martes, 6 de marzo de 2012

Matemos a los compañeros de oficina


De umbríos bosques donde cazaba y recolectaba, a verdes prados donde sembraba y cosechaba; de ruidosos talleres donde soldaba y ensamblaba, a oficinas mal ventiladas donde languidece hablando de Santiago Bal o Funes Mori: no cabe duda de que la historia de la especie humana es la historia de una decadencia, y sólo resta esperar su merecida extinción en no más de dos generaciones. Antes de ese final, y con la arrebatada valentía que da el anonimato, este blog decide hoy reparar una insólita omisión en su derrotero de justicia y denunciar ante los inexistentes dioses a uno de los mayores flagelos del mundo moderno: los compañeros de oficina.
A tal efecto, y mediante métodos que Facundo Pastor ni siquiera sospecha, este blog ha compilado el siguiente bestiario, ideal para el celular del caballero y la netbook de la dama. Quizá (¡quién sabe!) alguno de los lectores de este blog sea algún día un nuevo Pol Pot y pueda hacer justicia con toda esta gente, cuya solitaria habilidad parece ser arruinarle la vida a sus semejantes.
* El jefe que es incapaz de hacer trabajar a los empleados vagos o inútiles, y entonces sobrecarga de tareas a los empleados capaces.
* El jefe que no tiene vida fuera de su trabajo, y organiza insólitas e inservibles reuniones de capacitación o “integración” (!) en medio de un cierre de balance contrarreloj, o en horarios propios de serenos y personal de limpieza.
* El hijo del dueño, por lo general una extraordinaria cruza de vago con incapaz, alcahuete y acosador.
* El coleccionista de títulos de grado y posgrado que siempre termina pidiéndole una mano salvadora a un bachiller que cobra la mitad que él.
* El que siempre encuentra la manera de hacer mal algo, por más exótica que sea: la verdadera hipóstasis del Error.
* El que se cree que su trabajo es como Wikipedia y espera que se lo hagan entre todos.
* El que sabe que el jefe le asigna nuevas tareas al que tiene su escritorio limpio, y entonces se atrinchera detrás de una Línea Maginot de estudiado desorden a espiar el Facebook de la recepcionista… o leer este blog.
* El que se aviva de que si termina una tarea enseguida se la van a volver a asignar en el futuro, y entonces demora el triple de lo necesario.
* El que tiene por tarea iniciar los expedientes y trabaja a ritmo de carreta, total los que se tienen que apurar para cumplir con los plazos son los que trabajan dando la cara al público.
* El que remplaza a un compañero que está de vacaciones, y como sabe que si hace el trabajo mejor que el remplazado se lo van a asignar en forma permanente, lo hace lo peor que puede.
* El que obliga al resto a tolerar esos programas de radio malcogidos de la primera mañana que sólo hablan de accidentes de tránsito, casos policiales truculentos y catástrofes económicas inminentes, onda el “Hasta Cuándo” de Capusotto.
* El grabador de carne y hueso, cuyo concepto de expresar una opinión consiste en la repetición textual de opiniones ajenas, casi siempre extraídas de la TV o la radio.
* El chismoso que encima cuenta mal los chismes, y te hace alegrar porque te dice que se separó la rubia de tesorería, cuando en realidad el que se separó es el santiagueño de vigilancia.
* El que es amable sólo porque es débil, y cuando cuenta con un poco de poder, se vuelve feroz.
* El lacayo de los jefes al que los jefes relegan cada vez que hay que pensar en un ascenso o aumento. ¡Encima de alcahuete, boludo!
* El que opina que “el problema de este país es que los negros no quieren laburar”. No es extraño que sea morocho a la Evo Morales o morocha a la Mercedes Sosa.
* Los que toman de punto al más débil del grupo como válvula de escape del fastidio que sienten con los patrones. La historia de Alemania entre 1933 y 1945 hubiera sido muy diferente sin gente así.
* El que cree que el break para tomar café o mate es sinónimo de HappyHour de Pelotudeces, y encima parece ganar todas las discusiones en razón de ese peculiar sesgo cognitivo que es el Efecto_Dunning-Kruger: el que ignora con plenitud una cierta materia suele expresarse con mucha mayor seguridad que el que tiene al menos un conocimiento básico de la misma.
* El que vive en estado de guerra no declarada con la higiene y, para peor, se sienta en el escritorio de al lado.
* El patrón que exige traje y corbata y es incapaz de gastar la recaudación de una sola mañana en un aparato de aire acondicionado.
* El que organiza “el amigo invisible”. Vos quisieras masacrarlos a todos ¡y este boludo te viene a pedir que gastes 50 mangos en un regalo al forro de Sistemas! ¡En qué mundo vivimos, por favor!
En el final, una invitación y un recuerdo. La invitación: a los lectores, para sugerir aquellos tipos que se hayan escapado de este bestiario. El recuerdo: la frase “el trabajo libera” estaba en el cartel de entrada… a Auschwitz.

Matemos a Mardel Directo



A pedido del público, este post iba a ser un arponazo a todos los nuevos programas locales que surgieron gracias a la obligación de la ley de medios de incluir contenido local, pero como sólo tenemos una vida, por ahora nos centraremos en uno: Mardel Directo, que sale todas las mañanas de lunes a viernes por canal 8 de Mar del Plata (Telefé). 
Con una iluminación impecable, capaz de engañarnos y hacernos creer que estamos ante una producción respetable de TV abierta, ni bien escuchamos a la conductora se nos borran todas las ilusiones. Se trata de Belén Ludueña, quien se jacta de haber sido reina del mar y, además,  abogada -es decir, cualquier cosa menos periodista. El problema de esta Coty Nosiglia no es que tenga pocas luces -algo bastante habitual en la TV- sino que por algún motivo que desconocemos, la producción le permite autopromocionarse en las más bochornosas situaciones junto al otro mogólico estrella: el encargado de la sección deportiva, Braulio García Camarena. Aquí, el especial de San Valentín donde queda en evidencia todo su talento.
¿Ya vomitaron los ravioles del domingo? Sigamos entonces. Este personaje impresentable se muestra todo el tiempo desesperado por robar minutos de cámara en algo que pretende ser "fresco" y "distendido" pero que, sobre todas las cosas, es patético. Baila cuarteto, habla con la conductora de lo que hicieron el fin de semana y de otras  cuestiones personales que sólo ellos entienden;  luego se ríen juntos con la boca abierta como sapos, mostrando hasta las amígdalas y luciendo tan desagradables como una sátira mal hecha de un programa de cable que jamás debió haber salido al aire. Mostrarse eufóricamente felices no es contagioso, sépanlo.
Pero dicen que la culpa no es del chancho sino de quien le da de comer, y entonces mientras vemos el programa espantados nos preguntamos: ¿quién es el productor? ¿estará cachondo con ella? ¿estará cachondo con él? ¿cómo es que permite semejante papelón? 
El otro conductor del programa, Carlos Borrego, que parece avergonzado por estos dos compañeros que le han tocado en suerte, de vez en cuando se sale de las casillas y bardea a la conductora con alguna ironía, pero ésta ni se entera;  la producción, claro, tampoco, así que sigue enviando cámaras a exteriores para filmar durante horas a la pareja jugando al tenis, corriendo maratones y haciendo cualquier otra actividad que no interesa en absoluto al espectador y que luego se convierte en el leitmotiv de la semana. A esto sólo le hace sombra el otro bastón del programa: lo que le escriben a Belén en el Facebook, o los sorteos de camisetas, canastas o lo que venga. 
Un capítulo aparte merecen los chivos, que ocupan un lugar privilegiado en el programa (bueno, en todos los programas locales): arrancan tomando mate y haciendo de eso todo un tema de conversación. Luego vienen las alusiones a personajes que pagan para vender su producto -ya se trate de medicina prepaga, seguridad social, cursos de chino o surf para la tercera edad-, y por último el chivo de Toledo. Nosotros nos definimos como seres carnívoros, pero después de ver los pollitos que muestran viviendo en cajoneras minúsculas y a los cerdos comiendo algo desagradable que sale de una manguera, estamos a punto de apoyar la causa vegana. 
Como si con esto tuviéramos poco, en el móvil de exteriores tenemos a otra ex-reina del mar: Belén Lopez Osornio, a los gritos pelados con un agudito sólo comparable al Topo Gigio y candidata al récord Guinness por la cantidad de furcios por minuto. 
Por último, completan el cuadro un economista que cada día nos explica cuánto valen los tomates o la canasta escolar (¡como si no lo supiéramos!), uno que habla de tecnología para los cuatro que le entienden sobre temas que sólo vemos en películas de ciencia ficción o veremos dentro de 50 años -si es que todavía seguimos vivos-, un totémico Marcelo Gobello intentando hablar de espectáculos en menos de un minuto -antes de que lo corten para poner una vez más a la pareja estrella haciendo papelones- y el Cholo Cianotratando de trabajar para demostrar que no es como su hijo. 
Pero no queremos irnos sin homenajear a la inteligentísima y fantasmagórica producción de este programa, que siempre nos sabe sorprender con notas tan interesantes como ésta

