viernes, 1 de abril de 2011
Matemos a los psicólogos (de una vez...)
viernes, 25 de marzo de 2011
Matemos a los artesanos advenedizos
En un afán de caerle bien a nuestro amigo poeta Gastón Malgieri y para que vean que no tenemos nada en contra de la poesía, nos arriesgamos con unas estrofitas para matar a una especie urbana de saqueadores de la buena fe y el bolsillo.
Un trabajo siempre es digno:
ocho horas, plata en mano.
No jodamos con el arte,
no te hagás el artesano.
Sos mi amiga y te acompaño
a comprar las servilletas
que pegotéas con esmero
en un plato de madera.
Es un genio, no lo duden,
el que inventó el decoupage.
¿Es un arte para pocos?
no, sólo para los desocupauge
Todos cosen, cortan, pegan,
pintan, clavan, copian, arman;
es el infierno del “arte”,
¡a ver cuándo me la maman!
Sos mi amigo y yo te quiero,
pero un límite aparece
si me mostrás una lona
llena de pelotudeces:
prendedores con caritas,
collares de vidrios rotos,
anillos de plastilina,
imanes con varias fotos.
Zapatillas estampadas,
aros con plumas colgando,
remeras deshilachadas,
¡que me la sigan chupando!
Velas con olor a culo,
posavasos al crochet,
bufandas de macramé,
¡hasta un corcho me fumé!
Te visitan y en seguida:
“¿Te muestro lo que fabrico?”
Es el horror, ¡el horror!
Mi cara…no te la explico.
Si un regalo necesito
siempre me caga un amigo
“hago bolsos, ya te muestro”
¡para qué te habrán parido!
Dios hizo el agua y el viento,
inventó el sol y la luna,
y en un descuido nos puso,
¡a estos pedazos de hijos de re mil putas!
miércoles, 9 de marzo de 2011
Matemos a los clowns
lunes, 14 de febrero de 2011
Matemos a los que festejan el día de los enamorados
Era un post obvio, tan obvio que nos daba paja escribirlo, pero mientras mis colegas en esto de arponear ballenas andan escribiendo boludeces (¿payasos?) yo me hago cargo. Y como ustedes, que nos critican pero no podrían sostener la calidad y lo atinado de nuestros juicios sobre TODO, igual se van a quejar, ahí va: matemos a los que festejan el día de los enamorados.
Matemos a los malcogidos
Gonzalo Viñao
http://www.costanegra.blogspot.com/
domingo, 16 de enero de 2011
Matemos a la revista Mar del Plata Style & Life
Una crítica recurrente a los médicos y dentistas (estos últimos merecerán un post aparte, pero a sabiendas de que pongamos lo que pongamos de estos sádicos nunca podremos vengarnos por el sufrimiento que nos ocasionan y la plata que nos sacan) fue la antigüedad de las revistas de la sala de espera (bueno, hoy, en un centro cardiológico pueden encontrar una edición de la revista Semanario, de febrero de 1978)1.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Matamos a Villa escondida
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Matemos a los "buena vibra"
lunes, 8 de noviembre de 2010
Matemos a los fanáticos del fitness
Ya sabemos que van a decir que somos unos gorditos freaks resentidos sentados frente a sus “computadoritas”. Y que nos tenemos que “comprar una vida” como la de ustedes (¿las vidas usadas se publican en De todo? ¿Vienen con GNC?) No obstante, no podemos dejar de manifestar nuestra tenaz e insidiosa aversión por la gente fitness. Esta no puede ser asociada simplistamente a la gente que hace deporte o ejercicio. La mujer y el hombre fitness curten una estética y un estilo de vida muy particular. Veamos.
domingo, 24 de octubre de 2010
10.000 visitas
No escucho sus programas, ni su artística, ni sus bajadas de línea, porque -realmente- como radio independiente me cuesta horrores bancar lo mío propio como para andar perdiendo el tiempo en "robarle" a otro ideas inexistentes... " (hay que decirle a este señor que escriba más corto, nos "cuesta horrores" leer todo lo que escribe)
Matemos a los médicos rock star
"Te voy a cagar a piñas, pedazo de deforme.
