miércoles, 12 de mayo de 2010

Matemos al América Libre

Amigo, amiga si estás solo/a y estás aburrido de Mar del Chat, queremos que compartas con nosotros la experiencia de este centro multidisciplinario que es, paralelamente, un alto para el caminante que se dirige al centro de la ciudad; el lugar para tomar mate si no tenés un mango para el café ni un amigo para que te escuche; el sitio de todo desahuciado por la sociedad que al no encontrar su lugar se pone a “militar” y la fija de aquel incomible que encontrará allí a alguien que priorice las ideas políticas al aspecto físico (y si tensás mucho tu politización por ahí hasta ligás a una mina linda). En Matemos a las ballenas compartimos este testimonio de mala fuente:

Aburridos de pasar los fines de semana en los bares de Yrigoyen (donde las minas no están tan buenas como en Alem, pero los patovicas son igual de pelotudos) decidimos cambiar de ambiente y, con el propósito de amortizar las Topper blancas que compramos en un Outlet, a las que le sumamos un pulóver incaico que nos trajo una evacuada del Machu Pichu, nos dirigimos a la Plaza Rocha. Como los del mercado de Pulgas quieren asaltarnos haciendo pasar por antigüedades las baratijas que tienen en la casa, y nos repugna la vida sana que sugiere la gente de la feria verde, nos metemos en el América Libre.

Ya al ver las consignas pintadas en las banderas nos sentimos un poco desubicados. Mientras en un documental nos muestran al Comandante Marcos, unos carteles piden que se vaya alguien de un país que no conocemos, pero que tiene muchas K; de esta manera, nos admiramos en lo involucrada que puede estar en las luchas globales esta gente que pareciera estar únicamente abocada a vendernos comida de dudosa procedencia en un lugar un tanto sucio.

Cansados de ver al encapuchado Marcos en función continuada nos vamos a otro cuartucho, en el que nos enteramos de que los muchachos del América pusieron escuela. Al parecer, ahora en semejante antro se puede hacer el secundario mediante un bachillerato popular. Atención a aquellos que no pudieron terminar ni en el Minerva, ni en el Universitas: el América Libre les da una nueva oportunidad; no importa qué tan mensos sean, mientras se finjan un toque revolucionarios parece que en el América Libre College les dan un titulito. Una nueva forma de enseñarnos en los márgenes del sistema estatal: todos sentados en ronda rompiendo el viejo esquema de disposición unidireccional y produciendo tanta confusión que nadie sabe quién carajo es el docente y qué mierda se está aprendiendo. El alumno construye su propio conocimiento, tal vez debido al vacío de la currícula libertaria. Siempre citando a Freire, pero pispeando el manual de Santillana para no mandar tanta fruta, los docentes logran insuflar contenido político a cualquier concepto. Con uniformes puteadas al sistema, pero implorando al mismo Estado que por favor los reconozca. Entonces, muchachos y muchachas, a comprar ya el uniforme: se trata de un pantalón camuflado, borcegos pesados, camisa verde oliva y boina para ser los nuevos milicianos de una revolución bastante parecida a la Armada Brancaleone, pero sin la gracia de Vittorio Gassman.

Aburridos de la interpretación comunista de la tabla del dos, nos vamos a otro rincón, donde se reúnen las chicas de Frida. Según lo que podemos escuchar son unas feministas que proponen la no depilación como forma de parecerse a su ídola y, por añadidura, desalentar a los hombres a tener sexo y, de esa manera, acabar con la violencia sexual masculina. Se trata en su mayoría de pibas resentidas que no fueron agraciadas en la repartija de culos y que, en vez de salir a correr, hacen toda una ontología del ser gordas bigotudas en chancletas que fuman particulares 30.

En el América encontramos la tristeza del chico rico al que se le da por ayudar a los pobres, pero como es una proletarización cómoda ni en pedo se ponen a militar en la villa, entonces, tenemos este centro clasista y combativo en el corazón de la ciudad, donde de vez en cuando hacen pasar al trapito que cuida los autos que les regaló papá para que haya alguien de la clase a la que dicen representar. Como todo buen izquierdista es antiperonista a morir, y especialmente anti K, oponiéndose a todas las medidas populares en nombre del pueblo. Hace poco, el gobierno les ofreció donarles el espacio que usurpan, a lo que se opusieron fervorosamente alegando: “este gobierno de mierda quiere vaciar de contenido nuestra lucha al no escandalizarse con nuestro discurso y hacer las cosas que nosotros proclamamos”.

Subiendo por escaleras sinuosas llegamos a la sala de teatro del América, denominada El Palomar (¿será porque está llena de cagadas?). Hablando de teatro, más allá de la falta de control de sanidad y la absurda asociación entre mugre y revolución, lo que indigna del América Libre es su tendencia a la competencia desleal. Si uno quiere hacer zapatillas argentas seguramente se topará con la limitante de la falta de competitividad, porque aunque explote hasta morir a unos bolitas ilegales como la novia de Macri, no podrá competir con el trabajo infantil cuasi esclavo de la China. De la misma manera, si usted monta el kiosquito del centro cultural (como está haciendo ahora el bueno de Cristian Peléaz en “El que tiene sed”) deberá, en primera instancia, alquilarse un lugar, como hacen, por otra parte, hasta los chicos de la Jueventud Comunista que ahora tienen una casita en la coqueta Plaza Mitre (aunque se entiende que el paso de Cortázar por el inmueble la debe haber dejado en condiciones tan deplorables que hicieron descender el precio de la propiedad hasta el piso, suelo donde aún es posible hallar cintas de los cortos más aborrecibles que se hayan proyectado en esta ciudad).

Pero volviendo al funcionamiento de los “almacenes culturales”, cuando monte un espectáculo teatral, deberá intentar prorratear con la entrada los gastos de su alquiler. Por más que los chicos del Galpón de las Artes hagan de la renovación de su alquiler un controvertido tema público (a mí me subieron el alquiler de 700 mangos a 1000 de un saque y no saqué una solicitada en ningún lado) o los del Séptimo Fuego nos torturen con la venta de empanadas incomibles para arreglar el techo, nada es comparado con los precios populares que pueden ofrecer los muchachos del América Libre ya que, al haber tomado el espacio imitando a Rodrigo de la Serna en Okupas, se ahorran unos buenos mangos de alquiler.

Claro que está bien que las entradas sean baratas porque uno con los espectáculos del América se puede llevar unos buenos chascos. Al ver a los clowns en las varieté se agradece que los espectáculos en los semáforos sean sin parlamento, ya que estos muchachos tienen muy buen estado físico, pero los chistes son malos como los de Corona.

Otro problema que tienen las obras del América es la obligación de meter contenido político inmediato: no importa si hablás de la Caída de Constantinopla o de las razones para ser vegetariano, siempre hay que mechar una consigna de lucha popular. Así, en medio de La rosa de cobre empiezan a hablar de los cacerolazos del 2001, y parece que Nito Artaza y Arlt fueran uno y el mismo.

Se entiende que no tenga un guión sofisticado un espectáculos de payasos, pero con la idea de que “los actores crean su propio material” y otras paparruchadas robadas a un chanta que parece que alguna vez le dio un beso de lengua a Pavlosky, Lucas Capurro nos aburre con una bizarra interpretación de una Ana Frank a la que te da ganas de que los nazis la encuentren de una vez así deja de hacer pelotudeces con paraguas, perchas y valijas, sobre un escenario triste, y nos podemos ir a comer. En cuanto a la escenografía, le avisamos a Capurro y su escueta compañía que tal cantidad de plástico junto a velitas parece una idea poco afortunada, aunque sea el único elemento con adrenalina en un espectáculo soporífero; ya me imaginaba en un nuevo Cromagnon escapando del incendio corriendo escaleras abajo mientras me topaba con mochilas gigantes (un americalibresco no sale sin ella por si se va de viaje, campamento, hace una revolución o pernocta en lo de una mina), bolsas de dormir, tres mimos anarquistas, un miembro del partido comunista albanés infiltrado, un payaso expulsado porque le gusta 678, un perro al que le amputaron una pata para hacer hamburguesas en una peña, una pila de panfletos proclamando: ¡Fuera rusos de Chechenia!, y un par de bebés criados en comunidad.