¡Sigan así, muchachos, así tendremos sobre qué escribir!

domingo, 15 de enero de 2012

Matemos a los comentaristas de blogs y otros sitios de Internet



Ahora que eso de los blogs parece haber empezado a declinar, prueba de lo cual es Matemos a las Ballenas, creo que es momento de darle su merecido a ese verdadero daño colateral de la existencia de la web que son los comentaristas de blogs y otros sitios de Internet. Dicho verdadero flagelo de la era digital es considerado por las Naciones Unidas, según lo revelan los datos del Censo 2010, el cuarto Jinete del Apocalipsis, junto con el Hambre, las Ganas de Comer y el otro.
Es por eso que el Departamento de Pentapodología Felina de este blog ha compilado, a los efectos de educar al soberano, la siguiente tipología de comentaristas. (Nota: si no entendiste el chiste ése de la “pentapodología felina” – que tampoco es gran cosa, por cierto – mandá “lo qué” al 2020).  

  • Matemos al comentarista que domina un solo tema y trata de llevar toda discusión a su zona de confort intelectual. Ya sabemos que sos el puto amo de las estadísticas futboleras, flaco, pero si el post es sobre el primer disco de Fito Páez ¡qué tiene que ver la campaña de Rosario Central en el Metropolitano de 1984, por Dios! ¡Al carajo con la Doctrina Pancho Ibáñez de que todo tiene que ver con todo!
  •  Matemos al comentarista que se quiere levantar al autor / autora del blog e interviene para apoyar hasta sus peores disparates. ¿Para qué te creés que existen los chats privados de Facebook, los DM de coger o el correo electrónico, bebé?
  •  Matemos al comentarista que deja un comentario, nadie le responde y se enoja de que lo ignoren. ¿Qué pretendés por ese comentario de mierda, el Premio Nobel de la Paz? Bah, si se lo dieron a Barack Obama, capaz que tenés chances…  
  •  Matemos al comentarista que no tiene blog propio y aprovecha los más leídos blogs ajenos para colar sus absurdas y extensísimas teorías conspirativas, a cuento de nada. ¡A la ONG Comentaristas Sin Fronteras, ni justicia!
  •  Matemos al comentarista que entra a un blog para dejar un comentario de diez palabras, ocho de las cuales tienen que ver con la promoción de su lamentable página web. Está bueno eso de “Hágalo Usted Mismo”, pero tampoco la pavada… (Dicho sea de paso ¿”Hágalo Usted Mismo” no es un buen nombre para la revista de la Asociación Argentina de Onanismo?).
  •  Matemos al comentarista fanático y zarpado, casi siempre antiK, cristiano fundamentalista o defensor de la dictadura, si no es las tres cosas juntas. ¡Andá a poner cara de cacerolazo al foro de La Nación!
  •  Matemos al comentarista que entra al blog ver qué onda, espera que haya cuatro o cinco comentarios y entonces se suma a la mayoría. Aparte una cosa, como diría Chilavert: acordate de la Mesa de Necochea del Adolfo…  
  • Matemos al comentarista colgado que cae en un blog sin conocerlo y no capta las ironías. ¡Gil, claro que un post que elogia a Axel Lumbago, Alex Ubago o como se llame es en joda!   
  • Matemos al despechado o despechada que entra al blog de su ex amante a sangrar por la herida y ventilar intimidades. Pibe, no es que la chica del blog sea flor de puta: es que es sommelier de garchas.
  • Matemos al troll pago que entra a bardear los blogs en época de elecciones. Ya sabemos que los trolls son una manga de idiotas, pero no nos dejemos engañar por eso: también son malas personas. 
  •  Matemos al comentarista que se cree transgresor por entrar a blogs populares a descalificarlos porque los lee mucha gente, o por poner consignas nazis o trotskistas en blogs de diarios y salir corriendo. Loco, rescatate, en el tiempo que vos gastás en hacer esa gilada, Maru Botana te tiene no menos de tres hijos… 
  • Matemos al comentarista que se quiere hacer el piola descalificando al autor del post como “ignorante” y escribe con faltas de ortografía. Más aún si quiere correr a un blogger que es economista profesional con apuntes afanados a Rincón del Vago. Pasate barniz que sos de madera, nene… 
  • Matemos al comentarista que es supuesto fan del blog de la primera hora y que afirma que el blog era mucho mejor antes, cuando comentaban él y cuatro gatos locos más. Diga la verdad, señora, señor ¿usted dejaría que su hija se casara con alguien así?
  • Matemos al comentarista que pide peras al olmo, ya sea repudio al kirchnerismo en un blog kirchnerista, rigor periodístico en Perfil.com o corrección política en un blog llamado Matemos a las Ballenas. ¡Para ellos, qué menos que el rifle sanitario!

martes, 20 de diciembre de 2011

Matemos a los que se ríen de sí mismos


Cansaron. Impusieron la moda, se instaló, se plagió, se propagó y ya nos tiene las bolas por el piso.
Crearon una mística de la fantochada que, a esta altura, se vuelve puro conformismo. Y sí, reírse de sí mismo lleva, indefectiblemente, a resguardarse en eso que hacemos mal o no sabemos hacer; a adjudicarse alguna característica chota o algún defecto físico evidente sin vergüenza, a asumir impunemente inoperancias de cualquier tipo; en fin, a jactarse de la propia mediocridad legitimándola con un “me hago cargo” y el humor como salida airosa.
Ya basta, muchachos. Reírse de sí mismo es la mayor impostura: es una especie de soy así, lo asumo y no sólo no voy a hacer nada sino que te lo vas a fumar bajo la forma de un chiste digno de Beto César.

Muerte súbita para:

  • Los padres que se jactan de ser malísimos para ponerles límites a sus hijos (mientras éstos cagan a pelotazos a una persona de la tercera edad).
  • Los profesores de Educación Física que se justifican para evitar cualquier tarea, bajo el pretexto de que son… profesores de Educación Física.
  • Los que ironizan sobre su incapacidad para socializar porque son “producto de la época” o tienen intolerancia social por consumo medicamentoso.
  • Los gordos desinhibidos a los que no les importa una mierda pasear sus panzas peludas (existe el XXL, hijo de puta).
  • Los gestores culturales que se ríen de algunas de las actividades que organizan pero, al menos, “difunden cultura”.
  • Los que se asumen incapaces de cocinar y en realidad ocultan su vagancia profunda, su disposición a ser perpetuos comensales o, simplemente, su machismo no declarado.
  • Las minas/tipitos: se enorgullecen de vestirse así nomás, no usar tacos ni maquillaje, andar despeindadas y bardean la revista Cosmoplitan (pero en su fuero íntimo querrían tener gomas, ponerse electrodos para levantarse el culo y hacerse depilación definitiva).
  • Los dibujantes pedorros que asumen que roban con sus pésimas caricaturas pero no importa porque hacen humor político.
  • Los médicos que no mejoran un choto esa letra de mierda, porque están ocupados en “salvar vidas”.
  • Los cínicos que no te dejan pasar una porque, en realidad, no pueden evitar su propia incapacidad afectiva.
  • Las minas que te avisan que son insoportables en “esos días” cuando en realidad son inaguantables todos los días del mes.
  • Los flacos que se reconocen inútiles para usar un taladro bajo el pretexto de que Menem eliminó las escuelas técnicas.
  • Los que se caracterizan como antideportivos para ni siquiera esforzarse en dar una vuelta a la manzana.
  • Las madres desfachatadas que usan un hilo dental como malla o exhiben una cicatriz peor que la de Nelson Castro, pero se cagan en todo porque tuvieron tres hijos y todos por cesárea.
  • Los profesores de colegio secundario que, después de hacer chistes sobre la ignorancia de sus alumnos, no pueden responderte una puta pregunta de su disciplina en una cena esgrimiendo que estudiaron hace mucho y ahora se trabaja con un libro, al que por supuesto odian.
  • Los periodistas que después de hablar o escribir sobre algún “problemita” en algún país de la loma del culo, reconocen que no saben ni dónde está ni cuántos continentes tiene el mundo.
  • Los que se vanaglorian de tener poca memoria o la atención dispersa pero te lo avisan una vez que les explicaste cómo llegar a Villa Pehuenia o el modelo agroexportador.
  • Los guardavidas que están para atrás (excedidos de peso y con las rodillas jodidas) pero aducen años de trayectoria mientras morfan churros y se ríen desde lejos del pelotudo que ya empezó a dar manotazos en el agua.
  • Los “aves”: los avaros hijos de puta que siempre te cagan, se morfan todas las empanadas de carne, llevan una Goliat pero se toman todo el tinto que garpaste vos y cuando hay que pagar, o no tiene cambio o te hacen un chiste sobre su conocida mezquindad mientras te palmean la espalda.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Matemos a los precoces



