aletto


Fue uno de los primeros nombres que salió entre los objetivos de este blog, pero no sabíamos dónde ponerlo porque encaja perfecto en varias de las entradas anteriores.

Matemos a Aletto para que se calle, sólo para eso; y le estamos haciendo un favor.
Ni por el papelón con Clarín (nadie cree en su desconocimiento sobre la publicación de su cuento); ni porque con este asunto eclosionó todo un discurso de poeta pedorro y arcaico con frases como “para este hombre que hoy soy y que trabajó toda su vida alrededor de la palabra” o “... siempre supe que hay esperanza entre el hacha y el tajo y que esta nueva versión de 'Atalaya' (…) junto a otros cuentos, a los ensayos, a mis novelas inéditas, a mis works in progress, a los textos que escribo día a día (...). Podrán ser menos leídos, no publicados, pero ahí estarán con las mismas luces y las mismas sombras de siempre, a la espera de que algo suceda" (no se pierdan la carta que envió a Clarín y la forma en que el gran diario argentino "edita" el texto); ni porque cuando recibió el premio dijo que no había aprendido nada en la Facultad (porque en realidad, y es evidente, ¡aprendió mucho!); ni porque su página en Wikipedia (sí, tiene una) decía “escritor marplatense” y ahora dice “narrador argentino” (¡del condado a la estratósfera!); ni porque ya nos tiene recontrapodridos con sus denuncias en su “labor de vecinalista”...
Matemos a Aletto para que deje de romper las bolas escribiendo cartas, descargos, aclaraciones, denuncias, hablando en la radio y luciendo una retórica vanidosa no apta para bisoños y afectada… ¡ups! ¡es contagioso!

lunes, 10 de noviembre de 2008

Matemos al investigador

Trabaja en una grupo de investigación en la Facultad de Humanidades. Ha hecho todos los palotes: ayudante alumno gratarola, concurso preparado para que él gane, colaboración en grupo de investigación, beca interna de la facultad, Antorchas, Conicet... el kit completo del buen investigador ¿Qué investiga? Se preguntarán ustedes. Bueno, si tiene un poco de autocrítica, él también se lo pregunta. Por lo general es una temática tan huidiza como pequeña: la noción de cultura en las comunidades zaraza en el siglo XVI, la evolución de la propiedad privada según los censos catastrales en Claromecó (1912-1913) o las imágenes de la mujer en la poesía guatemalteca del S. XIX.

El investigador en ciencias sociales es experto en formularios y en la confección de proyectos en 200 palabras (por vicio profesional también puede hacer el detalle de sus últimas 5 novias en 200 palabritas) en español y en inglés. Además, tiene verdadero genio, cual eximio DT, para crear el dream team que lo prohija: quiénes tienen que ser su director y codirector; en qué cátedra le conviene colaborar, de acuerdo al más actualizado rumor sobre las tendencias de los evaluadores. Finalmente, no deja libradas al azar las vicisitudes de la política y entiende cómo el aleteo en el Ministerio de Salud de la provincia puede incidir en sus oportunidades para su próxima beca.

A quien se anime a decirle que la labor de un investigador en ciencias sociales, tal como está ahora concebida, carece de utilidad social, y que debería formar parte de un programa más amplio de país y espantosas cosas así... el investigador tiene preparada una serie de respuestas categóricas:

1- Que tiene que existir libertad para investigar lo que venga y que las universidades gozan de autonomía.

2- Que eso suena fascistoide, neoliberal, bolchevique o alguna ideología feíta por el estilo.
3- Que hay espacio para todo, que una cosa no quita lo otro, o falacias de ese tipo.

Claro que estos argumentos suelen olvidar, primero, que estas investigaciones sobre el rol de la sonrisa en la obra de Roberto Arlt, por ejemplo, compiten en el sistema de becas con otros proyectos que podrían mejorarle la vida a alguien: en medicina, trabajo social, biología, etc, etc. Segundo: que los proyectos de investigación los garpamos todos, con lo cual si el almacenero de la esquina considera pelotudo que una parte de sus impuestos financie la investigación sobre el rol de las artesanías en la constitución de la identidad de los hippies de El Bolsón entre 1974-1975, el tipo tiene su cuota de razón.