Finalmente, llego a la vereda y aterrado me doy cuenta de que todavía queda gente adentro. Les grito a los militantes que entremos a salvarlos, pero me contestan que no me preocupe porque las cúpulas están a salvo: ya sacaron en andas al iluminado Polleri, y sólo queda adentro la gente de teatro y algunos pobres que habían reclutado para la ocasión.

jueves, 15 de abril de 2010

No tenemos sucursales!





Verán por la calidad de los comentarios a nombre de matemosalasballenas que no somos nosotros, los que administramos este blog, los que los escribimos (y tampoco armamos otro blog)
Nos sentimos como Batman en "El caballero de la noche"; gracias a los imitadores: si quieren ayudarnos a bardear gente, suerte!




miércoles, 14 de abril de 2010

Matemos a los papelnonos


De todos los post que hemos publicado hasta la fecha, éste, tal vez, sea el más inútil. Dejar que las cosas sigan su curso natural y el ciclo de la vida consiga su propósito pareciera ser una buena opción. Pero, como buenos protestones, herejes, pisa brotes y, en este caso, pisa hojas que deja el otoño, entre las muchas cosas que somos y nos adjudican –eso siempre es lo más jugoso- no queremos que pase inadvertido un fenómeno social que ya -según recientes investigaciones- se está extendiendo hacia otras ciudades de nuestro país. Por lo tanto, no queríamos dejar pasar nuestra oportunidad para expresarnos, como siempre lo hacemos desde la más absoluta cobardía que nos confiere el anonimato.

Resulta, amigos lectores, que la ansiedad nos carcome en tanto que la paciencia y la tolerancia no parecieran ser nuestros mejores atributos. En cambio, sí, el inconformismo y la maldad son terrenos fecundos para nuestras diatribas. Deseosos entonces de no esperar sentados a que las leyes biológicas lleven a estos viejos chotos al inapelable camino del campo santo, nosotros proponemos una muerte más digna y algo más rápida. No nos motiva la crueldad para semejante propuesta pues ésta es sólo un medio, sino más bien el peligro que traen aparejados los avances en la medicina actual y su impacto en la longevidad de un sector etario poblacional. La ciencia no ha reparado en que sus avances no tributan en una mejor calidad de vida para todos. Queremos decir: tal vez estos dulces viejitos que hacen mímica con una trompetita de mierda y pretenden que pensemos que hacen música estén contentos pero, señores, esto es a costa de los boludos que tuvimos que fumarlos en alguna ocasión. No es, por supuesto, un fenómeno aislado y como una reacción en cadena surgen toda clase de grupos y asociaciones: club de orquídeas, nonos pelotudos en moto, centro de jubilados de la chota, abuelos lee mierdas, ancianos del mundo uníos, entre otros.

Es cierto que estos grupos difieren en cuanto a su capacidad de rompernos las pelotas a los distraídos que cada tanto nos topamos con ellos. Desde este escrito advertimos con la intención de que nadie caiga preso en un recital de estos voluntariosos abuelitos, al menos sin conciencia. Los que están cagados son los estudiantes de todos los niveles que deben verlos y escucharlos de forma obligada en algún acto escolar. ¡Pobrecitos nuestros niños; que ponga atención el Ministerio! Lo peor para nosotros los más grandecitos puede sucedernos en una de estas patéticas ceremonias y detectar junto a nosotros a un asistente emocionado hasta las lágrimas, sacando chispas a las palmas de tanto aplauso. No nos engañemos: esto es simplemente culpa por el abuelito que no visitaron en la puta vida.

Lo más riesgoso para la especie toda es que estos entusiasmados cuerpitos en decadencia crean ser parte de algo importante para la sociedad. Ante tal pretensión, convendría reflexionar acerca de cómo es que si no pudieron hacer nada trascendente con sus vidas es posible que lo quieran hacer con el último aliento. No jodamos ¿alguien serio se imagina a un Osvaldo Bayer soplando un chiflido insoportable? En Cuba, por poner un caso, tienen a Buena Vista Social Club, acá tenemos a los pedorros Papelnonos. He aquí la cuestión; porque detrás de estas mentes ya confusas por años de grasa en las arterias se halla un pelotudo mayor que los convence de estas atrocidades. Nos referimos al psicólogo Jorge Strada, mentor de que nuestros mayores tengan que hacer “ruido con bombillitas de papel”, como él mismo dice en la página web de la asociación devenida en fundación, pero un “ruido interesante”, aclara el muy zapallo.

Matemos a los Papelnonos, claro. Pero primero hagamos justicia con el responsable para que no siga reclutando huestes de seres envejecidos y aburridos para ensalivar cartulinas. Después prendamos fuego las cornetitas esas de mierda; con un fosforito basta para la tarea. Entonces, sí, hagámosle el favor a los viejitos para que a nadie se le ocurra seguir exponiéndolos al ridículo.

Por último, para que no se piense que esto es pura destrucción, hacemos pública nuestra propuesta: atendamos bien a la tercera edad, que sigan subiendo las jubilaciones de los nonos, así, sospechamos, más de un interesado nietito pasará a visitarlos un domingo cualquiera en busca de algún mango. Más vale viejo acompañado que cien haciendo ruidos lastimosos.


Una muestra...

jueves, 8 de abril de 2010

Matemos a los que leen poesía


Participación que ni pedimos ni vamos a pagar, pero nos la hicieron llegar y parece que es alguien que conoce el paño. Gracias, insufrible oyente de poesía!



El género de la poesía tiene la peculiaridad de tener más escritores que lectores (todos escribieron un poema cuando los abandonó la novia, pero los compradores de libros de poesía son un mito urbano). Si pensamos en esta característica podremos inferir que los poetas, por más que parezcan humildes o cándidos son gente ególatra y resentida. Y por eso, llevan a cabo esas nefastas ceremonias narcisistas que denominan pomposamente “Lecturas de poesía”, “Festivales de poesía”, “Poesía para todos”, “Agarráme la metáfora” o cualquier título que se le parezca.

El típico lector de poesía (léase: autor de poesía que nos va a torturar leyendo sus versos en voz alta) toma un sorbo de agua mineral con gesto impostado que parece más propio de una conferencia en el London School of Economics que del borracho tomador de Brahma que todos conocemos.

Comienza entonces la lectura de una poesía sin métrica, rima, ritmo ni pizca de musicalidad, en la que nos confiesa su tortuosa interioridad. Durante los primeros cinco minutos, el auditorio finge escuchar e interesarse, pero luego inevitablemente se dispersa. Un grupo de chicas se queda mirando la vestimenta de las otras, celosas y molestas porque lograron un vestuario, peinado y maquillaje más excéntrico que el suyo. Aunque hayan pasado toda la tarde experimentando las peores combinaciones posibles entre calzas chillonas que malamente contienen culos caídos, zapatos de la abuela, remeras con inscripciones raras, chalecos, pines y carteritas bizarras, sus competidoras han logrado superarlas al ponerse polleritas cortas con piernas llenas de pelos, zapatillas all star tan rotosas que parecen sandalias, remeras ajustadas con estampados feos que lamentablemente exhiben las partes rollizas y pseudos tapados de piel aunque haga cuarenta grados. Los flacos, con infaltables anteojos gruesos de marco negro y morrales cruzando cuerpitos flacuchos (la mayoría de las veces), se jactan de no ver TV o no chequear mails muy seguido, y al toque sacan celulares de esos con tapita, de casi última generación, en donde esperan infructuosamente respuesta de una señorita a la que no logran meterle ni el verso.

La distracción es comprensible porque el poeta habla con metáforas horrendas de su sexualidad misteriosa cuando desde hace años todos sabemos que es puto, y uno, para contar cosas así debería pagarle a un psicólogo y no aturdir al mercado cautivo de los que concurren a las lecturas de poesía como única forma de interactuar con otros freaks y lograr coger.