Ya se quien sos."
En Matemos a Sergio Mileo
En Matemos al América Libre
"Ángel dijo
En "Inspiración"
miércoles, 13 de octubre de 2010
Matemos a los chicos Illia
(para nuestros fanáticos extranjeros: se trata del colegio universitario local)
Si ustedes pensaban que en una reunión social podían encontrarse sólo con sabelotodos, boy scouts, enólogos, pedagogos del volante, poetas ególatras, facebookeros deformes, intelectualoides becados que ya echan panza, empleados de informes o Patricia Montagni, sepan que, lamentablemente, también pueden conocer a algún inefable egresado del Illia, que te hará saber su condición en el transcurso de los primeros, más o menos (y esto fue calculado por varios de los integrantes de nuestra división investigaciones) diez segundos de charla. Se trata de exhibir lo que constituye el factor central de su identidad, cuestión paradójica ya que ésto tiene que ver con algo que ni siquiera eligió él: sus padres habrán considerado que era un punto válido para vanagloriarse delante de sus amigos, familiares y vecinos y que, por añadidura, les permitiría ahorrase unos buenos mangos al no pagar un colegio privado. ¿Qué sentido tiene jactarse de algo que eligieron otros por vos? Claro, tu aporte fue haber rendido el famoso examen de ingreso a la institución, pero no nos adelantemos. Un Illia se jacta, decíamos, de ser un Illia, ¿por qué no mencionar con orgullo otras cosas, como la profesión, los hobbies, la familia, etc.? Bueno, justamente porque en esto les ha ido como el culo. Así que mejor sigan reivindicando su condición de niños brillantes como si fueran viejas estrellas del fútbol ahora caídas en desgracia.
Y con el propósito de revivir aquellos días felices se la pasarán organizando reuniones de ex alumnos o un club para dar la bienvenida a los ingresantes, y discutirán acalorados, como si decidieran el 82 % móvil, el cambio en el modo de ingreso (que ahora permite entrar a la chusma). Regla de oro: el que más pilas le pone a esta actividad retro es, a no dudarlo, el más pantriste de todos con su realidad cotidiana.
La mayoría de la gente ha padecido su adolescencia en un pedorro colegio público que ni quiere mencionar en su CV o en un colegio privado donde snobeaba o era snobeado. A los chicos Illia, paradójicamente, tener tan buenos recuerdos de su colegio progre, flexible, solidario, canchero, tolerante y amplio les juega en contra porque nunca van a encontrar una carrera o trabajo con tanta onda. Es por eso que su tendencia melancólica es aguda y no pierden un minuto en hacerte entender que fueron al Illia. Con eso llenan horas de charla, que no permiten ningún otro tema de conversación. Vos les preguntás dónde queda una calle y ellos se zarpan con el relato de cómo filmaron un documental en la zona; les contás que leíste una nota sobre hipoacúsicos y te largan un discurso sobre cómo colaboraban con CIDELI; les hablás de la explotación boliviana en la industria textil y ellos recuerdan automáticamente cuando armaron las banderas de su viaje de egresados; les decís que vas a viajar a Mendoza y te hacen la crónica de sus campamentos con fogón y tertulia. Socializan cada una de sus experiencias en “El colegio” como si fuera lo mejor que les pasó en la vida y con datos que nadie le importan un carajo. Con sus múltiples talleres, desde cestería hasta vida en la naturaleza, creen estar absolutamente preparados para hablar, hacer y opinar de todo. Guardan en sus habitaciones telares, bolsas de dormir y todo tipo de souvenirs de aquella época feliz. Pero chicos… el mundo cambió bastante desde que ustedes tenían 15 años. Hoy garpa qué trabajo y auto tenés, no la cantidad de chicas que te apretaste en segundo año diciéndoles que te gustaba Pink Floyd o tocando la quena.
