Gonzalo Viñao
http://www.costanegra.blogspot.com/
En contra de las imposturas intelectuales, artísticas y académicas (y las que vengan). Si lo leen con humor, es en joda; si lo leen en serio, no tengan dudas de que lo hacemos con la peor intención.
(para nuestros fanáticos extranjeros: se trata del colegio universitario local)
Si ustedes pensaban que en una reunión social podían encontrarse sólo con sabelotodos, boy scouts, enólogos, pedagogos del volante, poetas ególatras, facebookeros deformes, intelectualoides becados que ya echan panza, empleados de informes o Patricia Montagni, sepan que, lamentablemente, también pueden conocer a algún inefable egresado del Illia, que te hará saber su condición en el transcurso de los primeros, más o menos (y esto fue calculado por varios de los integrantes de nuestra división investigaciones) diez segundos de charla. Se trata de exhibir lo que constituye el factor central de su identidad, cuestión paradójica ya que ésto tiene que ver con algo que ni siquiera eligió él: sus padres habrán considerado que era un punto válido para vanagloriarse delante de sus amigos, familiares y vecinos y que, por añadidura, les permitiría ahorrase unos buenos mangos al no pagar un colegio privado. ¿Qué sentido tiene jactarse de algo que eligieron otros por vos? Claro, tu aporte fue haber rendido el famoso examen de ingreso a la institución, pero no nos adelantemos. Un Illia se jacta, decíamos, de ser un Illia, ¿por qué no mencionar con orgullo otras cosas, como la profesión, los hobbies, la familia, etc.? Bueno, justamente porque en esto les ha ido como el culo. Así que mejor sigan reivindicando su condición de niños brillantes como si fueran viejas estrellas del fútbol ahora caídas en desgracia.
Y con el propósito de revivir aquellos días felices se la pasarán organizando reuniones de ex alumnos o un club para dar la bienvenida a los ingresantes, y discutirán acalorados, como si decidieran el 82 % móvil, el cambio en el modo de ingreso (que ahora permite entrar a la chusma). Regla de oro: el que más pilas le pone a esta actividad retro es, a no dudarlo, el más pantriste de todos con su realidad cotidiana.
La mayoría de la gente ha padecido su adolescencia en un pedorro colegio público que ni quiere mencionar en su CV o en un colegio privado donde snobeaba o era snobeado. A los chicos Illia, paradójicamente, tener tan buenos recuerdos de su colegio progre, flexible, solidario, canchero, tolerante y amplio les juega en contra porque nunca van a encontrar una carrera o trabajo con tanta onda. Es por eso que su tendencia melancólica es aguda y no pierden un minuto en hacerte entender que fueron al Illia. Con eso llenan horas de charla, que no permiten ningún otro tema de conversación. Vos les preguntás dónde queda una calle y ellos se zarpan con el relato de cómo filmaron un documental en la zona; les contás que leíste una nota sobre hipoacúsicos y te largan un discurso sobre cómo colaboraban con CIDELI; les hablás de la explotación boliviana en la industria textil y ellos recuerdan automáticamente cuando armaron las banderas de su viaje de egresados; les decís que vas a viajar a Mendoza y te hacen la crónica de sus campamentos con fogón y tertulia. Socializan cada una de sus experiencias en “El colegio” como si fuera lo mejor que les pasó en la vida y con datos que nadie le importan un carajo. Con sus múltiples talleres, desde cestería hasta vida en la naturaleza, creen estar absolutamente preparados para hablar, hacer y opinar de todo. Guardan en sus habitaciones telares, bolsas de dormir y todo tipo de souvenirs de aquella época feliz. Pero chicos… el mundo cambió bastante desde que ustedes tenían 15 años. Hoy garpa qué trabajo y auto tenés, no la cantidad de chicas que te apretaste en segundo año diciéndoles que te gustaba Pink Floyd o tocando la quena.