El otro día, mientras esquivábamos las hordas de zombies que copaban, desorientados y famélicos de cultura, las calles marplatenses cercanas a la Feria del Libro y al Festival de Cine, tuvimos, aunque no lo crean, un pensamiento profundo, breve, pero profundo.
Lo que hoy nos convoca, queridos lectores, son los precoces, gente maligna que ha llegado antes que los demás a hacer cualquier cosa. Y se jactan de ello como si la precocidad tuviera algún mérito en sí misma. Que quede claro: hacer las cosas primero no garantiza inteligencia, ingenio ni calidad. Es más, tan sobrevalorada está la precocidad que muchos se esfuerzan por lograrla para ver si disimulan todas las carencias que tienen.
El peor caso de esta especie es el niño precoz, una criatura pedante que, a instancias de sus padres, ya prueba las mieles (venimos inspirados en la tercera edad) de algún éxito. ¿Quién no quiso quebrarle las piernas a un compañerito de colegio? ¿Quién no quiere hoy pasar por las armas a cualquier niñito sabelotodo de aspecto mormón?
Lo más triste de los precoces es que, indefectiblemente, se duermen en los laureles: nunca encontraremos, de su parte, alguna nueva muestra de excelencia. Si ven fracasados caminado por la calle, especialmente si están cerca de algún centro cultural, seguramente fueron precoces hace años y ya nadie los recuerda.

Matemos a los precoces que:

  • leyeron lo que sea antes de que se edite en español
  • entendieron a algún intelectual centroeuropeo antes de que un académico argentino nos lo explicara
  • ganaron premios literarios a los 17
  • tuvieron  su “primera vez” a los 12
  • juegan en primera desde los 15 (o antes)
  • tienen color caribeño en junio
  • pagan carpa en balneario, en septiembre
  • terminan una carrera universitaria a los 21
  • ya vieron la película que recién se estrena en el cine la semana que viene
  • probaron el Häagen-Dazs antes de los 90
  • publicaron un libro entre los 20 y los 30
  • interpretaron Chopin  a los 10
  • compraron dólares o los sacaron del banco antes de algún quilombo
  • fueron a algún centro turístico antes de que fuera un centro turístico
  • tuvieron un blog cuando era flashero tener un blog
  • fueron los primeros en tener una máquina de café expreso en su casa
  • descubrieron a Lars Von Trier antes de “Viento y marea”
  • tuvieron que explicar qué era un outlet y, ahora, un hipster
  • conocen una banda antes de que se elija el corte de difusión en las radios
  • acaban primero y  dejan al otro con las ganas (cosa que, por supuesto, nunca nos pasó)

Muerte a los precoces que se jactan de serlo (excluido Matemos a las ballenas, que fue el primero en darse cuenta de esto)

lunes, 28 de noviembre de 2011

Matemos a las radios FM


- Hola sí, me comunico con alguna radio fm de mar del plata?
- Sí, en que te puedo ayudar?
- Mirá, los llamo porque tengo un problema, resulta que antes me gustaba mucho Madonna, y ahora ya no.
- Ahám…
- Y, eso, me pueden ayudar?
- Qué querés que hagamos nosotros?
- Pasa que uds pasan mucha música de los 80, está bien? 
- Sí…
- Bueno pero pasan mucha música de los 80, y medio que me hincharon las pelotas.
- Perdón que dijiste?
- Mirá, ayer agarré 4 estaciones de radio seguidas, una con Phill Collins, otra con Annie Lennox, otra con Debbie Gibson, otra con Virus. Ojo, está todo bien con los 80, pero me parece que el ratio “Música de los 80 vs. El resto de la historia del universo” está un poco disparejo, el abuso de flangers y otros efectos igual de galáctico-cocainómanos, de sintetizadores, calzas fosforescentes propias del hair-metal, y de drogas de diseño no son como para ser recordados con tanta frecuencia. Y las radios de esta ciudad deberían considerarlo.
- Pero, pero, y quién sos vos para llamar y sugerir?
- Y, mirá, todos los años le mando mi currículum a todas las radios, podría venir y dar una mano, darles un playlist en dvd, traer bandas… no sé, esa onda.
- No mirá nene no funciona así, voy a cortar así no me rompés más las pelotas.
- Bueno eso es porque trlmnmnmshhhstp pp p.
- Qué? eso es por qué?
- Que los 80 son una mierda, me escuchás? Suerte que John Bonham se murió justo antes, sino a Zeppelin le hubiera pasado lo mismo que a Mick Jagger, Robert Plant y Rod Stewart. Además, si no pasan 80’s ponen a la argolluda de Rihanna o Kate Perry o a Enrique Iglesias y yo no sé qué mierda les pasa a ustedes, pero a mí me parece bastante deprimente tener que soportar tanta música chota porque ustedes son unos forros y porque ni al gobierno ni a las empresas les importe una verga el arte y la cultura. Por eso es que nadie escucha radio, porque no tiene nada que valga la pena, es sólo otro medio infestado de publicidad y programas frívolos e inútiles y cualquiera con un poco de cerebro prefiere ver youtube o leer un libro antes que perder el tiempo con ustedes. Y un día… un día voy a entrar con un rifle y los voy a matar a todos, voy a ir a todas las radios, voy a abrir las puertas de un pijazo y les voy a obligar a cambiar lo que están pasando al aire a punta de rifle, y van a arrepentirse, y antes de morir, me van a pedir perdón, entendés? Hasta nunca. Click, tu, tu, tu. 


Pablo Di Iorio
paulhigh.blogspot.com

martes, 22 de noviembre de 2011

Matemos a las “fiestas” Psicofango


(A los que no son marplatenses conocedores, les informamos que las Psicofango son una especie de fiestas pseudo-literarias que, bajo el rótulo de “itinerantes”, se arrastran por mugrosos “espacios culturales” de la ciudad)