La plaga urbana de las lecturas de poesías recorre la ciudad intentando contener la producción de una ciudad que tiene prácticamente más poetas que bandas de covers. Afecta a la librería de extramuros en zona de boliches y familias con varios chicos y un perro, que están durante el fin de semana buscando ese puto libro que pidió la maestra y sólo aspiran a terminar dentro de cien años de pagar el crédito de sus chalecitos; no les importa una mierda la cultura en general, ni la poesía en particular, ni menos aún ver el aluvión zoológico de nerds que hoy asalta el almacén barrial.

El mal aquejaba también a librería céntrica a la que le encantaba (ahora, pasó a mejor vida a pura liquidación) cobijar escritores desheredados (por unos padres hartos de que su hijo se finja artista y nunca pruebe una vida más vulgar que la del mantenido), en un antro que se pensaba como reducto de la cultura, pero ni bien levantábamos los ojos veíamos estanterías plagadas de libros de autoayuda: qué se puede esperar de un negocio cuyo nombre era… ¡una pregunta! (que se asemeja a las que nos hacía la más pelotuda y evaluadora de nuestras profesoras del colegio).

Pero el problema avanza por las calles locales cual típica inundación marplatense y también aqueja hasta a un “multiespacio” de la calle paqueta(e?) en la que las chetas teñidas de rubio con las tetas hechas mirarán con asco desde sus 4 X 4 la horda de artistas que intenta llegar a su punto de encuentro. Sin embargo, los poetas y su auditorio en algunas ocasiones no pueden arribar a la meca del snobismo cuyo nombre es un compositor noruego mucho más ignoto que el de la librería céntrica, porque los taclea la policía para pedir antecedentes y, en otras, porque se deprimen mirando vidrieras la ñata contra el vidrio y por qué mierda habré elegido la vida bohemia.

Terminada la horrible lectura sólo queda lo peor: los poetas, sus familias y amigos elogiándose entre ellos y la desesperación por vender una plaquetita hecha en cartulina de colores que los convenció de pagar la pitonisa de la poesía local, que distribuye los colores de las cartulinas tan aleatoria y caprichosamente como sus favores, y a la que se ve en los eventos rodeada de un séquito de abollados pollitos aterrorizados de sacar los pies del plato. (Tampoco deberíamos olvidar al desdichado grupito de poetas humillados por la pitonisa y su séquito, que, condenados a morar en oscuros sitios con menos visitas que Videla en el día del amigo, viven preguntándose por qué no los dejen ser parte de la caterva de iluminados y no miserables concurrentes de sus reuniones de cuarta.) El afán de trascendencia que persiguen es ilusorio porque:

a- Nunca nadie se transformó en Mick Jagger haciendo versitos.

b- La pitonisa es como un ombú debajo del cual no crece nada.

c- Es amiga de la insufrible Beatriz Sarlo (no tiene nada que ver con nada, pero queríamos decirlo).

En síntesis, las lecturas de poesía sólo pueden tener interés antropológico para ver gente con vestimentas y patologías mentales extrañas. Pero a la segunda o tercera vez nos damos cuenta de que la veta se agota porque son un grupo endogámico que se renueva poco y que al reproducirse internamente logrará productos cada vez más extraños y deformes como la realeza europea, pero sin guita ni glamour.

Matemos a los poetas que hacen lecturas, sus revistas feas y pomposas, sus plaquetas mal impresas, sus libros con menos diseño que un panfleto del Partido Obrero, porque son unos impostores que creen superada una poesía que ni leyeron, “creando” un magma informe que ni siquiera representa algo under (porque son chicos de la facultad de Humanidades, o parecido, cuya experiencia más fuerte fue fumarse un porro, pelearse con la novia de la facu o la muerte de su abuela de noventa años), y encima tienen un airecito superior como si por escribir unos versos poco inspirados en papel fotocopiado el resto de la urbe debiera rendirle al bardo pleitesía.

Ay, qué tiempos aquellos, los de grandes poetas como Sobrón, con famosa profesora de Letras presentándole sus libros en mesa con mantel rojo, micrófono y jarra de agua…


viernes, 5 de febrero de 2010

Matemos a los evacuados de Machu Picchu


Ya merecían morir por ser tan esnobs de irse al lugar de moda donde van los que creen que ahí nadie viaja. Ya merecían morir por comprar un paquete en una agencia capitalista pero igual jugarla de hippies mochileros. Pero los hechos conocidos por todos incriminan todavía más a esta versión posmoderna y liberal de los vagabundos de Dharma.

Matemos a los evacuados de Machu Picchu porque ahora se hacen los superados émulos del Oceanic 815 que vivieron una experiencia extrema pero antes de viajar fueron tan pelotudos que no se fijaron que la zona a la que se dirigían estaba en plena época de inundaciones. Y si lo sabían, se trata de una pelotudez agravada, son el doble de pelotudos.

Matémoslos porque sencillamente nos molestan, porque eliminándolos hacemos dos favores. Un favor a ellos mismos, que están condenados a vegetar (lo que viene ni siquiera será vida) de la nostalgia del único suceso importante que les ocurrió (a no ser que sean tan pelotudos de reincidir), nostalgia que se transformará en depresión, depresión que dará paso a las adicciones, adicciones que desembocarán en el seguro suicidio. Y otro favor a sus allegados, que deberán soportar las mismas anécdotas durante todos los cumpleaños, navidades, casamientos, bautismos y reuniones de todo tipo que queden de aquí al final de sus vidas.

Matemos a los evacuados de Machu Picchu porque son considerados héroes sin haber hecho absolutamente nada admirable, porque ya crearon grupos de facebook donde se juntarán a “a recordar y compartir experiencias, fotos, acnecdotas de nuestra extraña estadia en Aguas Calientes” (sic), o sea que además de ex varados no saben escribir en un teclado y son usuarios de facebook, mereciendo de esta forma una doble o triple matanza.

¡Matémoslos porque buscaban aventura, porque se suponía que iban al encuentro con lo desconocido, pero cuando vino la aventura, cuando llegó el encuentro con lo desconocido en forma de alud de barro y agua, se largaron a llorar y recién se tranquilizaron cuando vino el avión de la Fuerza Área Argentina equipado con mantitas y tecitos para la gripe! ¿Imaginan a un verdadero hippie, a un verdadero mochilero, a un verdadero ser humano con dignidad volviendo a casa a bordo de un Focker F-28 mientras abraza al piloto y mensajea a su mami que está preocupada?

Y conste que los matamos porque ya los rescataron, porque lo ideal hubiese sido abandonarlos, que prueben de su propia medicina cagando entre lo yuyos por toda la eternidad y obligados a limpiarse el culo con hojas rasposas, trabajando para sobrevivir en empleos a los que en su país de origen nunca accederían y finalmente morfándose entre sí como en los mejores y más populares accidentes de la historia.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Matemos a los que hacen pedagogía del volante


Vos vas tranquilo, circulando por tu mano, respetando la derecha, dejando cruzar a los peatones, frenando en el semáforo rojo y arrancando en el verde (nunca en el amarillo), poniendo balizas cuando vas a estacionar y compartiendo la experiencia del manejo responsable y a conciencia con miles de conductores como vos… hasta que te despertás.