El problema de estos chicos es que pasaron tantos nervios y stress al rendir los exámenes de ingreso que ya a los 12 años demostraron todo lo que tenían que demostrar: forman parte de una élite inteligente y no piensan hacer nada más para refrendarlo, no sea cosa que algún fracaso refute la hipótesis. Los chicos Illia padecen un síntoma que ha sido definido como síndrome de Peter Pánico (PP). Es tal su miedo a crecer y hacer alguna cagada que dé por tierra al niño genio, que prefieren hacer… absolutamente nada. Estudios aparecidos en revistas especializadas afirman que existe una alta correlación entre experiencia Illia y ataques de pánico, brotes psicóticos y consumo de medicamentos psiquiátricos. Estos mismos papers analizan cómo, teniendo en su gran mayoría padres intelectuales y concurriendo a un colegio universitario, es sorprendentemente bajo el número de ex alumnos que concluye una carrera universitaria (a la que entran directamente porque todavía se encuentran bajo los efectos del stress post traumático de los exámenes de ingreso). De hecho, a muchos se les da por estudiar Educación Física, alguna rama del arte o cualquier otra paparruchada en la que no tengan que demostrar que son Einstein.
Se creen similares a los chicos del Nacional Buenos Aires, pero con la diferencia de que tan clásico colegio formó a varias generaciones de dirigentes y escritores como Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Miguel Cané, Marco Denevi, Alberto Manguel, Carlos Mugica, Fernando Abal Medina, Bernardo Houssay, Carlos Pellegrini, Roque Saénz Peña, entre otros. Entre tanto, nuestros famosos del colegio universitario son Pepo San Martín (cantante de Los científicos del palo), Romina Zariello (modelo), Pablo Obeid (político, segunda o tercer línea K)… y no encontramos a nadie más.
Igualmente, debemos admitir que existe algo peor que un egresado del Illia contándonos su experiencia escolar: es el que te narra cómo intentó entrar y ni siquiera lo logró. Increíblemente, pese a haber fracasado a tan corta edad (nos referimos a los chicos, claro, no a los padres, que sufren mucho más este golpe a su ego y se muestran tan competitivos y poco limpios como Bilardo en cualquiera de sus facetas) su paso breve por las aulas del colegio les permitió desarrollar un inexplicable sentido de pertenencia que perdura pese al sabor amargo de la derrota intelectual.
Sin embargo, el objetivo de este post es hacer pública una leyenda negra que circula en los ámbitos más encumbrados de esta ciudad y que surge de un interrogante tenebroso: ¿dónde están aquellos fracasados que, después de haber ingresado, no terminaron la secundaria ahí? Se sabe que en el colegio no se podía repetir y, paralelamente, que era muy exigente. Ergo: ¿dónde fue a parar la legión de los expulsados? El mito urbano apunta hacia el interior de la propia institución. Un chico Illia fracasando y terminando en un colegio para repitentes como el Minerva era tan inaceptable que preferían matarlos y enterrarlos en el jardín junto a los chicos sin onda porque un Illia boy que se preciara, ya fuera en su versión hippie, intelectual, grounge, rocker o deportista, tenía que ser cool de alguna forma o perecer…
A veces nos preguntamos por qué duran un lustro los noviazgos entre gente que se lleva como el culo o las relaciones de amantes donde la mina se cansa de pretender otro status que, sabe, no va a tener. También puede causarnos curiosidad por qué un matrimonio vuelve al ruedo después de una separación que, creíamos, era lo más saludable. Sin embargo, las cosas son más fáciles de lo que uno piensa y existe una respuesta que nos sacará de la ignorancia en la que nos encontramos: lanzados al mercado sexual, después de ensartarnos con Facebook y agotar la veta del lugar de trabajo o donde estudiamos, caemos nuevamente en la monotonía del bar y el boliche “marpla”; y ahí es seguro que corrés a lo malo conocido y a la triste escena de la decadencia: película yanki en DVD (preferentemente una de Woody Allen que no sólo te hace pasar por snob sino que te convence de que la familia perfecta existe: es aquella en donde conviven los maridos, los ex, las amantes y los hijos de todas las uniones, en perfecta armonía), algo de alcohol y un pedazo de chocolate para calmar la angustia, junto a tu compañera, en la cama.
Pero queridos, participativos y resentidos lectores, estamos aquí para explicarles el proceso de la devastadora e irreversible realidad que nos toca en esta ciudad, a ver si con esto podemos hacer que las parejas asuman lo que les toca, aunque lo que espere afuera aceche con el panorama más desalentador que hayamos conocido. Veamos.