  Psicofango merece ser asesinado ya sólo por su nombre: autoproclamar que se está en el peor barro mental no los exime de responsabilidades (ni los hace geniales). Si quieren decirnos que la insanía mental los hace inimputables para leer cualquier cosa, que vayan pensando en devolver el dinero a los timados asistentes. Por otra parte, alguien debería avisarles que la conexión entre poesía y locura ha pasado de moda. Que ya nadie cree que se sea buen poeta por estar o fingirse desequilibrado. Que es preferible volver a los clásicos, que les pasen un par de cosas significativas en la vida (si es posible, que generen traumas) y tomar la medicación adecuada, para producir una poesía digna antes que tengamos que escucharlos con condescendencia como si fueran de La Colifata, integrantes de las tertulias de Predieri o parte del taller literario de una granja de rehabilitación.
  Otro temita importante es la cuestión de la estética en las fiestas de estos muchachos. ¿Es necesario que comamos empanadas de sabores dudosos, nos sentemos en el piso y escuchemos una banda con todas las poses rocker para acercarnos a su ARTE? (de paso: el cantante de Leaving Moscú ¿viene de Rusia o algo así? ¿O llevaron a uno que pasaba por ahí y le pusieron un micrófono?) Información relevante: el hippismo, con su idea de incomodidad y faso como fundamento de la actividad artística, terminó hace cuarenta años. Se lo advertimos porque continuando con esta estética decadentista de “hago la fiesta donde me prendan la luz”, el próximo Psicofango podría ser en algún supermercado Toledo: el orador arriba de un cajón de fruta desvencijado y los asistentes absortos y hacinados en la olorosa sección pollos.
  Además, ¿desde cuándo está bueno que todas las artes se conecten? Matemos a la interdisciplinariedad: música, literatura, pinturas, fotos, comida y, para colmo, toda la actividad fenicia típica de esta ciudad: promocionan los blogs de todos los que participan (ni hablar de la página local que manda urna para que el público vote a quién “matar”) y nos venden libritos, cd´s y, si los apuramos un poco, hasta fotos autografiadas de poetas con camisas leñadoras o camperas modernas, codiciados por las minitas que aman el arte.
  No vale la pena escribir un párrafo aparte para aclarar que todos los que asisten a esas reuniones literarias tienen en mente alcohol y garche; pero lo escribiremos igual. Está el tipo que le dice a su “jermu” que tiene que ir a una reunión “literaria” y aprovecha para intentar levantarse a la chica recién salida del colegio impresionándola con algunos versos que, indefectiblemente, contengan las palabras “pija”, “forros” o… “niebla”. También aparecerá la que, con la excusa de que leer la pone muy nerviosa, mezclará cerveza, porros y tranquilizantes para caballos. Toda la fauna local se hace presente en Psicofango: desde alternativos malharrenses, “gente de teatro”, skaters envejeciendo mal, sujetos que esperan otra “zombiewalk”, universitarios en carrera o escolares a punto de cambiar la voz, hasta profesionales hastiados de sus tareas burguesas.
  En una psicofangueada puede pasar cualquier cosa, como que aparezca un improvisado músico árabe que simula encantar con un pito, que proyecten las imágenes en twitter o cruzarte con alguna que otra chica como salida de una especie de Moulin Rouge decadente. A las tres horas de lectura, música y escabio ya nadie tiene en claro qué vendría a ser la literatura, y si se apareciera Borges, escapando de las garras de Kodama, a recitarnos un poema inédito, seguro lo ignoraríamos mientras comentamos con los amigos: ¿quién mierda invitó a este viejo pedante?
  Lo bueno es que los encuentros terminan temprano e intempestivamente; lo malo, que nos quedamos esperando la fiesta: si piensan que después se arma bailanta lisérgica y desinhibida, olvídenlo, con Boggio se nos fue la partuza for ever.

lunes, 3 de octubre de 2011

Matemos a las vocacionales


            Seamos claros: la palabra no es “vacacionales”, éste no es un artículo sobre turistas, en esta ocasión le toca a la muy abundante fauna local. Y ya sé que esto de “vocacionales” no dice mucho, pero no les encuentro otro nombre; por lo demás, alcanza con salir a dar la vuelta al perro marplatense para encontrar cientos y miles de ejemplares de este… ¿pájaro? no, pájaro no, mejor “insecto”… si, así queda implícito su  carácter de colonia, de colmena, como los borg en viaje a las estrellas.
            Hablábamos de las vocacionales. Se trata de ellas. Las chicas de marcada vocación artística, las chicas con inclinaciones estético-espirituales, amantes de la música y las artes plásticas, la literatura, la fotografía, el cine, la filosofía, o lo que sea que entiendan por todas estas cosas. La más importante característica de la especie: ninguna de ellas hace música, ni literatura, ni pinta, ni canta, ni baila; algunas sacan fotos, pobrecitas, como pueden, otras escriben poemas en los ratos de tedio vital (que son muchos), van al cine arte, a los recitales (y meta youtube cuando no hay otra cosa), al teatro, a muestras y galerías, a todo lo que vaya apareciendo para desagotar un poco esa ansiedad existencial que no alcanza a formar una idea concreta, pero que las tiene como locas, más cerca de los sopores que llegarán veinte o treinta años después, con la menopausia, que de cualquier estado lejanamente parecido a la creatividad y a la inspiración.
               Todas ellas, sin excepción, hicieron su paso con mayor o menor éxito por una o varias de siguientes instituciones marplatenses: Facultad de Humanidades (preferentemente letras, pero también historia y/o filosofía), Escuela de Artes Visuales Martín A. Malharro, Taller de Fotografía de Julián Rodríguez, Centro Cultural América Libre, Escuela de Cerámica Rogelio Iriurtia, y dos o tres más que se nos escapan.
            Estas instituciones son algo así como el medio más (¿menos?) adecuado para ciertas fermentaciones mentales que sólo se producen cuando se encuentra la materia prima más (¿menos?) apta. Sin poner en tela de juicio la honorabilidad de estas venerables casas de altos estudios, sólo interesa llamar la atención sobre la coincidencia estadística: alcanza con preguntarles a las chicas que encontremos en la playa o en la noche marplatense dónde han estudiado, para saber si se trata o no de una vocacional.
            El humilde cronista sostiene la opinión de que es el tedio, ya mencionado, el que las pone en ese estado tan característico de frenesí estético. Una imaginación sobrestimulada por los medios de comunicación e internet, una infancia consentida (o quizás problemática), una adolescencia rebelde que no encontró contra qué rebelarse, un ansia hormonal indómita pero firmemente envasada con el packaging de la vida conservadora.  
            Las vocacionales, por lo demás, son fáciles de matar: abrimos un falso curso de clown al que infaliblemente concurrirán TODAS y cada una de ellas, y entonces sólo es cuestión de combinar pólvora con imaginación.
            Y de paso nos preguntamos: ¿qué pasó con las estudiantes de derecho, de economía, de biología y –por qué no– de ingeniería? ¿dónde están las odontólogas, las diseñadoras, las arquitectas? ¿todavía quedan mujeres interesantes o es que nos tendremos que conformar con tatuajes, piercings y parietales afeitados forever?

sábado, 1 de octubre de 2011

Deposite su matemos aquí



Las urnas no mienten (tal vez  exageran un poco). Y el sábado 10 de septiembre, en algo que han dado en llamar Fiesta Psicofango (nadie sabe muy bien qué es, ¿un mito urbano, quizás?) hubo una convocatoria para que nuestros lectores, que siempre nos están puteando porque no direccionamos bien los arponazos, dejaran sus propuestas.
Los resultados arrojados por las primarias aparecen aquí abajo, pero queremos aclarar que nuestra incipiente fuerza política no nos permitió fiscalizar la mesa (cuidamos la integridad física de nuestros militantes antiecologistas). De manera que, como paranoicos  Duhaldes, desconfiamos de los candidatos y la cantidad de votos válidos emitidos. Creemos que varios entusiastas sufragiaron reiteradas veces y, además, en el marco de la elección (sexo, drogas y rock & roll... ah, parece que literatura también nos dicen por la cucaracha), estamos seguros de que no se respetó la veda. Pero lo que fundamentalmente ponemos en duda es el accionar de la Junta Electoral y el escrutinio. Esto es: no nos hacemos cargo del posible fraude y sus consecuencias. Así está el país.


Agustín Marangoni 12

Los dueños de la verdulería Juan & Pablo (x la foto de los hijos) 2

Matías Moscardi 17

Tantra 6

Dios los cría 9

Salomar 12

Jupi (es un sucio de mierda) 1

Ana Porrúa 6

José María Casas 23

Luciana Caamaño  19

Suplemento de Cultura, diario La Capital 15

Leo Ferro 14

Gabo Ferro 21

Marcelo Gobello 9

Virginia Ceratto 4

Mauricio Espil 5

Luis María Stanzione 3

miércoles, 31 de agosto de 2011

Matemos al "Cine Arte"