Está claro que nada de esto ocurre ni va a ocurrir, reconozcámoslo de una vez; aunque se hagan campañas de educación vial y no nos guste levantar gente como sorete en pala ni que nos saquen con soplete de una cantidad de hierros retorcidos, cuando estamos al volante todo nos chupa un huevo.
Sin embargo está saliendo el sol para el mundo automovilístico, renacen las esperanzas para el tránsito, los zorros se morirán de aburrimiento estratificados a la vera de la ruta y pronto los peatones saldrán de sus casas sabiendo con seguridad que podrán volver sanos y salvos. Es que hay una raza de conductores que han sido bendecidos con un arte maravilloso: la pedagogía del manejo. Gracias a ellos, los conductores infradotados e irresponsables sabremos cómo conducirnos al volante.
Sus métodos son variados y efectivos. Se esfuerzan por señalarnos los errores aún poniendo en riesgo sus vidas e, incluso, ¡haciendo maniobras inapropiadas!
Se ponen a la par de tu auto para putearte porque vas lento y aceleran a los pedos; hacen gestos pelotudísimos considerando que son claramente traducibles a algo parecido a un concepto soltando el volante; te dan órdenes a través de la ventanilla cerrada; te señalan cualquier cosa que esté fuera del vehículo: semáforos, sendas peatonales, carteles de velocidad y hasta que ubicás la referencia de su dedito (que creías que señalaba el culo de Araceli González con bombacha Selú) te la ponés contra un poste…
Nos preguntamos cuándo van a poner su academia, pero fuera del auto (y si, si estuvieran caminando, harían las misma pelotudeces).
Les sugerimos que los domingos se pongan polleritas pasando la rodilla como testigos de Jehová y salgan a arengar gente para crear conciencia, pero dejen de rompernos las pelotas mientras manejamos, pedazos de hijos de puta.

domingo, 1 de noviembre de 2009

domingo, 18 de octubre de 2009

Matemos a los sabelotodo


Existe una clase de personas que piensa que ha sido beneficiada con un don tan particular que las hace únicas en el mundo. Gente que, además, no sólo lo cree y “se la cree” sino que te lo hace saber cada vez que puede y siempre en el momento inoportuno. Estamos hablando de esas personas que saben todo: desde paradigmas filosóficos, movimientos artísticos, hechos históricos y teorías políticas, hasta lugares donde comer, datos del tiempo, partidos de cada fecha del campeonato o lugares donde te arreglan el cierre del pantalón. Esto no sería un problema (ni materia de este blog) si no tuvieran otro defecto: enrostrarte este superpoder, hacértelo saber con toda precisión y cuando se les da la gana, es decir, todo el tiempo. Pareciera que se dan cuenta de que te importa un carajo escucharlos y lo disfrutan.

Esta clase de personas convierte cualquier conversación superficial en una junta de académicos; rompen cualquier clima para que todo el auditorio, sumisa y resignadamente lo escuche y no interrumpa hasta que termine de ofrendarnos todos sus conocimientos; llevan cualquier comentario para el lado en donde se sienten cómodos: una vez allí, disparan su artillería estableciendo relaciones que sólo ellos conocen o sanataeando datos y nombres propios (extranjeros, mejor).

Matemos a los sabelotodo porque hacen de una boludez una sarta de razonamientos en la que sólo les interesa lucirse y hacernos pensar que conocen el mundo, las costumbres de las culturas más exóticas, todas las partes del cuerpo y sus enfermedades, las herramientas de la caja de un electricista, el interior de una PC (obviamente saben qué es un chip, el WAP, una cookie y cualquier pelotudez relacionada con la tecnología), la ley de radiodifusión completa (incluso con los cambios efectuados a último momento), la conjugación de los verbos en alemán, las fechas y lugares de todas las batallas de Manuel Belgrano, y la puta madre que los parió.

Te amedrentan con el dato histórico y una enorme cantidad de información que, en realidad, no ha sido fruto de sus estudios sino de una mezcla de Discovery a la hora de la siesta, clases de derecho por cable de Mariano Grondona, algo de Canal Encuentro, suplementos de La Nación que pide antes de que los tiren y su gran aliada, Wikipedia.

Los sabelotodo están llenos de clishés; transforman fragmentos literarios en frases hechas y citan versos de poemas a cada rato como si hubiera aparecido la palabra justa mientras charlaban (es una manera de decir) con nosotros. Con esto creen engañarnos: no, señores, ya sabemos que tienen una listita mental y siempre dicen lo mismo. Así, combinan estrofas del Martín Fierro (infaltable) con discursos de J. F. Kennedy y El arte de la guerra de Sun Tzu.

Este tipo de gente, además, te regala sugerencias y consejos, no sólo cuando no se los pediste sino haciéndote entender que deberías haberlo hecho. Sus frases típicas empiezan con “Vos lo que tenés que hacer...”, “Yo te voy a hacer probar…” o “Si me preguntás a mí, yo…”. Otras ocurrencias se sostienen en enunciados categóricos e inapelables como “Las mejores pastas son de…”, “Sí, esa es buena, pero la mejor película es…”, “No se puede comparar X con Y…”; y, por supuesto, encabezan todos sus dichos con “Yo lo viví”, “Yo sé”, “Yo estuve”, “Yo te voy a contar” o el famoso “Yo te lo explico” del José de Tato Bores.

En cualquier punto de su discurso, se las arreglan para meter palabras culturosas y rimbombantes como ghetto, cinearte, paradigma, posmodernidad, vínculo, otredad, interdisciplinario, proceso, sujeto, enajenación o panóptico.

Matemos a los sabelotodo porque en su afán de parecer eruditos e imprescindibles para que sigamos habitando este mundo, tienen el coraje de corregir a su interlocutor indicándole cómo se pronuncia el nombre de un autor, compositor o cineasta (hablan de todas las disciplinas); dónde se acentúa una palabra; de quién es tal o cuál concepto o cómo se pronuncia una término extranjero: “No se dice Chauvin sino Shoven” o “¿Te referís al buquet del vino?” ¡Cómo nos gustaría en ese preciso momento tratar al sabelotodo como Maradona al periodismo argentino!

Matemos a los sabelotodo porque saben cuándo aprovechar el cambio a moneda extranjera, dónde comprar con descuento, a qué hora ir para que no haya cola, dónde hay sombra para estacionar, cómo calcular porcentajes rápidamente, cuándo sacar la guita del banco pero, por supuesto, no te lo dicen o lo hacen cuando ya es tarde.

viernes, 31 de julio de 2009

Matemos a los repartidores

Son las once y media y el repartidor de galletitas para su camión rojo en el corazón del centro comercial de la calle San Juan. Deja su monstruoso vehículo en doble fila obstruyendo la salida de tres changos. Mantiene el camión en marcha haciendo ruido y largando más humo que una división de infantería de fumadores de Parisiense, y se pone a galantear con la empleada del almacén presuponiendo que el peinado con dos rodetes que recuerda a la princesa Leia ha sido hecho en su honor. La mina sólo quiere que le deje las galletitas rápido para seguir mandándose mensajitos con el novio, pero el repartidor del gigante camión rojo, entre chiste y chiste subido de tono, le pide que no se ofenda porque va a saludar a la del kiosco. En el drugstore lo reciben con simpatía porque siempre deja algo gratis, pero lo que la chica no tolera son los besos ruidosos que lanza al aire nuestro protagonista, Raúl, el camionero.

Entre tanto, varios conductores empiezan a los bocinazos porque el camión ocupa casi toda la calle. Raúl continúa su ronda de reparto de galletas y piropos, inmune a los insultos. Su trabajo demora más del triple del tiempo necesario porque toda alocución va matizada con un “mamita que lindo te queda ese jean”, un “gordita, lo que vos necesitás es que te hagan un pibe” o un “caramelito, qué cara de cansancio… ¿qué habrás estado haciendo anoche?”…

Matemos al repartidor no porque viola las normas de tránsito y de urbanidad diariamente, ni siquiera porque es más grasa que las nuevas galletitas Oreo bañadas en chocolate (que seguramente reparte), sino porque es el máximo representante de la concepción del medio de transporte como falo. El tipo deja el camión tirado en medio de la calle jodiéndole la vida a todo el mundo bajo la percepción de que como tiene un camión muy grande es el más poronga de todos. Sabido es que el tamaño del vehículo es inversamente proporcional al pene, y que quien presume de un vehículo grande lo hace por carecer de otras dotes. Esta noción, que antes sólo poseían las estudiantes de psicología, se ha generalizado tanto que inhibe a la mayoría de los hombres con pitos promedio a la hora de comprar un auto. Esto es, no importa que midas un metro noventa, que toques el cello o que te hayas ganado la lotería… ese autote que tanto te gusta no te lo vas a comprar para que tus compañeras de oficina no crean que sos un minidotado imbécil como el repartidor de galletitas.