Otra vez es viernes a la noche y estamos tomando cerveza en el departamento de nuestro común amigo J. El alcohol se acaba y no tenés ganas de engrosar las arcas del delincuente de Corrientes y Roca, de manera que hacés callar a tu amigo bolche, que proclama una revolución inminente, le quitás la guitarra al trovador del grupo (podría aprenderse enteras las canciones de Silvio, el hijo de mil puta, y no someterte a su eterno ensayo) y te disponés a salir a la aciaga noche marplatense.
Mientras te ponés la campera fingís optimismo, pero vas mandando mensajito a la chica no muy agraciada pero gauchita, que como buena Magdalena, llegado el momento, lamerá las heridas de los patovicas y limpiará los restos de tragos espantosos que te habrán vomitado en el pantalón.
A poco de salir comienzan las discrepancias en la hueste sobre si es mejor dirigirse a Alem, Yrigoyen, Constitución o probar con algún lugar alternativo. Sopesamos desventajas y… desventajas.
En Yrigoyen no hay muchas opciones. Podés caer en Mestizo, el típico bar de cerveza mala en vaso de plástico. Emborracharse resulta barato pero la oferta sexual está en consonancia. Adolescentes con los pantalones bien metidos en el orto, pero con unas caras y gestos que sería más apropiado ver a través de la pantalla en un documental sobre el rito de alguna tribu perdida en la selva que invoca la lluvia gritando: “Menea, menea, menea”. También existe la posibilidad de dirigirse a Hipólito y vegetar en una mesa bebiendo. Lo bueno es que con el calor que hace uno transpira prácticamente todo lo que toma generando un efecto químico extraño que hace que se pueda ingerir alcohol hasta el coma. Otra opción es ir a Scotia, que estará hasta la pija, y donde podrá ningunearte a mansalva un patovica pelotudo cuyos criterios de discriminación son oscuros y azarosos (puede ser que no te deje entrar por pobre o feo, y en tal caso acertar, o porque no le gusta tu gorro que le suena hippie, tu bufanda que le parece de puto, o que interprete tu olvidarte de comprar crema enjuague como un ensayo de grelos). También está Chiquilín, donde no se puede bailar (o fingir hacerlo para chamuyar a una mina) y es caro y aburrido… pero donde están las camareras más perras de la galaxia que te prometen mucho escote, tetas (sobre si las tiene hechas o no habrá en la mesa un debate de treinta minutos), culo y no darte jamás el teléfono (¿en serio pensás que saldría con vos habiendo tanto viejo en auto importado disponible?). Última opción: ir a Wallace, lugar en el que uno podrá fingir que retrocedió una década y experimentar algo así como un pequeño baile, hablar con una chica que no sea espantosa y beber algún trago haciéndose el banana en la barra. Claro que todo esto podrá ocurrir hasta las tres de la mañana, después estaremos todos tan hacinados como sardinas que la única manera de que se haga lugar es a medida que vayan sacando a los desmayados. Y encima, si vas temprano antes del malón te tenés que fumar la eterna banda cover: Sushi, Yacuzzi, Kimono… todas tan igualmente histriónicas y monótonas (con cantantes que se la pasan ensayando frente al espejo los tips rockers) que te dan ganas de hacerte el harakiri.
En Alem la onda es otra. Las chicas más lindas y producidas, aunque con unas dosis de histeria que alarmarían al propio Freud. Siempre podés apostarte en la puerta de Samsara y lograr entrar sin hacer cola porque convencés a uno de los dueños de que vos sos propietario de una veinteava parte que te vendió el primo de un petiso con nombre francés; total, esa gente tiene tantas partes de boliches que con un par de tragos encima podés entusiasmarlo con el más inverosímil de los negocios, por ejemplo, que vas a lograr una toma eterna en la facultad y darle a él un par de barras y la exclusividad en la venta de forros.