En el oriental idioma de los chinos, “cine arte” se escribe con el mismo ideograma con que se escribe “esnobismo”. Guárdese el lector de responder duramente a la atravesada realidad cultural del Nuevo Gran País del Norte: la sabiduría de esa curiosidad idiomática es incontestable.
Hagamos una salvedad: una persona normal sólo puede asistir a estos ciclos tras sufrir la enésima derrota de su cerebro ante su órgano sexual. Porque digamos la verdad: sin el sexo (sin la esperanza del sexo, al menos) nadie asistiría a un ciclo presentado por afiches tan pedorros como los que en general se usan. Hasta los de los troscos tienen más onda, cosa que debería bastar para la ejecución sin juicio previo de los partidarios del cine arte.
Los primeros impulsos homicidas nacen cuando uno se entera de los horarios: no son raros los ciclos programados los domingos a las 14 o 15 horas, cuando cualquier persona normal está recuperándose de la resaca del sábado, comiendo un asado o tallarines con la familia, puteando al marcador de punta de su equipo favorito o juntando fuerzas para pedirle a la patrona un pete siestero. Ni hablar de las retrospectivas de cine mudo tailandés de los años 1930 un jueves de invierno a las 23 horas. ¡Y todavía piden piedad! 
La somera contemplación del programa (cuando lo hay) debería bastar para que un hombre digno saliera corriendo sin más. Con espanto, nos enteramos de que estamos asistiendo a un ciclo del estilo de “Nexos Entre el Sarasing Cinema islandés y el Nuevo Cine Amateur de Laos”, y que la obra es la copia original (254 minutos) de no sé qué estudio de la vida campesina en la Polonia poscomunista, cuyo momento más destacado llega hacia los 230 minutos: plano fijo de una campesina pelando chauchas durante 20 minutos. Si uno fuera valiente, se pararía y gritaría a voz en cuello “pasala a nafta, reverendo hijo de mil putas, que me estoy durmiendo”, pero por algo uno escribe artículos como éste.
Para peor, la copia de una película que ya era lo-fi es una porquería, y el subtitulado (hecho con menos rigor que un artículo de Marcos Aguinis) es en inglés o francés, así que matate si no sabés idiomas. Uno llega a soñar con un comando que, al estilo del de “Bastardos sin Gloria”, prenda fuego al cine antes de seguir con esa tortura.
Terminada la experiencia, que nos ha dejado exangües, todavía nos queda el debate. Porque hay algo peor que el cine arte: el fan del cine arte. Viejas que están aburridas de tomar el té mientras juegan a la canasta y ponderan a Lilita Carrió. Matrimonios que cogieron por última vez durante la presidencia de Frondizi. Estudiantes de Humanidades que elogian bodrios ilevantables con la misma cara y la misma capacidad para el verso del sommelier que te dice “este Syrah tiene notas de poronga”. Periodistas ex hippies hypeando jopos de directores que sólo salieron de Recoleta para viajar a Europa, Estados Unidos o ¡Bolivia! (Que es mucho más cool que irse una semana a Jujuy, como todo el mundo sabe). Tipos que conocen hasta el best boy de un filme para la TV de Fassbinder pero son incapaces de establecer el menor paralelo entre una película y su contexto cultural y político: una de las más pedantes formas de ignorancia, alabada como erudición. Y después bardean a Gaddafi, a Jomeini o como se escriban...     
Borges supo citar a T. S. Eliot, diciendo sobre Finnegan’s Wake de Joyce que “un solo libro como ése era suficiente”. Nunca entendí el gran prestigio que tienen esas obras imposibles cuyo único mérito es la innovación formal: diez, veinte años después de presentada la obra a la consideración general, ese mérito es invisible. Y tampoco entendí nunca ese regodeo adolescente o juvenil con obras que exponen crudamente la mierda que es la vida: nena, nene, ya sé que nada se puede esperar de una existencia signada por la enfermedad, el envejecimiento y la muerte, por no hablar del desencuentro, el desamor o el prende / apaga del pelotudo a pintitas de Lapegüe. Pero ¿qué carajo hacés mirando a una campesina polaca pelando chauchas durante 20 minutos, mientras la vida se va? ¿Decirte por dentro “cuánto sufro por el vacío de la existencia, cuánto sufro” mientras agendás mentalmente decirle a tus viejos que no se olviden de pagarte las cuotas del Corsa? ¿Pero por qué no mandás “quiero hacerme romper el orto por un marinero nigeriano” al 2020?
Podría seguir pidiendo la muerte de medio Nuevo Cine Argentino, pero sería como reírse de De La Rúa: ya no tiene gracia. Y no se gasten con desearme la muerte por esta nota porque, entre la bilis segregada y la faringits que tengo, es muy probable que me derrumbe antes de terminar de escribir este post de mie

miércoles, 24 de agosto de 2011

Matemos a Tio Curzio


  Matemos a Tío Curzio ("Multiespacio" con el famoso combo cena-show-baile) porque es un lugar con demasiados peros: es trucho pero pretensioso; es caro pero mediocre; es lujoso pero grasa. Sin embargo, hay que decir que son esos peros los que lo transforman en el lugar ideal para ciertos eventos que detallamos a continuación, eventos que marcan la identidad de esta ciudad, que la hacen única e irrepetible (por suerte…)
  Es el lugar elegido para las reuniones empresariales. La razón es que sus asistentes tienen que tragar tantos sapos en esas hipócritas comidas de triunfadores que se abrazan y tienen puesta la camiseta de la empresa (cuando todos son unos infelices serruchapisos que necesitan un ascenso ya para mantener el nivel de vida y que la mujer y los hijos no los odien tanto) que el lomo no sea lomo y el pavo no sea pavo es lo de menos.
  También es un clásico de las fiestas de egresados porque la gente ya asumió resignadamente que es una grasada que les saldrá una fortuna. Algún padre desorientado o adolescente rebelde que escucha punk intentará rebelarse, pero es inútil: tendrán que padecer al animador, que las chicas lloren y que los pendejos se emborrachen con alguna bebida que parecerá kerosene.
  Tan inevitable como que tu hija pierda la virginidad será intentar impedir la fiesta de 15 si las amigas la hicieron. Y puesto que no podrás obviar los centros de mesa ridículos, la ceremonia de las velas, gastar el equivalente a un plasma en invitar a la familia política que odiás y que te criticará igual, será apoteósicamente horrible si es en Tio Curzio. Todo padre, igualmente, deberá sacar un crédito con usureros para la fiesta de la nena sabiendo que la felicidad de la jornada depende solamente de que el imbécil que le gusta a la piba decida ir en lugar de quedarse en la casa jugando a la wii, y que en el caso de concurrir se le ocurra bailar con ella pese al absurdo que supone danzar con una chica que parece un merengue.
  Por otra parte, aquel que se decida por ver un espectáculo retro mersa (María Marta Serra Lima, ponele) será mejor que lo haga en Tio Curzio, el lugar ideal para ver cincuentonas sudorosas y amatambradas con remeras brillantes y sonrisas tan postizas como sus uñas, a la búsqueda de producir una imagen tan triste que con un pequeño envión por la loma podrás tirarte al mar y ser devorado por una orca asesina.
  Si con todo lo mencionado no los convencemos, paguen una entrada para ver algún espectáculo de cuarta en la sala de teatro que los Benedetti, dueños del lugar y familia de alcurnia local, improvisan en la temporada de verano: zarzuelas, magos, cantantes gordos que se dicen tenores, unipersonales; y si no alcanza, pidan turno para pasar año nuevo.
  Matemos a Tio Curzio porque representa muy exactamente a esa Mar del Plata trucha pero pretensiosa que nos gustaría creer que se murió. Pero no: allí está oropelada y eterna como los lobos marinos.

domingo, 7 de agosto de 2011

Matemos a los emprendedores

Empezamos esta investigación con una certeza: cada vez que escuchamos hablar de “emprendedores” sentimos ganas de sacar un revólver. Pero cuando fuimos investigando quiénes son los entrerpreneurs  confirmamos la necesidad de ajusticiarlos públicamente.

En principio tendíamos a asociar al emprendedor con ese compañero del secundario que no tenía un mango y se puso un bar: en seis meses deshizo unilateralmente la sociedad con el gordito loser con viejos de plata. Varios empleados del bar  te contaron que era un negrero hijo de puta. El tipo, que nunca fue muy pintón, curte ahora un aspecto metrosexual que le permite conseguir altas minas, aunque siempre corra el riesgo de que lo linchen sus enemigos. Es decir, podemos asociar fácilmente al emprendedor con el pequeño garca. Aquel garquita que siempre está peleado con hermanos o primos porque mordió de más en el  patrimonio familiar.
Sin embargo, ahora resulta que la labor de “emprender” es mucho más amplia ya que contempla a algunos otros hijos de puta y a unos cuantos nabos.

Podemos incorporar también al grupo a los emprendedores pelotudos que aceptan ser monotributistas trabajando para una empresa. Su trabajar en negro, el ser trabajadores precarizados, no les resulta indigno porque ellos son “emprendedores” antes que empleados. Es decir, el emprendedor es el mayor forro del capitalismo. El nabo del que el sistema siempre podrá alimentarse. Es apenas clase media y se cree (y hasta vota) como si fuera empresario.