Como si sus defectos fueran pocos, el repartidor es el típico exponente del que se envanece por logros que no le son propios sino de la corporación para la cual trabaja. El camión con el se pavonea no es suyo, las nuevas galletitas Pindonga que nos ofrece extasiado no invento de Raúl, y ese “nosotros” que a cada minuto cae de su boca resulta más patético que mentiroso, dado que la empresa de la que se siente parte no tiene idea de su existencia. En síntesis, con su camión y gran empresa Raúl se siente poderoso y exitoso sexualmente. Y así como todos los taxistas se creen ganadores desde que el desagradable Arjona inventara una canción en la que el protagonista seducía a sus pasajeras, los camioneros siguen fijados en su héroe setentista BJ Mackey. Se piensan muy atléticos porque saltan del camión acrobáticamente en vez de descender por la escalerita, aún a riesgo de estropear el finito pavimento electoral de Pulti (obviamente no son apolíneos, sino unos gordos bachicha con hábitos simiescos más parecidos al monito que a BJ)

Ante estos argumentos anticamioniles se nos podrá decir que los colectiveros y los propietarios de 4 X 4 ostentan también una grasísima actitud de valerse de sus grandes móviles para patotear a los otros, pero lo que más jode de los repartidores es el carácter no aleatorio que tiene encontrarse con ellos. Uno puede toparse o no con un forro en 4 X 4 por las calles de la ciudad; en cambio, una vez al día nos encontramos con Raúl, que obstruye nuestro pequeñito auto cuando queremos rajar del laburo, y mientras damos bocinazos lo vemos con esa cara de bobalicón feliz tan satisfecho de sí mismo que nos hace querer cagarlo a trompadas.

lunes, 22 de junio de 2009

Matemos a Patricia Montagni

Sos linda, guacha!

Esta entrada va a ser corta como el intelecto de la homenajeada. Matemos a Patricia Montagni porque no aprendió en Deportea siquiera a leer correctamente. No hay oración en la que no haga un furcio o se tiente. Odiamos que se haga la seductora y la simpática; y también el uso de eufemismos como “techitos amarillos” o “profesionales del volante”. Sus referencias cariñosas y contenedoras no lograron ocultar el tono amarillista para informar el asesinato del taxista (del que dijo que le faltaban dos materias para recibirse de abogado, cuando estudiaba para ser personal trainner).

Lo más grave es el fraseo para leer las noticias: parece que nadie le enseñó que una oración es una cadena de palabras separadas por silencios; para ella, los enunciados se separan cortando las frases donde se le canta. Cual cantante de jazz sexy, se le ocurre innovar e improvisar en las pausas, que encima están matizadas por bossa. Así nos cuenta:

Desapareció...

[ tres segundos de “Garota de Ipanema”]

avión que se dirigía desde Brasil hacia…

[acordes de guitarrita, unos seis segundos]

Paris. Hasta el momento no…

[cuatro segundos con cuerpo bronceado….]

Se encontrar vecios… vestigios. [furcio seguro y no entendiste qué se cayó, dónde, si encontraron algún chango nadando, o si era la traducción de la letra de Jobim].

Este post debería leerse con música de fondo, la música deprimente con la que nos castiga Patri. No sólo es retro, sino también es mersa y suicida. Baste un ejemplo: enterarse de la caída estrepitosa de los mercados europeos con “Menta & limón” de Roque Narvaja. Bastante le cuesta a uno salir de la cama en el junio marplatense como para adicionarle esta cuota extra de grasada triste. Si no nos tiramos al mar cual Alfonsina, es sólo porque intuimos que va a estar helado.

Por supuesto que la mañana de universo tiene el tono alarmista de casi todas los programas informativos y periodísticos de radio y televisión de nuestro país, temática que Capusotto ni siquiera llegó a parodiar. Con el agravante, en este caso, de que con Patricia nunca sabemos qué carajo pasó.

Patri, igualmente, debe condensar sólo una parte minúscula de los tics de la radiofonía marplatense, que incluye:

  • la pésima lectura de frases o títulos en inglés
  • las opiniones frívolas y “bien pensantes” a lo doña Rosa
  • los errores conceptuales cuando se salen del libreto (confusión de nombres, afirmaciones equivocadas de fechas o países)
  • las preguntas pelotudas a entrevistados que se muestran absolutamente desinteresados en responder
  • los chistes pedorros, que hacen de Artaza un Seinfeld (o un senador)
  • los gestos artificiales de una supuesta camaradería entre los integrantes del equipo aludiendo a cosas que sólo ellos ven (el sweter apretado de la operadora) o saben
    la descripción enfática de lo que comen o beben (buscando el contagio para recibir más regalos)
  • la incontinencia verbal generalizada para llenar minutos pero que no se note
  • la narración de anécdotas personales (¡!)

La lista es infinita pero nos vamos a dormir para levantarnos temprano con nuestra locutora estrella (o estrallada).

sábado, 20 de junio de 2009

Matemos a los que tienen Facebook

Nelson Castro se preguntaría, con ese insoportable tono de director de escuela hablándole a la pantalla, qué consecuencias sociales puede traer Facebook. Y obviamente daría una respuesta obvia incluyendo las obviedades que todos dicen: representa un concepto artificial de “amistad” y es sumamente peligroso. Como nosotros no somos Nelson Castro (todavía no nos censuraron, no recibimos solidaridad de nadie ni tenemos una cicatriz en el cuello para mostrar en cada plano) no vamos a apelar a esos argumentos inconsistentes para destruir Facebook.

En primer lugar, no podríamos hablar con autoridad acerca de qué es la amistad, justamente nosotros. Además, nada está dicho sobre este concepto que hasta puede empapelar las verdulerías en desideratas color naranja con definiciones como “El verdadero amigo es como la sangre, que acude a la herida sin ser llamado”, “La amistad es el ingrediente más importante en la receta de la vida” o “La amistad es como la salud: nunca nos damos cuenta de su verdadero valor hasta que la perdemos”.

Es verdad: acabamos de citar frases baratas; veamos entonces las iluminadas ideas de Elio Aprile, publicadas en el nuevo número de su revista Transiciones (¿año quinto?): “Sin amigos, el vino no es más que uva líquida extraviada en la garganta, el café apenas una taza pintada de negro y las madrugadas un imperdonable error de la noche” (¡ésto es imperdonable Elio!) o “Bienaventurados los que en medio de la selva turbia, que siempre está, pueden encender el nombre de un amigo como un rayito de luz.” Si esto es amistad, ¿por qué no puede serlo una cara de nabo desde una pantalla?
Por otra parte: ¿recién ahora nos vamos a rasgar las vestiduras, mecer las barbas, tirar de los pelos por la posibilidad de que la CIA, la SIDE o cualquier servicio de inteligencia (¡qué eufemismo!) sepa quiénes somos o qué hacemos? Vamos muchachos, estamos en la era del acceso a la información… ¡ah! ¡Y vivimos rodeados de encargados de edificios!

Matemos a los que tienen Facebook porque muestran impunemente su vida privada como si tuviera algo de interesante: madres fanáticas de sus hijos con piojos incluidos, estudiantes que cuentan por qué número de apunte van, escritores frustrados que piensan que ya tienen lectores porque cuatro amigos le comentaron sus notas o el primer capítulo de una novela, gente que comenta el clima y cualquier tipo de asociación que esto tenga con su estado de ánimo, miembros de la “inteligentzia” (volveremos pronto sobre este punto) que nos esnobean hablándonos de libros que nadie conoce, políglotas falsos que publican las tres frases que saben en portugués, inglés y alemán; nerds que pretenden mostrarse como gente piola contando detalles de sus patéticas salidas nocturnas, los Guillermo Andino que se hacen los informados publicando boludeces de la actualidad, bueno, casi todos ustedes tendrán Facebook como para continuar esta lista (o pedirán claves prestadas, como nosotros, para hacer un estudio como éste).