El problema de estos chicos es que pasaron tantos nervios y stress al rendir los exámenes de ingreso que ya a los 12 años demostraron todo lo que tenían que demostrar: forman parte de una élite inteligente y no piensan hacer nada más para refrendarlo, no sea cosa que algún fracaso refute la hipótesis. Los chicos Illia padecen un síntoma que ha sido definido como síndrome de Peter Pánico (PP). Es tal su miedo a crecer y hacer alguna cagada que dé por tierra al niño genio, que prefieren hacer… absolutamente nada. Estudios aparecidos en revistas especializadas afirman que existe una alta correlación entre experiencia Illia y ataques de pánico, brotes psicóticos y consumo de medicamentos psiquiátricos. Estos mismos papers analizan cómo, teniendo en su gran mayoría padres intelectuales y concurriendo a un colegio universitario, es sorprendentemente bajo el número de ex alumnos que concluye una carrera universitaria (a la que entran directamente porque todavía se encuentran bajo los efectos del stress post traumático de los exámenes de ingreso). De hecho, a muchos se les da por estudiar Educación Física, alguna rama del arte o cualquier otra paparruchada en la que no tengan que demostrar que son Einstein.
Se creen similares a los chicos del Nacional Buenos Aires, pero con la diferencia de que tan clásico colegio formó a varias generaciones de dirigentes y escritores como Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Miguel Cané, Marco Denevi, Alberto Manguel, Carlos Mugica, Fernando Abal Medina, Bernardo Houssay, Carlos Pellegrini, Roque Saénz Peña, entre otros. Entre tanto, nuestros famosos del colegio universitario son Pepo San Martín (cantante de Los científicos del palo), Romina Zariello (modelo), Pablo Obeid (político, segunda o tercer línea K)… y no encontramos a nadie más.
Igualmente, debemos admitir que existe algo peor que un egresado del Illia contándonos su experiencia escolar: es el que te narra cómo intentó entrar y ni siquiera lo logró. Increíblemente, pese a haber fracasado a tan corta edad (nos referimos a los chicos, claro, no a los padres, que sufren mucho más este golpe a su ego y se muestran tan competitivos y poco limpios como Bilardo en cualquiera de sus facetas) su paso breve por las aulas del colegio les permitió desarrollar un inexplicable sentido de pertenencia que perdura pese al sabor amargo de la derrota intelectual.
Sin embargo, el objetivo de este post es hacer pública una leyenda negra que circula en los ámbitos más encumbrados de esta ciudad y que surge de un interrogante tenebroso: ¿dónde están aquellos fracasados que, después de haber ingresado, no terminaron la secundaria ahí? Se sabe que en el colegio no se podía repetir y, paralelamente, que era muy exigente. Ergo: ¿dónde fue a parar la legión de los expulsados? El mito urbano apunta hacia el interior de la propia institución. Un chico Illia fracasando y terminando en un colegio para repitentes como el Minerva era tan inaceptable que preferían matarlos y enterrarlos en el jardín junto a los chicos sin onda porque un Illia boy que se preciara, ya fuera en su versión hippie, intelectual, grounge, rocker o deportista, tenía que ser cool de alguna forma o perecer…
domingo, 12 de septiembre de 2010
Matemos a los médicos rock stars
Estar enfermo es una cagada no tanto por los dolores, padecimientos y precios de los medicamentos sino porque, lamentablemente, en algún momento de la convalecencia (y después de haberte automedicado con todas las sugerencias de tus allegados, más la intervención más que dudosa de uno de los tantos farmacéuticos irresponsables de turno), uno tiene que recurrir a la maligna secta médica. Si no querés arriesgar tu vida en las manos de algún médico de guardia postadolescente que te receta lo mismo siempre, no importa la dolencia que tengas, deberás caer en las garras de un “especialista”, y seguramente no podrás evitar que sea uno de los famosos médicos rock star. Con él te verás sometido a una nueva clase de tormentos, pero más sofisticados y onerosos. ¿Cómo sé que voy a atenderme con un médico rock star? Aquí, amigos, les damos algunos tips (nos encanta ser contradictorios, así que usamos una palabra que denostamos hace algunos post, ¿y qué? ¡Háganse un blog propio, arponeros fundamentalistas de la coherencia y el falso coraje anti anonimato!)