También podés hacerte unos mangos pasando por Pehuén, donde si sos tan precavido como para irte con cámara de fotos, podés extorsionar a todos los casados de trampa con mostrarle a la esposa la foto donde su marido, con la peor cara de imbécil y en zapatillas (¿hay una edad límite para zapatillas?), le toca el culo a una chica. También se puede ir a Tressor y fingir que te gusta la música electrónica durante quince minutos para evadirte del reaggeton que fundamenta nuestra certidumbre de que el mundo es un lugar horroroso. Si vas a Barnon, Mr. Jones o Gásparo, decís: “ahora sí estoy mamado”, porque entrás y salís de esos lugares, pero parece que estás en el mismo eterno bar con grupos de chicas y chicos sacándose fotos con el celular y donde nunca podés distinguir bien los vínculos, por lo que siempre corrés el riesgo de ir a hablarle a una mina muy maquillada mascando chicle que te mira insistente como diciendo “¿qué esperás para encararme gil?”, y el enano granujiento a su lado vestido como jugador de béisbol quiera cagarte a piñas porque le querés birlar la minita.
Si lo que buscás son gatos debés dirigirte ligerísimo a Domo, donde se concentra el felinaje añoso, además de toda la gente divorciada de la ciudad. Aquí podríamos hacer una lista de bares gatunos, pero se los dejamos a ustedes, hábiles arponeros de los comentarios.
La otra opción es hacerse el alternativo y caerte en alguna fiesta de una facultad, o en el América Libre o un sitio roñoso por el estilo. Las opciones de hoy son una fiesta en el Club Español de la gente de Ciencias de
Y si, finalmente, te hartaste de entrar y salir de bares te queda la opción de beber lo suficiente como para animarte a los boliches. Podés ir a Pin Up y perderte en el mundo de la sexualidad diferente donde te va a encarar una mina que está buenísima y vos vas a dudarla pensando si será tranformista, transexual, lesbiana en crisis o te va a cobrar… Y para cuando reaccionás y te dás cuenta de que simplemente es tu día de suerte y es una psicótica a la que le gustan los estudiantes pobres y feos… ya se encontró a otro estudiante pobre y feo. Igual, compadecemos a la gente con sexualidad diferente que ve su lugar copado por todo el caretaje de Alem que va a allí con ánimo antropológico, o simplemente porque cerró su bar preferido a las cinco de la mañana.
También podés gastar un dineral en taxi e ir a Esperanto, sólo para darte cuenta de que no querés acostarte con una chica que trabaja de sol a sol en una panadería y que se produce un sábado a la noche para ir a bailar buscando un príncipe azul que la rescate trabajando de sol a sol en una panadería. O gastar aún más en taxi y entrada para llegar a Sobremonte, la joda en el fin del mundo, y convencerte de que no sos lo suficientemente fachero, canchero, pudiente, reventado o drogadicto como para tal lugar.
Amanece. No te ha quedado ni un centavo. En tu cerebro lleno de lúpulo resuenan las melodías pedorras que escuchaste toda la noche, así como espantosas imágenes de contoneos de caderas, gente transpirada, patovicas descerebrados con fotos de su amor imposible Ricardo Fort en la billetera y borrachos molestos que en un acceso de lucidez piden a los gritos estar en su cama.
Volvés caminando derrotado a la casita de tu amante, preguntándote por qué persistís en este ridículo salir y tomar. Serás reflexivo hasta el viernes a la tarde cuando recibirás un mensajito de J. invitándote a la previa de cerveza en su departamento junto al bolche y al trovador. Y allí estarás. Uno puede volverse adicto a cualquier cosa.
Nota: la noche marplatense es igual de deprimente para las chichis...