Un párrafo aparte merecen las fotos: antes uno elegía para un álbum las fotos en las que salía favorecido. No obstante, en esta red la gente se muestra rolliza, ebria, dientuda o con braquets (joven argentino: si tienes entre 30 y 50 años, llegó la hora de arreglarte los dientes, y decirle al mundo “sí, parezco Hannibal Lecter y me la banco”), sudorosa en pista de baile, aparentemente drogada o sólo bajos los efectos de medicamentos psiquiátricos… cuanto más feo salgo, más auténtico soy, parecen decirnos. Los peores son, sin embargo, los que cuelgan fotos abrazados a su mejor amiga que, oh casualidad, se parece a Shreck o tiene el pelo como Gorosito, y en esa comparación sale ampliamente favorecida. Matemos a los que tienen Facebook porque no sólo publican sus fotos, incluso aquellas en las que no queremos estar, sino que también las etiquetan y te mandan al frente.

Matemos a los que tienen Facebook porque creen que piensan sólo por contestar esa pregunta existencialista inicial “¿Qué estás pensando?” Y se esfuerzan verdaderamente por poner algo cool que, obviamente, no les sale. Tendríamos mil ejemplos para dar pero son muy tristes.
Pero Facebook no sólo te obliga a tener amigos sino también a tener cosas en común con ellos. Para eso existen los grupos, una función a partir de la cual uno puede formar parte, pertenecer, a cosas tan idiotas como “Cambio tesoros del Vaticano por comida para África, te apuntás?” (los solidarios), “El 20 de junio, cambiemos nuestra foto en Face por la bandera Argentina”, “Basta de inseguridad en las calles” (los chauvinistas y fachos) o los famosos “Yo también…” (es decir, los pelotudos): “yo también hago pelotitas de silicona líquida”, “Yo también le doy la vuelta a la almohada para poner el lado frío” o “Yo también digo que voy llegando cuando recién voy saliendo de mi casa!”.

La moda es unirse en la virtualidad; en la realidad sería imposible: ¿hay alguien que de veras quiere conocer a un integrante de “Yo también he escrito mi nombre en los cristales empañados”? ¿En serio tenemos ganas de volver a ver a nuestros compañeros de la primaria, ahora fracasados o súper exitosos (no sabemos qué es peor…)? Estamos seguros de que en esta red todos tomarían mates virtuales hasta con Fernando Peña si viviera. La lógica de los grupos es la siguiente: me tiro un pedo ¡armo un grupo en Facebook!

Hay algo que nos parece divertido, sin embargo, en todo esto: la psicosis y los debates intelectuales que se generan acerca de admitir, aceptar, rechazar, unirse a un grupo, ser fanático o enviar regalitos a otros amigos. Por un rato se puede sentir el placer del ejercicio stalinista de poder (en definitiva nuestras decisiones se basarán en una fotito y dos datos pedorros del perfil) pero pronto seremos presa nosotros también de las decisiones arbitrarias ajenas ¿Por qué mi vecino, que siempre me pide yerba hace tres días que no responde mi solicitud de amistad? Preferimos que sea porque lo van a sacar agusanado de su casa antes que cruzarlo en el pasillo y no poder mirarlo de frente.

Lo peor que tiene Facebook es la flanderización de la sociedad: todos son buenos, solidarios, lindos, pensantes, comprometidos, tienen tiempo y mucho… pero en la virtualidad, ¡así cualquiera! Facebook chorrea bondad y promesas de un mundo mejor y la idea de que es posible que no estemos solos, aunque es obvio que no hay nadie más solo que un nabo frente a una pantalla de PC (posiblemente en bolas), hablándonos del té de orégano que está tomando, pero que se jacta de tener un millón de amigos (ahora venimos a enterarnos de que la amistad tiene un límite: sólo se permiten 5000).

Matemos a los que tienen Facebook pero no a quien lo inventó: ese pibe es un genio, porque con un programita condensa todo el patetismo y las imágenes más chotas de la humanidad: una señora sesentona con escote pronunciado y con fondo de fiesta electrónica es más agresiva y deprimente que cualquier foto sobre la guerra de Vietnam.


(NdR: juramos que todas las citas son ajenas; aunque quisiéramos no podríamos haber igualado la calidad de su contenido)

viernes, 22 de mayo de 2009

Matemos a los "bien pensantes"

El bien pensante tiene ideas políticamente correctas en todas las situaciones posibles. No le importa ir contra todas las evidencias: si se encuentra con un negro, un tullido, un judío o un árabe siempre estará dispuesto a encontrarlo víctima de alguna discriminación injusta. No le hace mella que el negro le choree la billetera, el paralítico lo atropelle con la silla de ruedas, el judío le cague cien pesos y el árabe vaya a comer a su casa atado a dos kilos de trotil. Y encima está dispuesto a cagarnos a pedos por prejuiciosos y horrendas personas si nosotros decidimos expresar lo que se nos canta.
Es tan adicto a los eufemismos que no le alcanza con decir “no vidente”, persona de “bajos recursos”, persona con “capacidades especiales”, sino que hasta cuando juega al ajedrez elige siempre las piezas de color.
Hasta en el momento mismo de ser asaltado se pone a conversar con sus captores acerca de que todo la situación tiene su origen en las injusticias sociales:- ¡Violencia no es que me apuntes con un arma, sino que yo tenga un cero kilómetros y vos un Falcon oxidado!
Si escucha que un enano fue desaprobado en un examen de italiano, en seguida se pone de parte del hombre pequeño, no importa que el enano no haya aprendido una sola palabra en el idioma de Dante: seguro que la profesora da clases para gente de otra altura. Si un deficiente mental no puede ingresar en un posgrado es una injusticia horrible, y jamás le van a parecer satisfactorias las nerviosas explicaciones del responsable de la alta casa de estudios que intentará no ser tildado de nazi por decir algo tan obvio como que un tonto no puede ser un doctorando.

Lleva los formularios del INADI a donde quiera que vaya. Le parece tan de matones los carteles de “La casa se reserva el derecho de admisión y permanencia”, que deja entrar a su propia casa a absolutamente cualquier fulano.
Lo malo es que el virus bienpensante va infectando silenciosamente la sociedad. Con el resultado previsible de que todos estemos pensando antes de hablar: ya no se le puede decir gordo al gordo, ni bizco al marido de nuestra presidenta. Se torna todo tan absurdo que uno añora un mundo sin eufemismos en el que, por ejemplo, las publicidades apelaban a lo efectivo: todos queremos pertenecer, tener plata, ser lindos y aceptados. Si alguien hoy osara hacer una propagando como la de Kickers hace unos años, que tenía una consigna simple y clara: “Con Kickers; sí; sin Kickers, no”, se le aparecería el bien pensante y sus amigos a lapidarlo en la plaza.

Por la vía del no decir y fingir que todos somos iguales, cuando lo que más abundan son las diferencias, dentro de poco el bienpensante en el poder nos va a obligar a acostarnos con las mujeres feas, regalarle nuestras posesiones a los pibes que fuman paco, dejar que administre nuestros ahorros un analfabeto y entregarle nuestra hermana a un presidiario de Batán.
Como si no tuviéramos bastante con cuidarnos del colesterol, proteger el medio ambiente, evitar las amenazas del supermercado con no darnos más bolsas de plástico y tener que llevar las latas de tomate sobre la cabeza… parece que en todo grupo de amigos hay ahora un infiltrado bien pensante listo para denunciarnos si nos atrevemos a decir, en un asado después de tomar medio litro de vino, que el “obrero de la construcción” que vino a hacer un trabajo a tu casa cobró cien mangos y no vino más, es un grone cabeza de corcho. En ese momento comienza a ulular una sirena, te iluminan con un reflector mientras te señalan con un dedito acusador y dicen por altoparlante: ¡FACHO, FACHO! y tus hijos se ponen una bolsa de papel (que les dieron en Disco) en la cabeza porque se avergüenzan de vos y no quieren que sus amiguitos los reconozcan.