1- Un médico rock star que se precie de tal porta apellido: cuando decís que debés visitar a un especialista y lo mencionás, si es un rock star los ojos de tu oyente se desorbitan. Un médico rock star es un mito: te hablarán de él, te contarán alguna anécdota o simplemente te dirán que su apellido les “suena”. Hay toda una mística en torno al médico rock star que funcionará como excusa para que sus bolsillos se llenen de dinero. Pero hay otro dato importante: siempre que decís su apellido, aparece la pregunta diabólica: “¿padre o hijo?”. Porque el padre del médico rock star fue o sigue siendo un reconocido profesional y, si es posible, en la misma especialidad. Esto no suele ser un fantasma sino todo lo contrario: se menciona con orgullo, como razón de satisfacción personal “ser el hijo de”, en lugar de ver como un hecho poco heroico, el heredar la fama y los pacientes de papá. Lo peor es si el especialista en cuestión no ha sido una eminencia, sino un porteño que prolongó mucho sus vacaciones y decidió quedarse cuando se dio cuenta de que en la ciudad no había competencia y podía hacer una buena carrera si atendía a las viejas adecuadas, aunque no se perfeccionara ni leyera nunca más en su vida. Sépanlo, amigos: familia de médicos no es, necesariamente, garantía de calidad y servicio.
2-Estos famosos médicos no superan los 50 años pero ya juegan al golf (en Acantilados, obvio), van de vacaciones a lugares exóticos, viajan a congresos a “especializarse” y a enfiestarse, y no pueden disimular que han estudiado tantos años sólo con el propósito de recibir regalos de todo tipo que después le encajan a sus familiares para navidad. El juramento hipocrático fue, ahora que son ricos y famosos, un mal chiste que les contaron hace mucho durante alguna fiesta platense. Se hacen los melómanos y los cultos, pero la famosa “letra de médico” no hace más que afirmar que no saben leer ni escribir. Y, obviamente, pese al escalafón que los distingue de otros médicos, y a que su mujer esté operada y divina, caen en la volteada, es decir, se voltean a todas las pacientes, enfermeras, secretarias y residentes, como cualquier medicucho.
3-Conseguir que te atiendan telefónicamente en el consultorio de un médico rock star es más difícil que lograr ganar un plasma en algún sorteo televisivo. Deberemos instalarnos cómodamente en el sillón dispuestos a marcar “rellamar” unas cincuenta veces. Nos darán un turno para el 8 de diciembre, y cuando creamos que la secretaria está fumada y que debe referirse al 8 de septiembre seremos cruelmente desengañados. Efectivamente, y como todos habrán podido comprobar, el médico rock star te da turno de acá a tres meses, y eso si tenés suerte. Existen numerosas razones que explican la forma en que estos sujetos manejan tu tiempo como Nolan en alguna de sus películas “conceptuales”, pero la más relevante es que cuanto más reconocido es un médico rock star, menos días atiende (y más viaja, pero esto va más adelante); sus horarios son tan restringidos como la cantidad de entrevistas que los Kirchner les dan los medios.