Pero nuestro amigo investigador podría contestar otra cosa: que no sólo es experto en la microscópica parte de la realidad (o irrealidad) que se ha propuesto analizar... sino que es, por sobre todas las cosas, un experto en operar en la burocracia pública. Y por tanto, podría ser un asesor genial de cualquier persona que tenga que realizar un trámite. Conoce cuántas medialunas compran la buena predisposición de la gorda que extiende los certificados de esto o aquello en Rectorado; es experto en la politiquería universitaria, por lo que sabe cuando es conveniente acercarse a las agrupaciones independientes de izquierda y cuando ser un lame franja hasta que quede morada, es por demás conveniente. El tipo es un especialista: en política, relaciones humanas, papeluchos... podría cobrar para ayudar a tramitar una habilitación municipal, una jubilación o un retiro por incapacidad. Y eso, carajo, ¡no lo hace cualquiera!

martes, 4 de noviembre de 2008

Matemos al gestor cultural

Siempre está promoviendo una muestra o instalación artística en un barrio marginal, organizando para traer a un grupo de folklore que se afanará las toallas del hotel de canje que se vio obligado a ofrecerle un tío, gestionando un festival de cine sudanés (sin subtítulos), creando una nueva publicación periódica que sacará dos números, hinchando a sus amigos con plata para que apoyen la cultura (a él), organizando una charla de un etnólogo de Uganda sobre la importancia de los enemas, poniendo on line un página con las actividades culturales que será jaqueada por un sitio porno cada vez que no tenga ganas de escribir, juntando firmas porque le llueve el techo al teatro que será re independiente hasta que la municipalidad le de un subsidio... y sobre todo, quejándose de la maldita ciudad que no es solidaria con su gesta.

Basta de farsa. El gestor cultural quiere vivir sin laburar (¡quién no!) y pretende que los pobres boludos de trabajo a destajo le paguemos su capricho. Nos tendrá que ofrecer algo más: que el apoyo a la cultura sea algo concreto, esto es, que nos dejen apoyarlo a él o a su novia si está buena... aunque el sentido común dice que la cultura es amable, pero fea como Susana López Merino; que el almacén cultural que promueve tenga algo barato y sustancioso como el fiambrín,
que en la fiesta que se organiza para recaudar fondos para el grupo de teatro que funciona en un espacio público okupado, no sea como el bar de Capusotto Acá sí que no se coge, y que no te de gastroenteritis al comerte las empanadas de relleno misterioso que vendían junto a las cervezas Brahma en vasitos de plástico.

Matemos a Diego Carabelli

De un Diego a otro. De Dios al chiquitaje. Pero bue... Si es por pegarle a alguien, no discriminamos el escalafón.

Diego Carabelli es conocido por la gente que anda por la treintena por haber sido tarjetero (¿de Sobremonte, Gap o Chocolate? Se acepta el aporte de información). Junto a su madre -que confecciona esos feos vestidos de quince de confeti que podemos ver todos los sábados a la noche en la Plaza del Agua- Diego se transformó en una celebridad local.

Pero así como el ensanchamiento de las caderas y la celulitis son las perdiciones de las mujeres, las de los hombres son la gordura y la calvicie. Y estos dos males, me temo, se ensañaron con Carabelli, que relegado en los espacios del fashion local, debió ponerle nuevo rumbo a su vida.

Sabido es que los hombres hacen cualquier cosa por conquistar mujeres, y hay que reconocerle a Diego una dosis de originalidad, porque cuando el fin del tarjeterismo bolichil lo puso en jaque, optó por transformarse en artista. Pero con mayúsculas, con una impostura tan profunda que la ven en Chascomús. No es que la gente no pueda cambiar de rumbo, pero Carabelli optó por un camino extraño: primero logró la afectación, el amaneramiento y el airecito superior de algunos artistas, y después fue a Gundy a comprarse un pincel.