Otra categoría son los emprendedores  pelagatos no asumidos. Cuando le preguntás a este marginal qué hace, te dice que tiene un “emprendimiento” de paisajismo o un proyecto en el área alimenticia, solo porque le da vergüenza decir que le corta el pasto a los vecinos o hace ensalada de frutas que le vende a las butiqueras siempre deseosas de adelgazar a bajo costo.

Un rubro especial son los emprendedores losers. Siempre están iniciando un nuevo negocio en el que les va como el culo: primero fue un emprendimiento de comida para celíacos, luego un locutorio para hipoacúsicos y por último una revista sobre perros índigo. Asumilo: los negocios no son lo tuyo; no tenés una visión iluminada de nuevos nichos de mercado sino que, simplemente sos un forro que ya le hiciste perder plata a papi, a la abuela y a un par de amigos.

Los peores, sin embargo, son los sujetos autodenominados emprendedores, los que que, con orgullo te dicen “soy un emprendedor” como si eso los colocara en una categoría superior por sobre la gente vaga, en la que impera la desidia, a la que le va mal o es pobre simplemente porque quiere. No hay duda de que a los que se autodenominan emprendedores habría que mandarles rápidamente sicarios guatemaltecos.

Otro fenómeno notable es que alrededor de estos nabos o garcas autodenominados emprendedores se genera todo un negocio: blogs, páginas, libros y cursos que contemplan los intereses de estos imbéciles engreídos. En http://www.enterpreneur.com/ abordan tópicos del tipo “Cómo sobrevivir a una inspección fiscal”, “Cómo proteger tu teléfono celular contra el sabotaje” o “Cómo no ser un jefe odiado”. Fascinante.

Un párrafo aparte merecen los cursos para emprendedores, como si la actitud o empuje para ser un cuentapropista de la nada pudiera enseñarse en un curso corto de la universidad. La gente necesita más antidepresivos, no cursos de enterpreneur. Claro que esto no le importa a quienes dictan esos cursos ya que los que los inventaron  son los verdaderos emprendedores: los que emprendieron el camino a cagarte y quedarse con tu plata. Últimamente la Universidad CAECE ofrece uno de los mencionados cursos. No da para ensañarse con ellos, peores son los boluditos que van. Ni hablar de los garcas jóvenes de la UCIP, pseudos empresarios cuyo mérito es sólo haber heredado el negocio y el espíritu negrero de papá.

Lo peor del emprendedor es tenerlo cerca: la novia de tu hermano, un amigo de un amigo, etc. al que le terminás comprando boludeces (como a los artesanos advenedizos): desde panes saborizados a productos importados de cero utilidad.  Si viajás, te engarzan para que les traigas “materia prima” cuyo precio seguramente estará desactualizado, así  que, encima, tendrás que financiar la compra. Digamos que, en este caso, sos más pelotudo que el emprendedor porque pasás a ser su empleado, mientras él continúa con su apología de trabajo autónomo y anticapitalista evangelizando giles que, como vos o yo, trabaja en relación de dependencia.

Matemos a Manolo


Matemos al clásico comedero popular (no nacional)  cuyo máximo exponente es Manolo. ¿Las razones? Primero: el nombre; esta ciudad ya tiene demasiada mediocridad gallega como para que nos lo recuerden constantemente con una marquesina roja en letras cocacolescas.
Segundo: ¿churros rellenos de pastelera? ¡Qué hijo de puta! Creerte el rey del churro (acá, en MdP o sos el “rey” de algo o no sos nada, y las dos cosas son una mierda, ¿o no?) no te autoriza a meterle materia fecal de cabra  a los churros.
Aunque abra sucursales más cool y noventosas, no te deja pagar con tarjeta de crédito ni de débito… ¡hasta un polirrubro tiene ese aparatito del orto! Dejá de evadir, capitalista rapaz.
Tener un mozo negro y otro albino no te transforma en un exótico “espacio gastrónomico” palermitano; ni te hace políticamente correcto (si es que les interesa algo así).
La ambientación tipo Miami es de cuarta: espejos, fuentes con agüita y… ¡peces! Ni hablar de la iluminación: si querían saber qué es la famosa luz mala, es eso.
Por último, y lo más importante: matemos el concepto de hacer cola para morfar como símbolo de calidad, éxito, servicio. Está claro que habría que matar a las ovejas que van ahí y promueven toda esta mierda miamiesca, pero va a ser más fácil que Del Sel se trasforme en un cuadro político, que la gente abandone la política del rebaño.

Ahora, queridos lectores, ¿tienen algo para decir sobre algún tipo de comederos locales decadentes llenos de luces dicroicas como Manolo? (a ver si se ponen las pilas con los comentarios y dejan ese tono Lilita Carrió de denuncia esotérica agazapada o de periodismo  tipo Majul –a menos que trabajen en Libre, ahí se justifica)

martes, 12 de julio de 2011

Matemos a los jardines de infantes



Los jardines de infantes son esos extraños recintos plagados de mujeres infantilizadas, olor a caca y discos de Adriana cantando “Ronda ronda ronda redonda”. De afuera, es fácil reconocerlos por la cantidad inverosímil de autos en doble fila, combis naranjas y mugrientas, y montones de pendejitos haciendo quilombo mientras las madres se cuerean con el mayor disimulo posible mientras tratan de que el resto vea lo buenas y lindas que son.

Detrás de tanta ternura, proliferación infinita de niñitos saltarines y gritones, sonrisas estereotipadas de maestras en realidad agotadas y canciones infantiles con voces agudas e insoportables, se esconde un verdadero dolor de huevos.
Dolor de huevos de las docentes hartas de los doble turnos: arrancan a las 7 de la mañana, recibiendo a esas hordas de pequeños desenfrenados, a veces llorosos, a veces empapados en moco, hiperkinéticos porque en la casa no se les ocurre ponerles un freno (Ay, vos retalo, seño, cualquier cosa, Facundito está re bravo en casa). Y el pibe arrancó la mañana pegándole una patada voladora de power ranger enfurecido mientras le gritaba “Te voy a mataaaar!”. 
Se tienen que bancar a padres/madres hinchapelotas al máximo, que si el nene extraña que me llamen, que el delantal vino manchado de témpera, que no corra mucho en educación física porque hace dos semanas tuvo tos.
Se tienen que morfar a la directora, la vice directora, la inspectora, corriéndolas para que planifiquen a tiempo las mismas boludeces de siempre, coordinada con la compañera de sala, que sea original pero no tanto, que ese detalle, que tal otro, y la pobre seño se pasa con los nenes diez horas entre un jardín, el otro y la corrida del medio (bondi que tarda, le resta los quince minutos que le quedan para el sanguchito y para calmarse del ataque de los nenes de sala de tres años antes de tomar la sala de cuatro del siguiente cargo).
Dolor de huevos para los padres: Papis para mañana tiene que venir disfrazados del Zorro y Mujer Maravilla, para el jueves que los nenes vengan con seis rollos de papel higiénico y un sombrero para decorar, para el lunes necesitamos que se presenten a las 9.45 para compartir la ronda con los niños. Y a vos no te dan el día en el trabajo, pero si no vas sos un hijo de puta que no se interesa por el hijo o un irresponsable que no le mandó la quinta boludez que te pidieron en el mes (material de desecho, cordoncito fucsia, vasito de telgopor, medio metro de tela de tul celeste). 
Ni hablar de las actividades como actuar, salticar, cantar y hacer de boludo mágico en las reuniones “interactivas” con los nenes y las maestras, tan contentas y convencidas de que es re re lindo lo que nos hacen hacer a los padres, avergonzados, rotos las pelotas.
Y es curioso cómo estas docentes -antes de entrar en años y kilos y maquillajes y salidas con colegas penosas como ellas- tienen una particular tendencia a participar en los actos disfrazadas de personajes con poca ropa. Además de boludas, atorrantas. Eso explicaría las ganas de los chicos de ir al jardín.
Para compensar las ganas de los papis a entrarle a las seños, ahí andan las madres, meta mearse con el nabo del profe de gimnasia. Es joven, alto, atlético, simpático y hace las delicias de las mamis. O es puto.
Dolor de huevos de los infantes, que tienen que crecer escuchando pelotudeces de jovencitas recién recibidas “porque le gustan los nenes” o pelotucedes viejas de minas a las que la vida les viene ganando por goleada. Infantes que tienen que luchas contra otros infantes que los tiene de pibe y los fajan a cada rato. Nenas que quieren salir de ahí con novio aconsejadas por la frustrada de la madre. Nenes que no saben limpiarse el culo pero que le pegan bien con las dos porque el imbécil del padre quiere que los fichen en Independiente antes de los diez años. Nenes y nenas que no entienden que momento del día es porque los padres los mandan natación, ingles, portugués, futbol, patín, computación, aikido y yoga.
Momento cúlmine: fiestita de fin de año. En Teatro Güemes, Colón, Auditorium y otros: si lográs entrar con vida y conseguir un lugar donde sentarte después de forcejear contra 300 barrabravas disfrazados de tías y abuelas, están las madres que se hacen las estrellas porque tienen esa única oportunidad en su vida, los padres que nos sentimos en la más degradante ridiculez disfrazados de conejo gigante y desproporcionado, o de árbol con un tubo de tela marrón agarrándonos las piernas y todo el tiempo a punto de caernos, tomados de las manos con otros padres tan pelotudos como nosotros. Y mientras nuestros pibes se nos cagan de risa, vemos a las maestras exultantes de felicidad, elevadas algunos centímetros del piso casi al nivel de Aleluya de Mozart, por nuestra patética actuación.
Así las cosas, luego de descubrir que Herodes se quedó corto, tenemos argumentos suficientes para matar a las maestras de jardín de infantes, a las directoras, a los padres y por qué no, a los niños.