4- Resignados, agendaremos el turno agradeciendo que sea en el corriente año (si no, deberemos, incluso, salir a comprar agendas del 2011) y esperando no morir antes. Esto, sin embargo, no sería tan problemático si llegado el día fuéramos atendidos puntualmente. Pero un médico rock star que se precie de tal, debe tener a sus pacientes, que son muy pacientes, esperando por encima de las dos horas. Y esto no es porque le dedique mucho tiempo a cada uno sino porque siempre llegan tarde (“estaba operando”, “tuvo una urgencia”, “fue a visitar a un paciente terminal”… todo menos la verdad: se comió un asado acompañado de un vino tinto que, obviamente, le regaló una víctima y le inspiró un siestón; se curtió a una enfermera nueva en la clínica o viene de jugar al tenis) y desfasan todos los putos turnos que, encima, se verán amenazados por culpa de una nueva mafia, más temible que la estrategias de Moreno: los sobreturnos…
5- Un médico rock star atiende cada vez menos en un hospital o una clínica de aspecto Chascomús años 50. Estos doctores luchan a delantal y escalpelo por conseguir su propio consultorio. Esto, claramente, es una señal de status, especialmente si éste se ubica en alguna casa de estilo refaccionada en la zona sur de la ciudad, o en algún edificio de puta madre con luces dicroicas. Quedan excluidos de estos coquetos consultorios todos los trabajadores de sindicato, ancianitos del PAMI y demás perdedores del sistema. Aquí sólo se aceptan credenciales plateaditas, que se obtienen pagando más $200 para que te cuide la salud una empresita privada.
La sala de espera de estos lugares no escapa, sin embargo, de las revistas recontra pedorras que te ponen en una mesita, los cuadros de terror de alguna paciente resucitada o, peor, de la mujer de algún colega, la música melosa de efecto narcotizante, los carteles impresos en computadora semi pegados en paredes o vidrios informando horarios y días de atención (siempre desactualizados) y mensajes mandones diciéndote cuándo y cómo deberás solicitar recetas, turnos, formularios, etc. Igualmente, los muebles serán muy cómodos (de Sector Privado o alguna casa fashion), siempre y cuando, el estilo minimalista con que decoran todo permita que te sientes en algún lugar.
6- Y llegó el día, y la hora que a ellos se les cantó y, por fin, te encontraste con tu médico rock star. Estabas tan emocionado que, con lágrimas en los ojos, te tiraste a sus pies y tartamudeando… ¡le pediste un autógrafo! El médico rock star, con bronceado caribeño, vestido cancherito debajo de su guardapolvo (Bowen o Lacoste, depende el estilo o… el regalo), te mirará con altivez y condescendencia y te ayudará a levantarte del piso. Sus hijos rubios (el de la derecha será el médico de tus hijos) te sonreirán desde los portarretratos en el enorme escritorio (“Otro gil que contribuirá a que papá nos compre la Wii” parecen sugerir sus rostros bellos y diabólicos.) y numerosos certificados de congresos en los que la pasó bomba decorarán las paredes.
El médico rock star te despachará en tres minutos, pero aunque parezca que no ha sido capaz de ver nada te recetará cinco medicamentos (casualmente todos del mismo laboratorio, el mismo que le pagó el viaje a Europa el año pasado) y te indicará múltiples estudios para confirmar si deberá o no realizar una operación quirúrgica que suena compleja y riesgosa, y a la que no sabrás por qué tendrías que someterte. Pero estás tan contento de haberlo conocido personalmente por fin que nada te angustia, sólo querrás ver su sonrisa inmaculada y apretarle la mano otra vez, en la siguiente consulta, cinco meses y tres horas (en la sala de espera) después.
Amigos arponeros, sépanlo: no importa si es proctólogo o no, un médico rock star siempre te mete el dedo en el culo.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Matemos a la noche marplatense (esa eterna promesa incumplida)
A veces nos preguntamos por qué duran un lustro los noviazgos entre gente que se lleva como el culo o las relaciones de amantes donde la mina se cansa de pretender otro status que, sabe, no va a tener. También puede causarnos curiosidad por qué un matrimonio vuelve al ruedo después de una separación que, creíamos, era lo más saludable. Sin embargo, las cosas son más fáciles de lo que uno piensa y existe una respuesta que nos sacará de la ignorancia en la que nos encontramos: lanzados al mercado sexual, después de ensartarnos con Facebook y agotar la veta del lugar de trabajo o donde estudiamos, caemos nuevamente en la monotonía del bar y el boliche “marpla”; y ahí es seguro que corrés a lo malo conocido y a la triste escena de la decadencia: película yanki en DVD (preferentemente una de Woody Allen que no sólo te hace pasar por snob sino que te convence de que la familia perfecta existe: es aquella en donde conviven los maridos, los ex, las amantes y los hijos de todas las uniones, en perfecta armonía), algo de alcohol y un pedazo de chocolate para calmar la angustia, junto a tu compañera, en la cama.