Si no nos creen, o desconocen el fenómeno que retratamos, miren en su página la foto de pintor psicótico, pintor come uvas, y los cuadros que parecen los de aerosol de los artistas callejeros de la peatonal.

http://www.diegocarabelli.com.ar/

lunes, 3 de noviembre de 2008

Matemos a Maradona

No pensábamos postear tan pronto, ni adelantarnos al fracaso que se viene con el partido ante Escocia pero…

Sí, es el más grande; es Dios. Y lo trajo a Bilardo al ruedo otra vez. Todo más que bien. Pero ya está, cansó casi sin hablar siquiera: no se puede convocar un equipo de tantos asesores y técnicos que pronto, si seguimos así, tendrá casi la misma cantidad de integrantes que el seleccionado. ¡Y encima llama a cada muerto...! Nos gusta el circo pero no para tanto: ¿el próximo convocado será Cóppola? ¿Por qué no arman con Suar un reality para confirmar a los ayudantes?
Que vuelva el Diego gordo y delirante; éste, amigo de Grondona y alabado por los obsecuentes periodistas deportivos (qué obviedad esta última) nos hincha las pelotas.

Matemos al artista local incomprendido

Él es, a no dudarlo, genial en lo suyo. Y por tanto, merecedor de reconocimiento, apoyo y auspicio (guita). Es un excelente poeta, un talentosísimo pintor, un increíble músico, un novelista eximio ... pero no tiene éxito a causa de conspiraciones varias. Y todos estamos moralmente obligados a apoyarlo: a comprar su libro, disco, cuadro, ir a su show, darle un auspicio (mantenerlo) para no formar parte de la conspiración materialista/comercialoide que lo persigue.

Si no le va bien y todas las galerías rechazan sus cuadros nunca es porque no ha practicado con el pincelito lo suficiente... sino porque prefirieron exponer los feos cuadros de la sobrina de la mucama que limpia en la casa de Pulti.

Si el libro no se vende nunca no es porque un argumento trillado, en fea edición de autor, de un escritor desconocido no llama la atención de nadie, sino porque el librero vendió su alma a los megagrupos editoriales con los que firmó un pacto ultrasecreto para no vender otros libros más que esos.

Si 84 editorales rechazan los inspirados versos del poeta local que habla del mar y la melancolía nunca es porque no son muy buenos, sino porque existe una confabulación para arruinar los marulos de una nueva generación que erigirá a Tinelli como deidad.

Si el músico local debe meterse los 500 disquitos que hizo con plata de la abuela en el ojete, no crean que es porque no lo compraron ni los amigos, ni porque las clases las tomó en un centro de corte y confección y nunca logró algo mínimamente audible, sino porque las discográficas, radios, disquerías, y el gusto atrofiado generalizado concluyeron en que su música era demasiado innovadora y profunda, y transmitieron el dato a la CIA que planeó su derrota junto al golpe del último líder popular africano.

Y uno tiene que escuchar el argumento con cara de circunstancia, y ayudar al artista local en lo que pueda, salvo en la sugerencia de una ligera autocrítica y el relegamiento de las tesis conspirativas.

Matemos a Milano - Farenga

Odiamos la música instrumental urbana, porque además de ser embolante en demasía, quienes la cultivan tienen un aire de superioridad, de estar realizando una tarea que los enaltece. Y porque tienden a solidificar la idea de culto a alguna pelotudez por el estilo. Y en ese gesto, aparece el supuesto de que todos estamos obligados a comprarla, difundirla o ... ¡escucharla! De lo contrario, corremos el riesgo de ser tachados de vendepatrias, ignorantes, u oyentes.