Sabemos que este post va a refrendar la suposición de que somos de letras, que somos ñoños y que cogemos poco. Nos ponen en la triste situación de tener que decir que el idioma supone una serie de signos compartidos, y si bien el habla se va modificando con el uso, algunas de esas aplicaciones son verdaderamente desagradables. Y sólo tienen como fin mostrar que se pertenece aun ghetto particular (intelectual, cool, cheto, cumbianchero, rollinga, surfer, etc.) y por lo tanto snobear, excluir al oyente o simplemente desorientarlo para que no se dé cuenta de lo forro que es el que habla. La verdad es que sólo logran quedar como unos infradotados y nosotros, cual jueces viejos y cansados de
La moda es, ahora, defender las múltiples posibilidades del lenguaje y su expresión oral y escrita: viva la diversidad (y el matrimonio gay, obvio) Pero dejémonos de joder, eso también es una postura, nadie se banca que le hablen de alguna de las maneras que detallamos a continuación. Matemos a:
1. Los que hablan cortito, especialmente si las palabras utilizadas son peli (muy a lo Fito Paéz, que está bien que use el diminutivo para referirse a sus propias películas, que no responden a otra categoría), facu (en especial si es usada por alguien que no tiene vinculación alguna con la universidad y más si van a un terciario o a un instituto cualquiera), finde, figus, revis, cole (por "colectivo" o "colectividad" -por "colegio" no pasa nada si tenés menos de 10 años), reci, zapas o, peor, zapis (encima suman el diminutivo), gordi, promo (especialmente desagradable si lo usa una promotora de banco) y tantas más.
2. Los que usan constantemente onomatopeyas, especialmente las de risas: ja ja, je je, ji ji, jo jo y ju ju. Peor otras formas que se pretenden más originales como xo-xo. Y la risa de maldad no puede quedar afuera: mu je je (¡ay, qué malo sos!)
Encima, hay que ser pelotudo para, justo cuando podés disimular las horrendas faltas de ortografía que debés tener, las cometés con una onomatopeya del orto como ¡ha! (por ¡ah!), hahá o ahá (por ajá) y volvemos a la risa: he he he (por la boluda je je je). A ver, el uso de onomatopeyas no te hará pasar por más sociable de lo que sos ni le conferirá gracia automáticamente a lo que decís. Para finalizar: teniendo tantas palabras para elegir y la posibilidad de que tu cerebro no se fosilice, ¿es necesario felicitar a alguien con una forrada como “clap, clap, clap”?
3. Los que usan términos propios del mundo tecnológico: un lenguaje incomprensible vinculado a la informática, Internet, los celulares, etc. Pondríamos ejemplos, pero no sabemos nada del tema y obviamente a los que nos hablaron así no les entendimos un carajo ni nos importó lo que decían. (Igualmente, los remitimos al post “Matemos a los sabelotodo”)
4. Los que intercalan frases o abreviaturas en otros idiomas con el objetivo de snobear: “you know”, “come on”, “business”, “managment”, “hello”, “bye, bye”, ASAP ("As soon as posible"), “kisses”, “fuck” o “fucking”, “baby”, “performance” (que también cae en la volteada con “perfo”). Y peor si, concientes de esta pelotudez, se hacen los irónicos y escriben: “biei”, "cofi" (sí, así, bien argentino) "plis" o… "jelou" (¡!)
6. Y matemos, por supuesto, con un arponazo certero en la encía, a los que usan diminutivos para todo: ropita, casita o casuchi, plaquetita (para referirse a algo que está de más señalar que es inferior y minúsculo), sanguchito, librito, ensaladita, remerita, platita, cosita, bichito (cuando indica “sos el amor de mi vida y vamos a estar juntos para siempre porque te re amo y ambos renunciamos a tener amigos y salidas solitarias, y porque nunca te voy a ser infiel y vos no me vas a cagar nunca con ninguna pendeja”, no cuando indica: pequeño insecto que alimenta a otro ser de la cadena)
Desde esta página les mandamos un abracito y muchos besis a todos nuestros lectores progres que desde sus compus nos siguen y se re copan en los comments (AUNQUE NO TODOS LE PONEN ONDA), gracias por la way y la energy, son un público… ¡wooooow!
PD1: excluimos a los perejiles que escriben mensajes de texto llenos de cosas que no son palabras. No clasificaron para este análisis porque asumimos que lo hacen por una incapacidad intelectual o económica y nosotros no nos metemos con los carenciados.
PD2: los amantes deberían ser sordomudos para que no tengamos que escuchar las pelotudeces que esos cerebros atrofiados y narcotizados por el “amor” son capaces de inventar.
PD 3: ¡Ricardo querénos!
PD 4: ¡Marangoni: la tenés adentro!
PD 5: Patri, ¡vos querrías!
PD6: ¡Viva la revolución!