miércoles, 29 de junio de 2011

Matemos a los tuiteros


Desde que tu vieja se abrió un Facebook etiquetándote en fotos familiares impresentables supiste que tenías que escapar de ahí: no le alcanzó con los cortes de pelo de campo de concentración nazi cuando tenías 7 años ni con los joggins de sospechosas telas a los 10 ni con los aplausos histéricos cuando te recibiste.
Pero el mundo virtual no se reduce al muro de los lamentos facebookiano,  Twitter es mucho más porteño, moderno y la mayoría de sus usuarios escriben desde Blackberrys: es el lugar ideal para vos. Claro que este estatuto superior vino a confirmarse recién  cuando Beatriz Sarlo, que viene buceando desde hace varias décadas en la mierda (desde las novelas rosas  hasta los video juegos), los definió como “la espuma de la espuma” (¿?).

Pero tuitero no es cualquiera y convertirse en tuitstar es tan complicado como tener un diálogo de paz, amor y sana competencia con los hinchas de  River en el entretiempo de su último partido en primera división. En primer lugar, hay que familiarizarse con el lenguaje: Avatar, RT, Fav, Mention, #, @, DM, Follow, UFF y  los insoportables verbos derivados de tales actividades como arrobar, favear, retuitear, hashear, etc, etc… neologismos casi tan perecederos como las denominaciones de las facciones  políticas en pugna en 2011 (¿binneristas, alfonsinistas junioristas, genetistas?).

Luego de aprender el idioma y las operaciones básicas necesarias, el tuitero necesita conseguir seguidores (convengamos que no tener seguidores de TW es como tener la mayor parte de tus amigos en FB con tu mismo apellido). Para ello bastará con operaciones similares a las de otras redes sociales o las del colegio secundario: chuparle las medias a los populares aunque la mayoría de las veces no entiendas qué están diciendo o a quién le están contestando. Curiosidades del campo: la gente asume que no coje, que es loser, que se pasa las horas frente a la PC, mientras que los ricos y famosos ponen frases cool desde su Blackberry en las playas del Caribe.

Otra cuestión interesante es el Perfil. Si bien en Facebook han proliferado las identidades truchas (o casi todos son Dr. Jekyll_y_Mr.Hyde, es decir, tienen una identidad legal donde son amigos de su mujer y tienen fotos con los chicos y otra, pirata, con foto trucada  que usan para chatear con minitas o espiarle la vida a la secretaria a la que siempre le tuvieron ganas), en Twitter la falsificación es la norma. Tanto el nombre como la foto y la biografía pueden ser absolutamente cualquier cosa. Algunos de tus “amigos” de allí se llamarán: La tostada loca, Margarito Perón, Orgullo zombi, Tengo Celulitis, Juana de Arcor, La vaca drogada, Mostro Punk o Edgar Allan Poett (nuestro preferido). En las fotos vale poner un cuerpo musculoso, un culo increíble, a la Mujer Maravilla o una  placa roja de Crónica: todo es tan permitido como absurdo.  Los únicos que aparecen últimamente con su nombre y fotos reales (más o menos reales, claro) son los políticos en campaña, que tienen que competir contra los perfiles truchos de políticos en campaña; en muchas ocasiones, mucho más creíbles que ellos.  
Un apartado especial merece la “Bio”. Los creadores de Twitter asumen que sus usuarios no tienen mucha vida, de manera que te dan 150 caracteres para que expliques quién sos. Una vez más la gente utiliza el espacio para mandar fruta: “No pertenezco al 98 % del universo femenino que necesita Activia para cagar”; “Militante activo contra el maltrato de instrumentos musicales”; “Fóbico, hincha pelotas, cómico frustrado, músico aún más frustrado, cantante cuasi afinado, lector compulsivo, deepcamboyano”; “Si buscás algo ingenioso te equivocaste de ventanilla. Es acá al lado”. Igualmente son preferibles estas biografías absurdas que aquellas enumerativas, insufribles, al estilo: “Madre, trabajadora, nac&pop, esposa, pero sobre todo MUJER”. Todo es mentira y a nadie le importa, se está ahí para fingir que somos otra persona: alguien más moderno, irónico, exitoso e inteligente sobre todas las cosas (y, ojo, cuesta ser inteligente aunque sean 140 putos caracteres). Lo malo es que como todos mienten descaradamente el Twitter no tiene la utilidad del Facebook para espiarle la vida a la gente.

Así como a todos les chupa un huevo la identidad real, tampoco importa un carajo que aquello de lo que se hable sea una flagrante mentira: en  Twitter todos los días muere algún famoso y no importa que puedas abrir una ventanita al lado para corroborar que es cualquiera, seguirás difundiendo la noticia trucha (“Murió Cacho Castaña”, “Murió Chávez”, “Marcela Morelo perdió un brazo en un accidente de tránsito”; “Gustavo Cerati guiñó un ojo”) y creyendo con igual firmeza en la que surja al día siguiente.

Obviamente, el Twitter, como el tránsito  o cualquier oficina, estará lleno de gente patética que tendrás ganas de asesinar. Especial mención merecen los arrastrados que dicen: “Te sigo, seguime”; “Vale la pena vivir la vida, plis RT”; “Tengo 199 seguidores, por favor que se sume uno más así llego a los 200!!!!” (a lo que contestás, obvio, dejando de seguirlo, así está en 198). Pero abandonemos a  estos usuarios borders y la descripción de sus conductas opas, no sólo porque son insufribles sino porque existe una excelente tipología de los usuarios de Twitter,  hecha por Blogpelotudo.

Una cuestión fundamental es la de los 140 caracteres. Todo debe ser dicho en frases que no superen esa extensión, lo que nos transforma  en insoportables  Naroskys (o su versión chilena mejorada, Jodorowsky) que vivimos inventando aforismos más o menos ingeniosos del estilo: “Vender un hijo, quemar un libro, fumar un árbol”; “Con miga no”; “Twitter es un arma de distracción masiva”; “Cuando un puto muere su alma vuelve al placard y se queda allí para siempre, ordenando la ropa por colores”; “Parka, esperá un Cacho”; “Siempre fui mucho más fan de los finales que de los principios”; “Violencia es mentol”; “Me da más seguridad un boliche de Chabán que Luchetti saliendo a cortar centros”; “Quiero profundizar la modelo” y otras gansadas por el estilo. Así que olvidate de informar, debatir, hacer campaña contra las drogas  y otras actividades fútiles por el estilo. Twitter es el espacio para los Pepe Muleiro de la red, los humoristas frustrados, o los frustrados a secas. En la vida del infeliz tuitero, cuando un tweet le gusta a más de cinco changos le regalan una estrella gigante, y si son más de cincuenta, un trofeo estilo Mario Bross (el favstar es un concurso imaginario en el que todos participan aunque no ganen nada). Es decir, cuando empezás a usar el Favstar para ver cómo rankean tus frases, estás completamente en el horno. Cuando tus tweets sean exitosos, llegues a un número redondo grande de seguidores o aparezcas en muchas listas, lo comentarás irónicamente en el propio Twitter: serás lo suficientemente canchero como para reírte de lo nabo que sos; pero no lo bastante como para dejar pasar el ínfimo logro.