Uno de los casos más escandalosos es el de Milano - Farenga (el orden de los factores no altera el producto). La gente escucha con fingido arrobamiento. No nos engañemos: a nadie puede gustarle esa bazofia. No obstante, los integrantes de dicho conjunto afanan hace tiempo con sus disquitos y sus shows. Como si hacer música instrumental urbana (o lo que sea, no tenemos claro el género; tal vez se trate de un plan para confundirnos más aún...) no fuera una forma como cualquier otra de ganarse la vida. Idéntico a ser cajero o pornógrafo. Sin embargo, destilan un aire de santidad. Cuando los únicos que deberían ser canonizados son sus seguidores, por tolerar tanta música monocorde y pedorra.
En definitiva, nada puede esperarse de melodías que casi instantáneamente funcionan como cortina de programa periodístico dominguero, especiales benéficos o pueden acompañar el ingreso al patio de los egresados en pleno acto de fin de curso.

http://www.milanofarenga.com/

Matemos a los ecologistas

Si una ballena puede alimentar a 50 chicos que viven en el Chaco no deberíamos andar deliberando mucho para sacrificarla. No somos ecologistas porque somos humanistas. No nos importa que los productos sean transgénicos si van a alimentar a un montón de chinitos.

Pero el antiecologismo no es últimamente muy políticamente correcto. Parece que preocuparse más por la gente que por los osos pandas es tan vilipendiable como ser antisemita o racista. Entonces, en el ecologismo hay mucho esnobismo; es una preocupación demasiado primermundista para nos que tenemos problemas más urgentes.
Lo malo de la ecología, son los ecologistas. Sus discursos unívocos y a veces ciegos; sus batallas contra el resto de la humanidad, sus propagandas (ese bombardeo mediático que insta a participar y si no, sos una mierda), sus acciones siempre revolucionarias, ¡ese color verde chillón que no combina con nada, carajo! Y los slogans, muchachos...: "Salvemos a las ballenas", "Abrace un árbol", "Paren los desmontes", "Piense globalmente, actúe localmente", “Cada vez son más los que contaminan menos", “Aquí está el resto de tu abrigo de piel", "Todos somos ecologistas con el tacho cerca" (ah, no, ¡éste está bueno!)
Pero hay algo más que vale la pena resaltar: la intervención de figuras consagradas del espectáculo y la cultura. Natalia Oreiro, Marcela Klosterbooer, Nicole Neumann, Pablo Echarri y Ricardo Darín son algunos de los que, gracias a su compromiso, le han dado un aire fresco al asunto. Esta entrada no hubiera sido lo mismo sin ustedes.

Por eso nos gusta el tema del Cuarteto de nos. Hacer un churrasquito de oso panda es tan escandaloso como la peor pornografía. Basta de la pose y de lo políticamente correcto: hay veces que a uno le dan ganas de matar a las ballenas, así como tiene tendencias destructivas contra muchas cosas que parecen muy respetables. Basta de farsa. Aquí le damos rienda suelta a los odios irracionales.

domingo, 2 de noviembre de 2008

inspiración



Maten a las ballenas

Cuarteto de nos


De chiquito odiaba a la naturaleza
a mis mascotas con insidia torturaba,
a las rosas y a la flor de la cereza
con kerosen y amoníaco regaba.

Ahora no me fumo a los ecologistas
y Greenpeace es un gran curro no lo dudo
todos era antes unos comunistas
y Cousteau era solo un viejo pelotudo.

Que me chupa que la tierra un día no se pueda habitar
cuando reviente yo ya no voy a estar,
mirá como tiemblo, yo ya no voy a estar.

Me gusta ver a un pingüino empetrolado
y que un incendio arrase la selva de Uganda
quiero que el delfín Willy no sea liberado
y comerme un churrasquito de oso panda.

Que me chupa que la tierra un día no se pueda habitar
cuando reviente yo ya no voy a estar,
mirá como tiemblo, yo ya no voy a estar.

Quiero matar ballenas hasta exterminarlas
y que todos los bosques por fin se talen
las lagunas con basura rellenarlas
y poner bombas en el Discovery Channel.

Que me chupa que la tierra un día no se pueda habitar
cuando reviente yo ya no voy a estar,
mirá como tiemblo, yo ya no voy a estar.