lunes, 16 de marzo de 2009

Matemos al encargado de edificios

En momentos como este en el que los famosos sufren por la pérdida de sus fieles empleados (floristas, personal trainers, etc.), llaman a la población a movilizarse y a la pena de muerte para que se instale, tal vez no sea conveniente meterse con una raza de sujetos que seguramente se desviviría por trabajar para la realeza del espectáculo, pero se hace necesario decir de una buena vez lo que todos los que vivimos en un departamento pensamos en reiteradas oportunidades: matemos a los encargados de edificios.
Sabido es que los porteros muchas veces han actuado como buchones de las fuerzas parapoliciales en los ’70, que les fascinaría vivir en Cuba para ser los controladores de manzana y que darían todo lo que tienen (departamento, cable y plomero gratis) por ser los esbirros de Susana Giménez denunciando cualquier actitud sospechosa en el espacio en el que son dignatarios.
No nos engañemos: sólo estamos en este mundo para buscar un pedazo de territorio del cual podamos designarnos, sin culpa, señores feudales. Sólo un hombre pudo lograr este sueño, sin que nosotros, sus vasallos, sepamos alguna vez de qué se trata. Desde nuestra cabeza pequeñoburguesa pensamos que el encargado es nuestro empleado y que se dedica a velar por nuestro bienestar; sin embargo, este sujeto domina todo el territorio edilicio y desde las sombras (detrás de una escoba) controla nuestras vidas.
Con o sin bigote, con o sin llavero ruidoso colgando de su cintura, con o sin panza, con o sin pantalones color caqui (o bombacha Ombú), el encargado emprende sus tareas diarias como si en eso se le fuera la vida, y saca lustre o limpia vidrios arremetiendo con más fuerza si nos ve pasar: “esto sí es trabajar”, parece decirnos.
Una característica irritante del encargado es que pretende que no se ensucie lo que se limpia. Cual si fuera nuestra madre, refunfuña porque en día de lluvia dejamos agua y barro en el palier que acababa de limpiar o nuestro sobrino apoya sus dedos en el vidrio de la entrada. Sólo falta que se enoje porque nunca estamos en casa y nos espete: “¿qué te pensás? ¿qué esto es un hotel?”
No hay nada mejor para él que limpiar la vereda: desde ahí puede poner cara de culo abiertamente si pasa alguien caminando, obligándolo a bajar a la calle o baldeándole los pies. Puede, además, seguir con absoluta libertad los movimientos del barrio y del edificio, obtener información y luego, cuando lo necesita, soltar estratégicamente algún dato en el momento conveniente. De esta forma, hace que el dueño del perro del 2º F encare a la jubilada del 2º D por supuestas quejas o que el nuevo ocupante del 5º A sienta que será observado desde un panóptico por el resto de los habitantes del edificio. Si todos andan peleados es porque el encargado urdió una trama novelesca para verla gratuitamente en vivo y en directo. Es un genio.
Otra cualidad que hay que reconocerle puede también sacarnos de las casillas: habla de cualquier tema y sabe de todo: clima, chimentos, enfermedades y muertos, fútbol (aunque sean de Independiente), mecánica del automotor… y sus conocimientos son siempre enunciados como consejos paternales en el momento exacto en que se da cuenta de que no nos interesa absolutamente un carajo lo que tiene para decirnos.
No obstante, todas estas son pequeñeces frente a la verdadera misión encargadil. Esto es: saber todo, absolutamente todo, sobre la vida de sus custodiados. Es un secreto bastante bien guardado que existe un torneo inter-porteros (el Gran DT de los encargados) para determinar la ocupación de los nuevos dueños e inquilinos de los departamentos. Por los horarios, atuendos o fragmentos de conversaciones, el encargado determina (y anota prolijamente en la planilla que le suministra la asociación) y en menos de una semana, si se trata de un rentista, una amante mantenida, un oficinista, un estudiante, un agente inmobiliario o un gato fino. Nadie escapa a sus determinaciones sociológicas.
Pero allí no termina su trabajo: luego se dedicará a la vida sentimental, composición de la familia, determinación del grosor de la billetera y cuenta bancaria. Hasta tal punto podemos sentirnos vigilados en nuestro propio domicilio que inventamos absurdos estratagemas sólo para no darle al encargado un dato más sobre nuestra vida: estacionamos el auto nuevo en una cochera a dos cuadras del edificio y nunca lo dejamos en la puerta; no permitimos que nuestra chica nos visite en casa, aún a riesgo de que crea que estamos casados, vivimos con nuestros padres o somos unos sucios; disimulamos la bolsa con la comida de la rotisería, sacamos la basura con nuestras propias manos hasta el edificio de al lado, nos hacemos mandar la correspondencia a la casa de un amigo... Igualmente, con una red de espías que abarca toda la ciudad, el encargado siempre sabrá cuáles son nuestros movimientos e intenciones.
Pero no nos demos por vencidos del todo porque hay una raza superior que, cual Darth Vader, logra neutralizarlos… por suerte tenemos al siniestro Administrador.

lunes, 12 de enero de 2009

Matemos a los boy scouts


Estamos pipones de tanta comida navideña y bebidas alcohólicas; de tanto saludo y reuniones grupales para despedir el 2008, de tanta vida familiar y controles policiales.
Nos sometimos a una cura de agua mineral y frutas tropicales pensando que esto podría atenuar no sólo nuestro pésimo estado de salud, sino también la maldad de nuestros pensamientos, y en una de esas, hasta evitar para siempre la continuidad de este blog… pero no, estamos de regreso con uno más.

Matemos a los boy scouts porque, por alguna razón que se desconoce, representan indiscutidamente la bondad y el altruismo, la solidaridad y la ayuda desinteresada ¡Una farsa! Llegó el momento de desenmascarar a esta secta.
No estamos contra los boy scouts en razón de sus oscuros orígenes junto al imperialismo británico, ni porque hayan ayudado a matar negritos en África. Tampoco porque hayan florecido junto a asociaciones católicas con un afán obvio de controlar y encuadrar a la juventud. Ni siquiera porque esta génesis garantiza un malsano placer militarista por recibir órdenes e impartirlas: al pibito que detiene el tránsito para dejar pasar a un cieguito o una marcha católica que corta las calles le importa un carajo el no vidente o la virgen en alto, lo que le encanta es que ÉL no te deja pasar a VOS).
Pero, en la sociedad actual: ¿para qué sirven? Si te quedás encerrado en el ascensor, ¿dónde está el boy scout? Si te caga tu novia ¿viene un boy scout y te consuela? Si te pierde la canilla, ¿saben cambiar cueritos? ¿Qué saben? ¿Dónde están cuando uno los necesita? ¿Qué los hace "sacrificarse" por los demás? ¿Por qué siempre están contentos?
Por otra parte, dudamos seriamente de su inteligencia. El boy scout piensa con la lógica del grupo, funciona en relación a los que sus compañeros y superiores (sí, hay jerarquía, así que hay algunos nabos que creen en esto durante más tiempo) hagan o digan.
El boy scout se cuelga el pañuelito del cuello, se pone la camisa adentro del bermuda y se calza la gorrita con insignia para salir de campamento y planificar un mundo mejor… Nada de esto es loable.
Todo esto puede ser confirmado por un hecho irrefutable: nadie confiesa haber sido boy scout, o lo hace tímidamente entre risas, luego de haber consumido alguna sustancia. Nadie dice en su primera cita: “Fui boy scout”, ni vamos a leerlo en un curriculum vitae.
Los boy scout no merecen las consideraciones positivas que arrastran, son un fiasco y esta sociedad en extinción confirma que no sirven absolutamente para nada.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Matemos al espíritu navideño