PD: Por supuesto que todos los nombres, biografías y tweets son reales. Pueden entrar a buscarlos, hacerse adictos y no regresar más a la vida normal. Es lo que nos pasó a nosotros que entramos a ver qué onda y escribir un post y fuimos abducidos por esa mierda.

jueves, 2 de junio de 2011

Matemos al estudiante de teatro marplatense


Déjennos comenzar este post, ilustrados lectores, aludiendo a una cuestión central en el campo de la filosofía, a la que intuimos (por la calidad de sus comentarios) que están tan apegados. Nos referimos al problema largamente considerado del Devenir y la Inmutabilidad. Entendemos que les rompen las pelotas los posteos largos, y aunque –honestamente- nos chupe un huevo, tal vez los tranquilice saber que no pretendemos extendernos demasiado en el asunto… Sólo lo necesario para demostrar que hay un evidente, sólido lazo, que une los preceptos de Parménides y Zenón de Elea con el estudiante de teatro marplatense.
La cosa es así: hace unos 2600 años, más o menos, un señor llamado Parménides se ocupó de plantear algunas cuestiones referidas al ser, al ente. “Todo lo que es –dijo el tipo- es el ente; y es necesario, único, inmutable, inmóvil, inengendrado, imperecedero, intemporal e indivisible”. Tomá mate: de un plumazo el loco negó, entre otras cosas, la realidad del movimiento. “Lo que es, es inmóvil”, dijo.
Un discípulo y coterráneo suyo, Zenón de Elea, se despachó unos años más tarde con varias aporías, que seguramente les suenan, ya que fueron tópico frecuente de conversación en los pubs cancheros de la estimulante noche marplatense. Son las famosas paradojas sobre el movimiento: la aporía de los segmentos infinitos, y la de la bizarra carrera entre Aquiles y una tortuga. Según Zenón –y no lo vamos a contradecir nosotros-, el movimiento no es posible: “Todo movimiento, aun el menor arranque inicial, es imposible por el hecho de que presupone la superación de infinitos puntos (o segmentos) intermedios”. Dijo eso, y dijo que en una carrera entre Aquiles y una tortuga, por más velozmente que corriese el glorioso guerrero aqueo, siempre ganaría aquélla. Lo dijo, en serio. Si no nos creen búsquenlo en la wikipedia, no jodan.
Pues bien, lo que venimos a plantear, arponeros queridos, es que no hay manifestación más clara, prueba más irrefutable de la verdad que encierran los planteos de Parménides y Zenón de Elea, que la existencia del estudiante de teatro marplantense: eso sí que es un ente. Estudiante Neófito de Teatro Eternamente (ENTE), podríamos aventurar… pero es un poco forzado, lo reconocemos.

El asunto, señoras, señores, es que el marplatense que estudia teatro prueba con creces que el movimiento es imposible, que la inmutabilidad es esencial al ente. Ojo, se entiende: ¿quién quiere mutar su condición de estudiante por la de “actor realizado”, sabiendo que el rotundo fracaso es, lejos, la suerte más clara que se puede esperar? Hay más chances de cogerse de parado a Lady Gaga sobre una bicicleta sin rueditas, que de conseguir un pasar digno como actor o actriz en esta fecunda ciudad.
Lo que queda, entonces, es vivir de la ilusión. Armarse una burbujita de pedos, en la que el ente pueda sentir que es un artista incomprendido; la encarnación de los ideales de Stanislavski, Grotowski, Barba, Strasberg y Pipo Pescador juntos, en un medio hostil; un intérprete tanto más genuino y verdadero cuanto mayor silencio le devuelva la platea despoblada, sin quebrar su –autista- obstinación.
Todos conocemos a alguno de estos ejemplares, seguro que sí. Todos tenemos cerca a alguno de estos entes… los reconocerán porque cuando alguien les pregunta, “¿y vos qué hacés?”, responden con una sonrisa como de máscara, y cierta patética solemnidad: “Estudio teatro”. No dicen Trabajo en un supermercado, Mi viejo me pasa plata o Me rasco el escroto en una dependencia municipal, no. Dicen: “Estudio teatro”, como si dijesen Soy libre, He alcanzado una verdad sólo reservada a unos pocos o Tengo la suerte de haber descubierto tempranamente en la vida cuál es mi afortunado sino. Déjense de joder, chicos.
Pero lo que espanta, lo que de verdad da escozor, es todo lo que encierra esa breve afirmación. “Estudio teatro” quiere decir que el sujeto en cuestión ha atravesado, cargado de convicción, todas, o una buena cantidad, de las siguientes estaciones:
- Fue a un taller de juegos teatrales, en el que descubrió las posibilidades expresivas de su corporalidad. Allí: se frotó con personas prácticamente desconocidas; se arrastró –en jogging y camiseta- lustrando el piso mugriento de una sala tenuemente iluminada; y dijo largos textos utilizando una sola vocal, riendo con ganas, como si de verdad fuese gracioso.
- Asistió durante un tiempo a algún curso de clown (tal vez al tuyo, Yanícola, fiel lector de nuestro blog), porque sintió, como una revelación, que detrás de una naricita roja cualquier cosa era posible. Allí: se frotó con personas prácticamente desconocidas; practicó con fervor místico la “mirada a público”; “descubrió su clown interior”, al que bautizó con un nombre absurdo, y de quien habla –aún hoy- en tercera persona; participó de una varieté con un sketch pedorro, y prácticamente improvisado; y descubrió que, detrás de una naricita roja, uno sigue siendo el mismo pelotudo, pero bastante más ridículo.
- Se anotó en el taller de teatro de la universidad, porque pensó que, lo que en realidad necesitaba, era tener una base sólida en su formación actoral. Allí: se frotó con personas prácticamente desconocidas; aprendió a criticar a sus compañeros, y las obras de teatro a las que asistió desde entonces, con palabras importantes y feroces; descubrió el “teatro serio”; lloró en memorias emotivas, como si estuviese masturbándose en público, y le encantó sufrir acordándose de cuando se le murió aquel pez globo, reventado de comida.
- Fue a un seminario de Contact Improvisation, porque le agarró el gusto a frotarse con personas prácticamente desconocidas. Allí: se frotó, mucho, con personas prácticamente desconocidas.
- Se anotó en la EMAD, porque pensó que, bueno, al fin y al cabo, un título no viene nada mal. Allí: se frotó con gente que, a esta altura, ya conocía de todos los lugares anteriores; fue al pedo la mitad de los días, porque hubo paro, o faltó el profesor, o hacía mucho frío y no daba para hacer nada; y se fumó las puestas pretenciosas y pedorras de sus compañeros y compañeras, haciendo que aquellos se fumaran luego las suyas.
- Participó de intervenciones públicas, o performances, en las que se buscaba sorprender con un acto dramático e inusitado a personas que no lo habían solicitado y a quienes, en rigor, les daba bastante vergüenza ajena ver a un grupito de salames embadurnados de merengue y bailando alrededor suyo, muy cerca, como jugando al tradicional “¡El aire es libre, el aire es libre!”. La puta que los parió: si quiero ver teatro voy a pagar una entrada y sentarme en una butaca. No me jodan.

Simultáneamente a todas estas experiencias, nuestro ente fue presentándose a todos los castings habidos y por haber: publicidades televisivas en las que no quedó porque buscaban otro look, por lo visto sólo conseguible en Buenos Aires; cortos de estudiantes en los que, desgraciadamente, sí quedó, y luego anda mostrando como si fuesen maravillosos; películas que iban a revolucionar desde Mar del Plata la historia del cine nacional, pero nunca llegaron a realizarse; etcétera…
En fin, para ir cerrando este post, y que no lloren nuestros lectores menos lectores, podemos concluir que Parménides y Zenón de Elea fueron dos auténticos grosos en la historia del pensamiento, pero olvidaron atribuir algunas otras características al ente que definieron: a las ya mencionadas cabría agregar que éste es inconstante, inmaduro, insoportable, inseguro e improductivo. Un auténtico plomo.
El estudiante de teatro marplatense es una de las más radicales manifestaciones de nuestro patetismo local, una casta de sobresalientes impostores que merece, a no dudarlo, el arponazo definitivo.