Pero queridos, participativos y resentidos lectores, estamos aquí para explicarles el proceso de la devastadora e irreversible realidad que nos toca en esta ciudad, a ver si con esto podemos hacer que las parejas asuman lo que les toca, aunque lo que espere afuera aceche con el panorama más desalentador que hayamos conocido. Veamos.
Otra vez es viernes a la noche y estamos tomando cerveza en el departamento de nuestro común amigo J. El alcohol se acaba y no tenés ganas de engrosar las arcas del delincuente de Corrientes y Roca, de manera que hacés callar a tu amigo bolche, que proclama una revolución inminente, le quitás la guitarra al trovador del grupo (podría aprenderse enteras las canciones de Silvio, el hijo de mil puta, y no someterte a su eterno ensayo) y te disponés a salir a la aciaga noche marplatense.
Mientras te ponés la campera fingís optimismo, pero vas mandando mensajito a la chica no muy agraciada pero gauchita, que como buena Magdalena, llegado el momento, lamerá las heridas de los patovicas y limpiará los restos de tragos espantosos que te habrán vomitado en el pantalón.
A poco de salir comienzan las discrepancias en la hueste sobre si es mejor dirigirse a Alem, Yrigoyen, Constitución o probar con algún lugar alternativo. Sopesamos desventajas y… desventajas.
En Yrigoyen no hay muchas opciones. Podés caer en Mestizo, el típico bar de cerveza mala en vaso de plástico. Emborracharse resulta barato pero la oferta sexual está en consonancia. Adolescentes con los pantalones bien metidos en el orto, pero con unas caras y gestos que sería más apropiado ver a través de la pantalla en un documental sobre el rito de alguna tribu perdida en la selva que invoca la lluvia gritando: “Menea, menea, menea”. También existe la posibilidad de dirigirse a Hipólito y vegetar en una mesa bebiendo. Lo bueno es que con el calor que hace uno transpira prácticamente todo lo que toma generando un efecto químico extraño que hace que se pueda ingerir alcohol hasta el coma. Otra opción es ir a Scotia, que estará hasta la pija, y donde podrá ningunearte a mansalva un patovica pelotudo cuyos criterios de discriminación son oscuros y azarosos (puede ser que no te deje entrar por pobre o feo, y en tal caso acertar, o porque no le gusta tu gorro que le suena hippie, tu bufanda que le parece de puto, o que interprete tu olvidarte de comprar crema enjuague como un ensayo de grelos). También está Chiquilín, donde no se puede bailar (o fingir hacerlo para chamuyar a una mina) y es caro y aburrido… pero donde están las camareras más perras de la galaxia que te prometen mucho escote, tetas (sobre si las tiene hechas o no habrá en la mesa un debate de treinta minutos), culo y no darte jamás el teléfono (¿en serio pensás que saldría con vos habiendo tanto viejo en auto importado disponible?). Última opción: ir a Wallace, lugar en el que uno podrá fingir que retrocedió una década y experimentar algo así como un pequeño baile, hablar con una chica que no sea espantosa y beber algún trago haciéndose el banana en la barra. Claro que todo esto podrá ocurrir hasta las tres de la mañana, después estaremos todos tan hacinados como sardinas que la única manera de que se haga lugar es a medida que vayan sacando a los desmayados. Y encima, si vas temprano antes del malón te tenés que fumar la eterna banda cover: Sushi, Yacuzzi, Kimono… todas tan igualmente histriónicas y monótonas (con cantantes que se la pasan ensayando frente al espejo los tips rockers) que te dan ganas de hacerte el harakiri.