Villancicos, arbolitos, papá noel gigantes, ¡nieve!... toda la parafernalia navideña comienza en el día de la virgen y se propaga por varios días. Después empiezan las películas en la TV con familias (de esas que nadie conoce) que se reúnen para Navidad y toda la onda lacrimógena naif.
A las decoraciones, que ya empezaron en noviembre, de vidrieras y entradas de edificios (¡hasta los encargados amargos –dignos de un post- cuelgan pelotitas rojas y guirnaldas verdes, o como sea que se llamen!)
Con tanta pelotudez, la gente se suma acríticamente a la tendencia y comienza a mostrar un delirante espíritu navideño: -¡Pase usted! / -¡ no, después de usted!... Hasta se levantan para dejar sentar a una vieja, ceden un turno en la verdulería o cruzan a un cieguito. Se besan en las veredas, justo cuando salen o entran de los comercios a gastar los aguinaldos comprando chucherías en Alparamis o en esas tiendas de baratijas. En navidad todos hacen esfuerzos por mostrarse como buenas personas, altruistas y fanáticos de sus familias. ¿Acaso el angelito de la Anunciación le dijo al oído a María que saliera de Shopping?
Claro que al poco tiempo ese espíritu languidece y puteamos al que intenta colarse en el supermercado o al que nos sacó el lugar para estacionar; como no podemos soportar a nuestro sobrino en el almuerzo dominguero, le ponemos un jueguito hiper violento a tres milímetros de la nariz para que no joda; pensamos en cómo cagar a nuestros compañeros de oficina para hacerlos trabajar en los peores días y horarios en las fiestas venideras; mentimos con una excusa de cuarta para zafar de las reuniones de fin de año, o para no pasar a saludar a una tía con esclerosis…
Ni hablar de la inmediata previa de la noche buena, en la que nos lanzamos en palomita sobre el último pollo, somos capaces de corrompernos por un kilo de flautitas y nos peleamos con todos los familiares por los regalos, el lugar a dónde ir a comer y el vino malo que trae tu hermano.

Si el hipócrita espíritu navideño no va a sobrevivir ni siquiera hasta el 24, mostremos la carroña humana que somos desde ahora: compremos los regalos en sitios hiper pedorros o aprovechando las ofertas de la temporada anterior, abusemos de los que aún quieren ser buenitos estos días para obtener prerrogativas laborales e incluso, sexuales.
Seamos sinceros, si vamos a ser unos gusanos con nuestras madres y novias todos los días, no le aflojemos en este trance, no sea cosa que, idiotizados por los villancicos, incurramos en claudicaciones irreversibles.

Matemos a los que ponen carteles amargos

Es la una y media de la mañana y voy (urgentemente) al kiosco a comprar forros. Mientras espero veo un cartel:

"No se cargan tarjetas de colectivo"

Bue, pienso que estamos en una avenida por donde pasan muchos bondis y es natural que pongan el cartel para no hacerle perder tiempo a la gente. Pero cuando un poquito más a la derecha leo:

"No se cargan tarjetas de celulares"

Me quedo reflexionando en que si están cansados de que les preguntes 100 veces por día estas cosas, les convendría reformular su negocio y cargar las tarjetas de colectivo y de celulares. Pero noto que es todo un estilo, porque más abajo, en el vidrio (es de esos lugares que te atienden por una ventanita porque te ven cara de malviviente):

"Por favor, abone con cambio"

Digo... las pelotas. Si tengo cambio abono con cambio. Si no, saco un billete grande y no me dejo amedrentar por un puto cartelito. Claro que la índole del negocio queda totalmente en claro cuando veo en el otro rincón:

"No cargamos termos para mate"

Ya ahí estoy caliente ¿Qué les pasa? ¿No pueden verbalizar sus negativas? ¿Tanto tiempo van a perder diciéndote que no cargan tarjetas ni tienen agua caliente? ¿Piensan que por poner un cartelito con fibrón le otorgan a su capricho caracter de ley?

Como ya estoy chinchudo pienso que cada vez proliferan más carteles por el estilo: no se realizan cambios los días de luna llena; verifique su vuelto antes de retirarse del local, luego no se aceptan reclamos; los artículos de oferta no tienen cambio, jódase; no se aceptan tarjetas de crédito o débito; la casa se reserva el derecho de admisión o permanencia; los baños son de uso exclusivo de los clientes; no contamos con baños para discapacitados; consumisión mínima $10 (para ver en un bar partidos de campeonato); el ascensor es de uso exclusivo de embarazadas y mayores; no se sirven desayunos después de las 12 hs; forme fila y espere a ser llamado; apague su celular; caja rápida: 15 productos; no se aceptan tarjetas de débito por operaciones inferiores a $30; prohibido ingresar con animales.
Dentro de poco van a poner carteles que digan:
"su pregunta sí molesta"
"nos chupa un huevo la satisfacción del cliente
"me cago en vos y andáte a la puta madre que te parió"

Pensando estas cosas me malhumoro tanto que ya no quiero comprar nada en este lugar en el que antes de hablarte ya te están negando cosas, ¿qué me van a decir ahora? ¿qué no me dan los forros porque soy demasiado feo para cojer? ¿Qué me dan unos con tachas porque tengo cara de sado?
Igual... ya se me fueron las ganas.

martes, 2 de diciembre de 2008

Matemos a los enólogos

¿Es posible saber todo? ¿Es posible conocer todos los secretos del universo? No. Estábamos tranquilos con esto de no saber nada hasta que llegaron ellos; no saben todo pero sí, desde su punto de vista, lo más importante.
¿Es posible saber todo lo que contiene un sorbo de vino? Sí, parece que sí.
De un tiempo a esta parte existe un grupo de gente que analiza lo que sucede desde la viña a su mesa, desde la botella al paladar. Se interesan con fervor en reproducir constantemente las categorías de análisis del vino y las formas correctas de beberlo. Y no sólo eso: algunos incluso representan a alguna empresa que los manda de acá para allá para armar "eventos etílicos" y degustaciones.
Si ustedes eran de los que tomaban un trago de vino para bajar un pedazo de milanesa y evitar una muerte indigna, sepan que estaban equivocados. Los enólogos, o cualquier fanático del vino (pero quién no lo es) que sabe dos o tres boludeces recién aprendidas, nos enseñan que el vino se tiene que ver, primero; oler, después y tomar sólo luego de esas etapas (y a esa altura la milanesa hizo lo que tenía que hacer: muerte por asfixia).
Estos tipos toman un trago de vino y mientras tararean mentalmente "Tengo un mundo de sensaciones…", los ojos les brillan pensando en la cantidad de datos que ese sorbito de vino puede darles.
Claro que no es cuestión de tragar en seguida, el conocimiento requiere un doloroso esfuerzo: hay que mantener el trago en la boca, mandarlo al fondo, traerlo adelante, pasarlo de un lado a otro inflando las mandíbulas… no es pavada catar un vino y no poner cara de pelotudo.
Lo más ridículo del enólogo (bueno, tal vez algo de su vestimenta también), y de los que pretenden serlo, es ese discurso (todo remite a los discursos, se habrán dado cuenta), propio, digámoslo de una vez, de un borracho en pleno delirio. Moviendo la copa en círculos (horas de práctica) o con una mirada perdida luego de tomar un trago, podemos escuchar sus veredictos: "En boca es árido como estepa mesopotámica después de un rally" o "Este vino tiene matices de lluvia de verano platense cayendo en un laurel recién podado" o "su cuerpo es como el sedimento de la Laguna de los Padres luego de un fin de semana largo lleno de turistas", o cosas así.
Al único que podemos defender es a aquel que, en tren de chamullo para levantarse una mina, empieza a hablar de contornos de vainillas, aromas de especias o presencia de frutos rojos: el tipo caló un par de “tips” y los usa para impresionar. Pero la más de las veces, los enólogos, y quienes se juzgan entendidos en la materia, quieren hacernos creer que pueden distinguir a ojos cerrados si un vino está añejado en barricas de roble o no; y que demoran 3.1 segundos en determinar el varietal de un vino. Con el objeto de demostrar que se trata de una fantochada, proponemos secuestrar en la próxima expo de El vino y el mar a una docena de expertitos para obligarlos con ojos vendados a reconocer varietal y cosecha. Si se equivocan, sufrirán el peor de los castigos: cada error será penalizado por un trago de vino "uvita" directo del tetra.
Matemos a lo enólogos porque son cursis, fanáticos y defensores de un "buen beber" que no nos permite manchar el mantel ni ponerle soda o Fanta al vino… y porque son títeres funcionales de las bodegas que, con este invento marketinero, nos quieren cobrar un fangote por una botella.