En Alem la onda es otra. Las chicas más lindas y producidas, aunque con unas dosis de histeria que alarmarían al propio Freud. Siempre podés apostarte en la puerta de Samsara y lograr entrar sin hacer cola porque convencés a uno de los dueños de que vos sos propietario de una veinteava parte que te vendió el primo de un petiso con nombre francés; total, esa gente tiene tantas partes de boliches que con un par de tragos encima podés entusiasmarlo con el más inverosímil de los negocios, por ejemplo, que vas a lograr una toma eterna en la facultad y darle a él un par de barras y la exclusividad en la venta de forros.
También podés hacerte unos mangos pasando por Pehuén, donde si sos tan precavido como para irte con cámara de fotos, podés extorsionar a todos los casados de trampa con mostrarle a la esposa la foto donde su marido, con la peor cara de imbécil y en zapatillas (¿hay una edad límite para zapatillas?), le toca el culo a una chica. También se puede ir a Tressor y fingir que te gusta la música electrónica durante quince minutos para evadirte del reaggeton que fundamenta nuestra certidumbre de que el mundo es un lugar horroroso. Si vas a Barnon, Mr. Jones o Gásparo, decís: “ahora sí estoy mamado”, porque entrás y salís de esos lugares, pero parece que estás en el mismo eterno bar con grupos de chicas y chicos sacándose fotos con el celular y donde nunca podés distinguir bien los vínculos, por lo que siempre corrés el riesgo de ir a hablarle a una mina muy maquillada mascando chicle que te mira insistente como diciendo “¿qué esperás para encararme gil?”, y el enano granujiento a su lado vestido como jugador de béisbol quiera cagarte a piñas porque le querés birlar la minita.
Si lo que buscás son gatos debés dirigirte ligerísimo a Domo, donde se concentra el felinaje añoso, además de toda la gente divorciada de la ciudad. Aquí podríamos hacer una lista de bares gatunos, pero se los dejamos a ustedes, hábiles arponeros de los comentarios.
La otra opción es hacerse el alternativo y caerte en alguna fiesta de una facultad, o en el América Libre o un sitio roñoso por el estilo. Las opciones de hoy son una fiesta en el Club Español de la gente de Ciencias de
Y si, finalmente, te hartaste de entrar y salir de bares te queda la opción de beber lo suficiente como para animarte a los boliches. Podés ir a Pin Up y perderte en el mundo de la sexualidad diferente donde te va a encarar una mina que está buenísima y vos vas a dudarla pensando si será tranformista, transexual, lesbiana en crisis o te va a cobrar… Y para cuando reaccionás y te dás cuenta de que simplemente es tu día de suerte y es una psicótica a la que le gustan los estudiantes pobres y feos… ya se encontró a otro estudiante pobre y feo. Igual, compadecemos a la gente con sexualidad diferente que ve su lugar copado por todo el caretaje de Alem que va a allí con ánimo antropológico, o simplemente porque cerró su bar preferido a las cinco de la mañana.
También podés gastar un dineral en taxi e ir a Esperanto, sólo para darte cuenta de que no querés acostarte con una chica que trabaja de sol a sol en una panadería y que se produce un sábado a la noche para ir a bailar buscando un príncipe azul que la rescate trabajando de sol a sol en una panadería. O gastar aún más en taxi y entrada para llegar a Sobremonte, la joda en el fin del mundo, y convencerte de que no sos lo suficientemente fachero, canchero, pudiente, reventado o drogadicto como para tal lugar.
Amanece. No te ha quedado ni un centavo. En tu cerebro lleno de lúpulo resuenan las melodías pedorras que escuchaste toda la noche, así como espantosas imágenes de contoneos de caderas, gente transpirada, patovicas descerebrados con fotos de su amor imposible Ricardo Fort en la billetera y borrachos molestos que en un acceso de lucidez piden a los gritos estar en su cama.
Volvés caminando derrotado a la casita de tu amante, preguntándote por qué persistís en este ridículo salir y tomar. Serás reflexivo hasta el viernes a la tarde cuando recibirás un mensajito de J. invitándote a la previa de cerveza en su departamento junto al bolche y al trovador. Y allí estarás. Uno puede volverse adicto a cualquier cosa.
Nota: la noche marplatense es igual de deprimente para las chichis...
